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Pasión de Gavilanes Capítulo 182 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 182 Fuego en las Venas

Sarita se recostó en la hamaca de la veranda de la hacienda, el sol del atardecer tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos que parecían lamer su piel morena. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. En su regazo, el control remoto del televisor viejo que habían traído del pueblo. Acababa de ver Pasión de Gavilanes capítulo 182, esa escena donde los amantes se devoraban con los ojos antes de perderse en un torbellino de besos y caricias prohibidas. Neta, le había encendido el cuerpo como si le hubieran prendido fuego por dentro.

¿Por qué carajos me pongo así con una pinche telenovela?, pensó, mientras sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. Esa pasión de gavilanes, tan salvaje, tan nuestra...

El sonido de botas pesadas sobre el empedrado la sacó de su ensimismamiento. Era Franco, su carnal, no, su hombre, el que la volvía loca con esa mirada de halcón y ese cuerpo forjado en el trabajo del rancho. Alto, ancho de hombros, con la camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hasta su ombligo. Llevaba el sombrero en la mano, el pelo negro revuelto por el viento.

Órale, Sarita, ¿qué onda? Te ves como si te hubieran dado un buen revolcón —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel, acercándose con una sonrisa pícara.

Ella se incorporó un poco, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la blusa de algodón ligera. El calor entre ellos ya era palpable, como el vapor que subía de la tierra caliente.

—Nada, wey. Estaba viendo Pasión de Gavilanes capítulo 182. Esos gavilanes me tienen bien prendida. Tú ni te imaginas lo que pasa ahí, puro fuego.

Franco se rio bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Se sentó a su lado en la hamaca, que se meció peligrosamente. Su muslo rozó el de Sarita, y el contacto envió una descarga eléctrica directo a su centro. Olía a sudor limpio, a cuero y a hombre de campo. Ella inhaló profundo, saboreando ese olor que la mareaba más que un trago de tequila reposado.

—Cuéntame, mija. ¿Qué tanto te calienta esa novela? —preguntó, su mano grande posándose en su rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo, bajo la falda floreada.

Sarita tragó saliva, el pulso latiéndole en las sienes. Quería contarle, pero las palabras se le atoraban en la garganta. En cambio, giró el rostro y lo miró a los ojos, oscuros como pozos sin fondo.

—Es como nosotros, Franco. Esa pasión que no se apaga, que quema todo a su paso.

Él no dijo más. Se inclinó y la besó, lento al principio, sus labios ásperos contra los suyos suaves, probando el sabor salado de su piel. La lengua de él invadió su boca, danzando con la suya en un ritmo que ya conocían de memoria. Sarita gimió bajito, un sonido que se perdió en el beso. Sus manos subieron al cuello de él, enredándose en el pelo húmedo de sudor.

La hamaca crujió cuando Franco la jaló hacia su regazo, sentándola a horcajadas sobre él. Sintió la dureza de su verga presionando contra su panocha a través de la tela delgada de sus calzones. Chingao, qué grande y qué dura, pensó ella, moviéndose instintivamente para frotarse contra esa promesa de placer.

—Te sientes tan mojada ya, corazón —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Su aliento caliente la hizo arquearse, ofreciéndole más.

Las manos de Franco subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría. La blusa cayó al piso, y él tomó uno de sus senos en la boca, chupando el pezón rosado con avidez. Sarita jadeó, el sonido del viento en las hojas de los mangos mezclándose con sus gemidos. El sol poniente los bañaba en oro, haciendo que la piel de él brillara como bronce.

Pero querían más privacidad. Franco la cargó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensándose bajo la camisa. La llevó adentro de la hacienda, al cuarto grande con la cama king size cubierta de sábanas de hilo fresco. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció.

La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de deseo. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso esculpido por años de arrear ganado y cortar caña. Sarita se lamió los labios, extendiendo las manos para tocarlo. Sus dedos recorrieron los abdominales duros, bajando hasta el botón del pantalón.

—Quítatelo todo, pendejo —le ordenó juguetona, con esa voz ronca que lo volvía loco.

Él obedeció, riendo. El pantalón cayó, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Sarita la tomó en la mano, sintiendo el calor palpitante, el pulso acelerado como tambores de mariachi. La masturbó despacio, viendo cómo Franco cerraba los ojos y gruñía.

Mierda, esta mujer me va a matar un día de estos, pensó él. Su toque es puro veneno dulce.

Franco se hincó entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos. El olor de su excitación lo embriagaba, almizclado y femenino. Le quitó los calzones con los dientes, lento, torturándola. Sarita se retorcía, las uñas clavándose en las sábanas.

—Por favor, Franco... no me hagas esperar.

Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos expertos. Ella gritó, el placer explotando como fuegos artificiales. Él chupaba y succionaba, metiendo dos dedos gruesos en su chochito empapado, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Los jugos de ella corrían por su barbilla, y él los lamía con gusto, saboreando su esencia salada y dulce.

Sarita se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, las piernas temblando, el corazón latiéndole en la garganta. Gritos ahogados llenaron la habitación, mezclados con el zumbido de los grillos afuera.

Pero no era suficiente. Franco subió por su cuerpo, besándola para que probara su propio sabor en su boca. La punta de su verga rozó la entrada de su panocha, resbaladiza y lista.

—¿Me quieres adentro, mi reina? —preguntó, su voz un rugido bajo.

—Sí, chingádmela ya, cabrón. Hazme tuya como en esa novela.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono. Él era enorme, estirándola deliciosamente. Empezó a moverse, primero lento, saboreando cada roce, cada contracción de sus paredes alrededor de su verga. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose era obsceno, excitante.

Sarita clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Él aceleró, embistiéndola con fuerza, la cama golpeando contra la pared. Sudor resbalaba por sus cuerpos, mezclándose. Ella olía su aroma combinado, piel caliente y sexo puro. Sus senos rebotaban con cada thrust, y Franco los amasaba, pellizcando los pezones.

El clímax se acercaba como una tormenta. Sarita sentía el orgasmo construyéndose en su vientre, una presión ardiente.

—Me vengo, Franco... ¡ay, Dios!

Él gruñó, sus caderas pistoneando más rápido. Se corrió con ella, chorros calientes inundándola, su verga palpitando dentro. El placer los dejó temblando, unidos, jadeantes.

Se derrumbaron juntos, él aún dentro de ella, besuqueándose perezosos. El aire olía a sexo y satisfacción. Franco la abrazó fuerte, su mano acariciando su pelo.

—Eres mi pasión de gavilanes, Sarita. Capítulo 182 y todos los que vengan.

Ella sonrió contra su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón.

Esto es lo que quiero para siempre, pensó. Esta hacienda, este hombre, esta vida ardiente.

El sol se había escondido, pero el fuego entre ellos apenas empezaba. Afuera, las estrellas titilaban como testigos de su unión, y en la distancia, un gallo cantó temprano, prometiendo otro día de pasiones renovadas.

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