Pasión Prohibida Canción de Medianoche
La boda de mi prima en la hacienda de las afueras de Guadalajara estaba en su apogeo. El aire olía a jazmín y a carbón de las parrillas donde asaban cabrito, y el mariachi tocaba rancheras que hacían vibrar el suelo de tierra apisonada. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mis caderas anchas, me sentía viva por primera vez en meses desde mi divorcio. Tenía veintiocho años y un cuerpo que pedía a gritos ser tocado, pero la familia siempre vigilante me tenía en la mira.
Allá, entre la multitud, estaba Luis, el carnal de mi mejor amiga desde la prepa. Treinta tacos, moreno, con esa sonrisa pícara que me ponía la piel de gallina. Siempre había sido prohibido, ¿neta? Mi carnala lo veía como hermano, y la familia entera lo trataba igual. Pero esa noche, cuando el mariachi soltó una canción lenta, algo dentro de mí se encendió. "Pasión prohibida", se llamaba la rola, una de esas que hablan de amores imposibles con guitarra ronca y violines que arañan el alma.
¿Por qué carajos me mira así? Sus ojos negros me recorren como si ya me estuviera desnudando. Ay, wey, si mi carnala se entera...
Me acerqué a la pista de baile improvisada, el suelo polvoriento levantando nubecitas con cada paso. Él no dudó, extendió la mano y me jaló contra su pecho. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me hacía apretar los muslos. Sus manos grandes en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentí su aliento caliente en mi oreja mientras tarareaba la letra: "Pasión prohibida, canción que no calla..." Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
La fiesta seguía, risas y clinks de chelas, pero nosotros en nuestro mundo. Cada giro, su cadera rozaba la mía, y juro que sentía su verga endureciéndose contra mi vientre. Órale, Ana, contrólate, me dije, pero el calor entre mis piernas ya era un incendio. Terminó la canción, y él no me soltó. "Ven, caminemos un rato", murmuró, voz grave como trueno lejano.
Salimos al jardín, iluminado por farolitos de papel que colgaban de los mangos. El aire fresco de la noche contrastaba con el bochorno de mi piel. Nos sentamos en una banca de piedra, aún con la música de fondo filtrándose como un susurro pecaminoso. Pasión prohibida canción, repetí en mi mente, como si fuera nuestro himno secreto.
"Neta, Ana, desde la prepa te veo y me pongo como pendejo", confesó, su mano subiendo por mi muslo desnudo bajo el vestido. Temblé, no de frío, sino de puro deseo. Su piel áspera, callosa de trabajar en la construcción, rozando la mía suave... qué rico. Le conté de mi divorcio, cómo mi ex nunca me hizo sentir así, viva, mojada solo con una mirada. Él asintió, ojos brillando. "Tu carnala es como hermana, pero tú... tú eres fuego, mamacita".
Nos besamos ahí mismo, bajo la luna llena que pintaba todo de plata. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua invasora saboreando a tequila y a mí. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca. El beso se volvió salvaje, manos explorando. La suya se coló bajo mi vestido, dedos gruesos encontrando mi calzón empapado. "Estás chingada de caliente, ¿eh?" Reí nerviosa, pero abrí las piernas, invitándolo.
Me tocó despacio al principio, círculos en mi clítoris hinchado, haciendo que mis caderas se arquearan solas. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y salado. Qué wey tan cabrón, sabe exactamente dónde. Le bajé el cierre del pantalón, saqué su verga palpitante, gruesa y venosa, goteando precum. La apreté, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me erizó los vellos.
No aguantamos más. Me levantó como si no pesara nada y corrimos a una de las habitaciones de huéspedes en la hacienda, vacía y con olor a madera vieja y sábanas limpias. Cerramos la puerta, pestillo echado, y nos arrancamos la ropa como fieras. Su cuerpo desnudo era un sueño: pectorales duros, abdomen marcado, verga erguida pidiendo guerra.
Lo empujé a la cama, me subí encima, rozando mi coño mojado contra su longitud. "Te quiero adentro, Luis, ya". Él sonrió, pendejadas pícaras en los ojos. Sus manos amasando mis tetas, pezones duros como piedras bajo sus pulgares. Cada lamida a mi cuello era fuego líquido. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité, placer puro explotando. Cabalgaba fuerte, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. El colchón crujía al ritmo de mis gemidos: "¡Ay, cabrón! ¡Más duro!".
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas me taladraban, golpeando ese punto que me volvía loca. Olía a sexo crudo, a nosotros mezclados. Mordí su hombro para no gritar tan fuerte, sintiendo su aliento jadeante en mi cara. Pasión prohibida, canción que late en cada thrust. Me volteó a cuatro patas, nalgadas suaves que ardían delicioso. Entró de nuevo, una mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo. El orgasmo me golpeó como ola, coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos.
Él no paró, gruñendo "Me vengo, Ana, neta te voy a llenar". Se corrió adentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, enredados, piel pegajosa y corazones tronando.
Después, en la quietud, con la fiesta aún zumbando afuera, fumamos un cigarro compartido. Su dedo trazaba círculos en mi vientre. "Esto no termina aquí, ¿verdad?" pregunté, voz ronca. Él besó mi frente. "Nunca, mi pasión prohibida. Nuestra canción sigue sonando".
Nos vestimos despacio, robándonos besos y promesas. Salimos por separado, pero su mirada me siguió toda la noche. Al día siguiente, en el Whats, ya planeábamos vernos a solas. La familia que se joda. Lo nuestro era fuego puro, consensual y ardiente, sin cadenas. Y esa canción, grabada en mi piel, prometía más noches de éxtasis.