Pasión por lo que Haces con las Manos
Mi taller en la Roma Norte huele a tierra húmeda y a ese toque mineral que solo la arcilla fresca tiene. Cada día me pierdo en ella, mis manos se hunden en su suavidad fría, la moldean con fuerza y delicadeza, como si fuera un amante dócil. Pasión por lo que haces, me digo siempre, mientras el barro se adhiere a mi piel, resbaladizo y tentador. Soy Isabella, y este es mi mundo: el torno girando con un zumbido constante, el agua salpicando, el sol filtrándose por las ventanas altas pintando todo de dorado.
Ese jueves entró Mateo, alto, con esa barba recortada que le da un aire de artista callejero, pero con camisa bien planchada que grita profesional exitoso. Pidió una pieza personalizada, un jarrón alto y curvo como una silueta de mujer. Se sentó frente a mí, observándome trabajar. Sentí sus ojos clavados en mis manos, cómo se movían rítmicamente sobre la arcilla que subía y bajaba en el torno. El aire se cargó de algo eléctrico, un calor que no venía del horno al fondo.
¿Por qué carajos me mira así? Como si mis dedos fueran a tocarlo a él en vez del barro. Neta, wey, me está poniendo caliente.
Le sonreí, limpiándome las manos en el delantal que apenas cubre mis jeans ajustados y la blusa holgada que deja ver el escote cuando me inclino. “¿Quieres probar? Ven, acércate”. Dudó un segundo, pero se levantó, rodando las mangas. Sus manos grandes, de oficinista que hace CrossFit, tocaron la arcilla. La mía se posó sobre la suya para guiarla, piel contra piel húmeda, resbalosa. Su pulso latió fuerte bajo mis dedos. “Así, con pasión por lo que haces”, le susurré al oído, mi aliento rozando su cuello. Él tragó saliva, y supe que el juego acababa de empezar.
El taller se vació de clientes, el sol bajaba tiñendo todo de naranja. “Quédate un rato más, te enseño un truco”, le dije, jalándolo hacia el área trasera donde tengo una mesa grande de madera áspera. Preparé un bloque fresco de arcilla, lo puse entre nosotros. Nuestras manos se enredaron de nuevo, amasando, presionando. El barro nos salpicaba, manchándonos los brazos, el pecho. Reí cuando una gota resbaló por su camisa, pegándola a su torso marcado. “Mira nada más, ya estás todo sucio, cabrón”.
Él me miró con ojos oscuros, hambrientos. “Tú me pones así, Isabella. Tus manos... son magia”. Se acercó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El olor a arcilla se mezcló con su colonia amaderada, masculina, y un leve sudor que me erizaba la piel. Mi corazón aporreaba como el pedal del torno. Quiere que lo toque como toco esto, pensé, mientras mis dedos trazaban un surco en el barro, imaginando su piel.
Entonces, sin palabras, su mano subió por mi muslo, lenta, dejando un rastro húmedo de arcilla. Jadeé, pero no me aparté. Al contrario, giré mi cuerpo hacia él, mis pechos rozando su brazo. Nuestros labios se encontraron en un beso torpe al principio, barro en la boca, sabor terroso y salado. “Órale, qué rico sabes”, murmuró contra mi boca, su lengua explorando, profunda. Lo jalé más cerca, mis manos ahora en su cabello, tirando suave, mientras él desabrochaba mi blusa con dedos temblorosos.
La tensión creció como la arcilla en el torno: gradual, irresistible. Me levantó sobre la mesa, la madera fría contra mi culo desnudo cuando me quité los jeans. Él se arrodilló, besando mi vientre, lamiendo el rastro de barro que bajaba hacia mi monte. El sonido de su respiración agitada llenaba el taller, mixto con el goteo del agua en el fregadero. Sentí su aliento caliente en mi piel, mi chochita palpitando, húmeda no solo por el sudor.
No mames, este wey sabe lo que hace. Mis manos en su cabeza, guiándolo como guío el barro.
Sus labios tocaron mi clítoris, suave al principio, un roce que me hizo arquear la espalda. “¡Sí, así, Mateo! Con esa pasión por lo que haces”. Lamía despacio, saboreándome, su lengua plana y luego puntiaguda, chupando mis labios hinchados. El placer subía en oleadas, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, el olor de mi arousal mezclándose con la tierra. Gemí alto, mis uñas clavándose en su nuca, el taller ecoando mis gritos: “¡Más, cabrón, no pares!”.
Lo subí, desesperada, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, dura, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí de inmediato. Sabor salado, varonil, me llenó la boca mientras lo chupaba hondo, mis manos masajeando sus huevos pesados. Él gruñó, “¡Puta madre, Isabella, eres una diosa!”, sus caderas empujando suave. El ritmo se aceleró, saliva y barro lubricando todo, sonidos húmedos y jadeos llenando el aire.
Pero quería más. Lo empujé contra la mesa, montándolo como monto el torno. Su verga entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. “¡Ay, wey, qué grande estás!”, grité, mientras cabalgaba, mis tetas rebotando, manos en su pecho marcado, arañando leve. Él me agarraba las caderas, guiándome, nuestros cuerpos chocando con palmadas sonoras, sudor resbalando, mezclándose con arcilla en surcos sexys por su abdomen.
La intensidad subió: giré, de espaldas, su verga golpeando profundo, mi culo contra su pubis. Sentía cada vena pulsando dentro, mi chochita apretándolo, el clímax acercándose como un tornado. “¡Ven, fóllame con toda tu pasión!”, le exigí, y él obedeció, embistiendo fuerte, sus manos en mis nalgas separándolas, un dedo rozando mi ano enloqueciéndome más.
El orgasmo me golpeó primero: un estallido de fuego líquido desde mi centro, expandiéndose, piernas temblando, grito ronco escapando de mi garganta. “¡Me vengo, Mateo, no pares!”. Él siguió, gruñendo, hasta que su verga se hinchó y explotó dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa, el taller oliendo a sexo crudo y arcilla.
Nos quedamos así un rato, abrazados en la mesa, su cabeza en mi pecho, mis dedos jugando con su cabello húmedo. El sol se había ido, solo quedaban las luces tenues del taller. “Neta, nunca había sentido algo así”, murmuró él, besando mi piel. Sonreí, trazando su espalda con un dedo aún sucio de barro. Pasión por lo que haces, pensé. Eso era todo: en mi arte, en su cuerpo, en nosotros.
Al día siguiente, el jarrón terminado esperaba en el torno, curvo y sensual como nuestros cuerpos entrelazados. Mateo volvió, no por la pieza, sino por más. Y yo, con mi pasión intacta, lo recibí con las manos abiertas.