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Las Pasiones del Corazón de Dios

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Las Pasiones del Corazón de Dios

En las calles empedradas de Oaxaca, donde el aroma del mole y las flores de cempasúchil se mezclaba con el eco de las marimbas, Ana caminaba con el corazón latiéndole como tambor en fiesta. Era el Día de Muertos, y el aire vibraba con risas, copelas de mezcal y el susurro de las calaveritas de azúcar. Llevaba un huipil bordado que realzaba sus curvas generosas, y su piel morena brillaba bajo las luces de los altares. Hacía años que no volvía a este pueblo, pero algo la había jalado de regreso, como un imán invisible.

¿Por qué carajos vine? se preguntaba en su mente, mientras esquivaba a los vendedores de pan de muerto. Había dejado atrás la ciudad, el estrés del trabajo en la galería de arte, para enfrentar fantasmas. Y ahí estaba él, Diego, recargado en una esquina con su guitarra en mano, tocando una sonata que le erizaba la piel. Alto, con el cabello negro revuelto y esos ojos cafés que prometían pecados disfrazados de bendiciones.

Es el carnal que me hacía volar en la adolescencia
, pensó, sintiendo un calor subirle por el vientre.

Diego la vio y su sonrisa se abrió como sol de mediodía. ¡Órale, Ana! ¿Netas eres tú, mamacita? gritó, dejando la guitarra para abrazarla. Sus brazos fuertes la envolvieron, y ella inhaló su olor a tierra húmeda, mezcal y sudor fresco. El roce de su pecho contra sus senos la hizo jadear bajito. Este pendejo siempre me prende con nada.

Hablaron como si el tiempo no hubiera pasado. Recordaron las tardes en el río, robándose besos detrás de los mezquites, cuando el mundo era solo ellos dos. Pero ahora eran adultos, con cicatrices y deseos más profundos. Ven a mi taller, Ana. Tengo algo que te va a gustar, le dijo él, con esa voz ronca que le vibraba en el alma. Ella asintió, el pulso acelerado, sabiendo que esa invitación era fuego puro.

El taller de Diego estaba en una casa colonial con patio lleno de buganvilias. Adentro, lienzos a medio pintar capturaban explosiones de color: rojos intensos, naranjas ardientes, como pasiones contenidas. Él le sirvió mezcal en vasos de barro, y brindaron por los viejos tiempos. Siento su mirada quemándome la piel, pensó Ana, mientras el licor le calentaba la garganta y le soltaba las inhibiciones.

La plática fluyó hacia lo prohibido. Diego confesó que nunca la olvidó, que sus sueños estaban llenos de ella. Eres como las pasiones del corazón de Dios, Ana. Intensass, divinas, imposibles de ignorar, murmuró, citando un verso de un poema zapoteca que su abuela le enseñó. Ella se rio, pero el corazón le dio un vuelco.

¿Las pasiones del corazón de Dios? Qué chingón suena eso para lo que siento ahora
. El aire se cargó de electricidad; sus rodillas se rozaron, y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

Gradualmente, la tensión creció. Diego le tomó la mano, trazando círculos en su palma con el pulgar. Su toque es como chispas en mi sangre. Ella se acercó, oliendo su aliento a hierbas y deseo. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando el mezcal en la lengua del otro. Las manos de él subieron por su espalda, desatando el huipil con permiso susurrado. ¿Quieres esto, mi reina? preguntó él, ojos fijos en los suyos. Sí, carnal, con todo, respondió ella, empoderada, guiando sus dedos a sus pechos.

Se tumbaron en el catre del taller, rodeados de pinturas que parecían cobrar vida con su pasión. Diego besó su cuello, mordisqueando suave, mientras ella gemía bajito, el sonido ahogado en su garganta. Su boca sabe a miel y pecado. Sus senos se endurecieron bajo las palmas ásperas de él, pezones erectos pidiendo más. Ana arqueó la espalda, sintiendo el calor de su cuerpo presionado contra el suyo, el bulto duro en sus pantalones rozándole el muslo.

Con manos temblorosas de anticipación, ella le quitó la camisa, admirando el torso musculoso, marcado por tatuajes de serpientes emplumadas. Qué rico estás, Diego, ronroneó, lamiendo su pecho, probando el salado de su sudor. Él gruñó, un sonido animal que le vibró en los huesos, y bajó la mano a su entrepierna. A través de la falda, frotó su centro húmedo, haciendo que ella se mojara más. Neta, me está derritiendo. Deslizó los dedos dentro, encontrándola lista, resbalosa de arousal.

La tensión escaló cuando él se arrodilló, separando sus piernas con reverencia. Su lengua exploró sus pliegues, lamiendo clítoris con maestría, succionando suave. Ana gritó, agarrando su cabello, el placer como olas en su vientre. Olía a su excitación, almizclado y dulce, mezclado con el jazmín del patio.

Esto es el paraíso, las pasiones del corazón de Dios hechas carne
. Él introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, mientras su boca no paraba, llevándola al borde una y otra vez.

Pero Ana quería más, quería igualar el poder. Lo empujó al catre, montándose encima, quitándole los pantalones con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. Mírame, Diego. Esto es nuestro, dijo ella, empoderada, guiándolo dentro de sí. Se hundió lento, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. Qué chido, tan duro, tan mío. Cabalgó con ritmo creciente, senos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él embestía desde abajo, manos en sus caderas, sudando juntos.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiaron posiciones; él la puso a cuatro patas, entrando profundo, chocando piel contra piel con palmadas resonantes. ¡Más, pendejo, dame todo! jadeó ella, el placer punzante en su núcleo. Él aceleró, gruñendo su nombre, mientras ella se contraía alrededor de él, el orgasmo explotando en luces blancas detrás de sus párpados. Gritos ahogados, temblores compartidos, él se derramó dentro con un rugido gutural, caliente y abundante.

Quedaron jadeantes, enredados en sábanas revueltas, el aire espeso con olor a sexo y jazmín. Diego la besó la frente, suave. Eres mi diosa, Ana. Ella sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho. Las pasiones del corazón de Dios nos unieron esta noche, pensó, trazando su pecho con el dedo. No era solo carne; era alma, conexión profunda que los había transformado.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las persianas, se despidieron con promesas. Ana salió al patio, el corazón pleno, sabiendo que volvería. Oaxaca guardaba sus secretos, y ellos habían despertado uno eterno.

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