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Pasion de Gavilanes Capitulo 174 Fuego en la Sangre

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Pasion de Gavilanes Capitulo 174 Fuego en la Sangre

La noche en la hacienda caía como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Yo, Jimena, estaba recostada en el sofá de cuero suave de la sala principal, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. Frente a mí, la pantalla del tele enorme proyectaba las imágenes vibrantes de Pasión de Gavilanes capítulo 174. Esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban a sus demonios con tanta pasión cruda me tenía clavada al asiento. Mi corazón latía fuerte, no solo por el drama, sino porque a mi lado estaba él, mi Franco, con su camisa blanca desabotonada dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto me volvía loca.

¿Por qué carajos este pinche capítulo siempre me prende como yesca?
pensé, mientras sorbía el tequila que quemaba dulce en mi garganta. Franco me miró de reojo, sus ojos cafés intensos brillando con esa picardía mexicana que me deshacía. "Órale, Jime, ¿ya te estás mojando con esta novela o qué?", me dijo con esa voz ronca que parecía acariciar mi piel. Reí bajito, sintiendo un cosquilleo subir por mis muslos. "Cállate, pendejo, tú sabes que sí. Mira cómo se miran esos dos, neta que dan ganas de...". No terminé la frase. Su mano grande y callosa ya se posaba en mi rodilla, subiendo despacio, como si supiera exactamente el mapa de mi deseo.

El sonido de la telenovela llenaba la habitación: diálogos apasionados, música de ranchera sensual de fondo, el roce de telas en la pantalla. Pero mi mundo se reducía a su toque. Su palma áspera rozaba la piel suave de mi pierna, enviando chispas eléctricas directo a mi centro. Olía a él, a hombre de campo, a sudor limpio mezclado con colonia barata pero irresistible. Me giré hacia él, dejando el vaso en la mesita. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando sabores: tequila en mi boca, cerveza en la suya. Qué rico, murmuré contra su boca mientras su lengua invadía la mía con hambre contenida.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Sus dedos se colaron bajo mi falda corta de algodón, encontrando el encaje de mis panties ya húmedas. "Mira nomás, Jime, estás chorreando por esa novela", gruñó él, su aliento caliente en mi cuello. Gemí bajito, arqueando la espalda contra el sofá. En la tele, justo en Pasión de Gavilanes capítulo 174, los amantes se besaban con furia bajo la luna, y yo sentía que era yo ahí, con Franco devorándome. Le quité la camisa de un jalón, mis uñas rozando sus pezones duros. Él jadeó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Te quiero ahorita, cabrona", dijo, levantándome en brazos como si no pesara nada.

Me llevó al cuarto, el pasillo iluminado solo por velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de adobe. El colchón king size nos recibió mullido, cubierto de sábanas de satén fresco. Me tendió boca arriba, sus ojos devorándome mientras se quitaba el resto de la ropa. Su verga ya dura, gruesa, apuntando hacia mí como promesa de placer. La saliva se me hizo agua en la boca al verla, venosa y palpitante. "Ven, mi rey", le susurré, abriendo las piernas en invitación. Pero él no se apresuró. Se arrodilló entre mis muslos, besando mi ombligo, bajando despacio. Su nariz rozó mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado de excitación.

¡Virgen de Guadalupe, este hombre me va a matar de gusto!

Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hacían retorcer. El sonido húmedo de su boca en mi coño era obsceno, delicioso, mezclado con mis gemidos ahogados. "¡Así, Franco, no pares, pendejo! ¡Qué chingón eres!", grité, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto. Él succionaba, metía la lengua adentro, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. Mis caderas se movían solas, frotándose contra su cara barbuda que raspaba justo bien. El olor a sexo llenaba el aire, denso, embriagador. Sentía mi jugo correr por mis nalgas, mojando las sábanas.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, volteándolo para montarlo. Su risa ronca fue música para mis oídos. "A huevo, mi reina, cabalga a tu potro". Me acomodé sobre él, frotando mi entrada húmeda contra su punta. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! El estiramiento ardiente, placentero, me arrancó un grito. Sus manos en mis caderas, guían mis movimientos, arriba abajo, en círculos. El slap slap de piel contra piel resonaba, sincronizado con nuestros jadeos. Sudor perlando su pecho, goteando al mío. Lamí una gota salada, sabor a sal y hombre.

La intensidad subía. En mi mente, flashes de Pasión de Gavilanes capítulo 174: pasiones prohibidas, cuerpos entrelazados en venganza y amor. Nosotros éramos eso, pero puro fuego consensual, sin dramas. Aceleré, rebotando fuerte, mis tetas saltando libres de la blusa desabotonada. Él pellizcaba mis pezones rosados, tirando suave, enviando descargas a mi útero. "¡Me vengo, Franco! ¡No pares!", chillé, el orgasmo rompiéndome en olas. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, jugos salpicando.

Él gruñó como animal, volteándome de golpe para ponerme a cuatro. "Ahora te cojo como perra en celo", dijo juguetón, embistiéndome profundo. Sus bolas chocaban mi clítoris con cada estocada brutal pero amorosa. Agarró mi cabello en ponytail, jalando mi cabeza atrás para besarme torcido. El placer era cegador: su grosor rozando mi punto G, el raspón de su vello púbico en mi culo, el olor a sexo crudo impregnando todo. "¡Córrete dentro, mi amor! ¡Lléname!", supliqué. Él rugió, hinchándose más, y sentí el chorro caliente inundándome, pulso tras pulso.

Colapsamos juntos, un enredo sudoroso y satisfecho. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besos perezosos en mi hombro, su verga aún semi-dura dentro, goteando restos. El cuarto olía a nosotros, a clímax compartido. "Neta que fue como esa novela, pero mejor", murmuró él, riendo suave. Yo sonreí, acariciando su espalda ancha.

Esto es lo que quiero siempre: pasión de gavilanes en mi propia piel.

Nos quedamos así, respiraciones calmándose, el eco de la telenovela olvidado en la sala. Afuera, grillos cantaban, el viento susurraba promesas de más noches así. En sus brazos, sentía paz, empoderada, mujer completa. Mañana sería otro día en la hacienda, pero esta noche, Pasión de Gavilanes capítulo 174 había encendido un fuego eterno entre nosotros.

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