Pasión por Viajes Agencia Desatada
Entré a Pasión por Viajes Agencia con el corazón latiéndome a mil por hora. Era un día caluroso en Polanco, el sol pegando duro sobre las banquetas llenas de ejecutivos y turistas con cara de ricos. Yo, Ana, llevaba semanas soñando con un escape, algo que me sacara de la rutina de oficina en la Condesa. Quería playa, arena caliente entre los dedos, el olor a sal y coco invadiéndome la nariz. La agencia tenía fama de chida, de armar viajes que te dejaban con la piel erizada de emoción.
El local era un paraíso de posters gigantes: playas turquesas en Cancún, atardeceres en Tulum, volcanes humeantes en el Pacífico. El aire acondicionado me dio la bienvenida con un soplo fresco que erizó mi piel bajo la blusa ligera de algodón. Olía a café recién molido mezclado con un perfume masculino sutil, como madera y cítricos. Detrás del mostrador, él. Diego, decía su placa. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz. Su camisa blanca se ajustaba a unos hombros anchos, y cuando sonrió, vi unos dientes perfectos. Neta, este wey está cañón, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.
—¡Hola! Bienvenida a Pasión por Viajes Agencia. ¿En qué te puedo ayudar, preciosa? —dijo con voz grave, ronca, como si estuviera contándote un secreto sucio al oído.
Me acerqué, el corazón retumbándome en los oídos. —Quiero un viaje que me vuele la cabeza. Playa, relax total. Algo inolvidable.
Él se inclinó un poco, y juro que sentí su calor corporal cruzando el mostrador. Sus manos, grandes y morenas, tecleaban en la compu con dedos ágiles. Hablamos de destinos: Riviera Maya, Los Cabos. Cada palabra suya era como una caricia. Me imaginaba esas manos en mi cintura, apretándome contra él.
¿Qué chingados me pasa? Es un desconocido, pero neta me mojo nomás de verlo, me dije, cruzando las piernas para disimular el calor que subía por mis muslos.
La plática fluyó como mezcal suave. Me contó anécdotas de viajes: una vez en Playa del Carmen, una tormenta los dejó atrapados en una cabaña con vistas al mar. —Allí la pasé bomba, créeme —guiñó un ojo, y yo sentí que el aire se espesaba, cargado de electricidad.
Pasó una hora sin darme cuenta. El sol ya bajaba, tiñendo los posters de naranja. Diego cerró la puerta principal con un clic que sonó definitivo. —¿Quieres ver algo especial? Tenemos una sala de simulación para que sientas el viaje antes de irte. Es exclusivo de Pasión por Viajes Agencia.
Mi pulso se aceleró. ¿Era esto profesional? ¿O el destino jugándome sucio? Asentí, la curiosidad y el deseo ganando la batalla. Me guio por un pasillo estrecho, su mano rozando mi espalda baja por "accidente". Ese toque fue fuego puro: piel contra piel a través de la tela fina, enviando chispas directo a mi centro.
La sala era íntima, paredes con pantallas curvas, sillones de cuero negro que olían a nuevo y a hombre. Puso un video: olas rompiendo, música de marimbas lejanas, viento simulado que movía mi pelo. Nos sentamos cerca, muslos casi tocándose. —Imagina que estamos allí, solos —murmuró, su aliento cálido en mi cuello.
El calor de su cuerpo me envolvía. Olía a él: sudor limpio, colonia y algo primal. Mi respiración se entrecortó cuando su mano cayó sobre mi rodilla, subiendo despacio. Esto es una locura, pero qué rico se siente. Lo miré, ojos clavados en los suyos. —Diego... —susurré, y él capturó mis labios.
El beso fue explosión. Sus labios carnosos, su lengua invadiendo con hambre, saboreando a menta y deseo. Gemí bajito, mis manos en su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la camisa. Desabotoné botones con dedos temblorosos, revelando piel morena, músculos duros de gym. Él gruñó, una vibración que me recorrió entera. —Estás de fuego, Ana. Neta, desde que entraste me traes loco.
Las pantallas seguían: atardecer caribeño, pero ya no las veíamos. Sus manos expertas subieron mi blusa, exponiendo mi brassiere de encaje negro. Me besó el cuello, lamiendo la sal de mi piel, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda. Órale, qué bien besa el cabrón. Bajó la cabeza, chupando un pezón a través de la tela, luego liberándolo con dientes juguetones. El placer era agudo, como rayos directos a mi clítoris palpitante.
Me recostó en el sillón, el cuero fresco contra mi espalda caliente. Desabrochó mi falda, deslizándola con mis panties en un movimiento fluido. El aire acondicionado besó mi sexo expuesto, húmedo y ansioso. Él se arrodilló, ojos devorándome. —Qué chula panocha tienes, morra. Déjame probarte.
Su lengua fue magia. Lamió lento, saboreando mis jugos con gemidos roncos. El sonido húmedo de su boca en mí, mezclado con mis jadeos, llenaba la sala. Sentí su nariz rozando mi monte, dedos abriéndome más, un dedo entrando curvado justo en el punto G. Me retorcí, uñas en su pelo, caderas empujando contra su cara. Olía a sexo, a mar del video y a nosotros.
¡No pares, pendejo, estoy a punto!Gritó mi mente mientras el orgasmo me barría: olas de placer convulsionándome, gritando su nombre.
Pero no paró. Se levantó, quitándose pants y bóxers. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando. La lamí desde la base, saboreando sal y almizcle, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba. —¡Qué chingón chupas, Ana! Me vas a hacer venir ya.
Me puso a cuatro patas en el sillón, el cuero crujiendo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, el llenado total, su pubis chocando mi culo. Empezó a bombear, lento al principio, manos en mis caderas, nalgadas suaves que ardían rico. El slap-slap de carne contra carne, mis tetas balanceándose, su aliento en mi oreja: —Te sientes de puta madre, tan apretadita y mojada.
Aceleró, salvaje ahora. Sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo. Es mío este wey, qué viaje tan cabrón. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, control total. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mi clítoris frotando su pubis. El orgasmo nos pegó juntos: él gruñendo, llenándome de calor líquido, yo chillando, contrayéndome alrededor de su verga lechosa.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El video seguía, olas rompiendo como eco de nuestro clímax. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en mi sien. Olía a sexo satisfecho, a piel saciada. —Eso fue el mejor viaje de mi vida —dijo riendo bajito.
Yo sonreí, el cuerpo pesado de placer, el corazón lleno. Neta, Pasión por Viajes Agencia no miente en su nombre. Planeamos el viaje real: una semana en Tulum, solos. Salimos tomados de la mano, la noche de CDMX envolviéndonos con luces neón y promesa de más. Ya no era solo un escape; era el comienzo de algo ardiente, como el sol que nos esperaba en la playa.