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Cañaveral de Pasiones Capitulo 51 Llamas Ocultas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 51 Llamas Ocultas

El sol se ponía sobre el vasto cañaveral de Veracruz, tiñendo las altas cañas de un naranja ardiente que parecía fuego líquido. Ana caminaba entre los tallos gigantes, sintiendo cómo el aire cálido y húmedo le pegaba a la piel como una caricia insistente. El olor dulce del jugo de caña fermentado se mezclaba con la tierra mojada por la lluvia reciente, y cada paso hacía crujir las hojas secas bajo sus sandalias. Hacía semanas que no veía a Miguel, su amor prohibido, el capataz que la volvía loca con solo una mirada.

¿Por qué carajos tengo que esconderme como si fuera una pendeja? pensó Ana, mientras su corazón latía fuerte contra el pecho. Tenía veintiocho años, un cuerpo curvilíneo que volvía locos a los hombres del pueblo, y pechos que se marcaban bajo la blusa de algodón húmeda. Pero su familia, con sus tradiciones rancheras, no aprobaba a Miguel, un chavo de rancho vecino que olía a sudor honesto y pasión cruda.

De repente, una mano fuerte la tomó del brazo. Era él. Miguel, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y musculoso, marcado por el trabajo duro en el campo. Sus ojos negros brillaban como el petróleo de los pozos cercanos.

Neta, Ana, me tenías bien encabronado esperándote —murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Ella sonrió, mordiéndose el labio inferior. —Órale, guapo, no seas dramático. Vine, ¿no? Como en esas telenovelas que vemos, puro Cañaveral de Pasiones, Capítulo 51, donde los amantes se encuentran a escondidas.

Él rio bajito, acercándose hasta que sus cuerpos se rozaron. El calor de su piel traspasaba la tela fina, y Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como mariposas enloquecidas. Sus narices se rozaron, inhalando el aroma masculino de él: sudor salado, tabaco y algo salvaje, como la tierra misma.

Quiero devorarlo aquí mismo, que me haga suya entre estas cañas que nos esconden del mundo.

Acto primero de su deseo: los besos empezaron suaves, labios probándose como frutas maduras. La boca de Miguel sabía a caña masticada y tequila barato del mercado, dulce y picante. Sus lenguas danzaron lento, explorando, mientras las manos de él subían por su espalda, apretando la carne suave bajo la blusa. Ana gimió bajito, un sonido que se perdió en el susurro del viento entre las cañas.

El cañaveral era su santuario. Altas varas verdes los rodeaban como murallas vivas, meciéndose con un shhh constante que ahogaba sus jadeos. La luz del atardecer filtraba rayos dorados, pintando sus cuerpos en sombras danzantes.

Miguel la empujó contra un tronco grueso, sus caderas presionando las de ella. Sintió la dureza de su verga contra su monte de Venus, y un calor líquido se extendió entre sus muslos. —Estás mojada ya, ¿verdad, mi reina? —susurró al oído, mordisqueando el lóbulo.

Sí, pendejo, hazme tuya —respondió ella, arqueando la espalda. Sus pezones se endurecieron como piedras bajo la tela, rogando atención.

La tensión crecía como la savia en las cañas. Sus manos expertas desabotonaron la blusa de Ana, dejando al aire sus tetas llenas, coronadas por aureolas oscuras. Él las tomó en las palmas callosas, masajeando con devoción, pellizcando los pezones hasta que ella jadeó. El tacto áspero de sus dedos contrastaba con la suavidad de su piel, enviando descargas eléctricas directo a su clítoris palpitante.

Ana bajó la mano, palpando la erección tensa bajo los pantalones de trabajo. Era gruesa, caliente, latiendo como un corazón salvaje. La sacó con urgencia, admirando las venas prominentes y la cabeza hinchada, brillante de presemen. —Qué chingona se ve, Miguel. Toda para mí.

Él gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho. La volteó de espaldas contra la caña, levantándole la falda floreada hasta la cintura. No llevaba calzones, solo piel desnuda y húmeda. Sus dedos exploraron el sexo depilado, resbaladizo de jugos, abriendo los labios mayores para rozar el botón hinchado.

¡Dios, sus dedos son puro fuego! Me va a hacer venirme solo con esto, pero quiero más, lo quiero todo adentro.

El dedo corazón se hundió en ella, luego dos, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. El sonido húmedo de su coño chupando los dedos llenó el aire, mezclado con sus gemidos ahogados. El olor almizclado de su excitación flotaba pesado, embriagador como el mezcal.

No aguanto más, Ana. Te voy a coger como se merece una mujer como tú —dijo él, posicionando la verga en su entrada.

Ella empujó hacia atrás, empalándose en un movimiento fluido. La sensación de plenitud la invadió: él la llenaba por completo, estirándola deliciosamente. Empezaron a moverse, lento al principio, savorizando cada roce. Las cañas crujían con sus embestidas, el sudor les corría por la espalda, goteando y mezclándose.

El ritmo aceleró. Miguel la sujetaba por las caderas, clavando los dedos en la carne suave, mientras sus bolas peludas chocaban contra su clítoris con cada thrust profundo. Ana se tocaba el botón, círculos rápidos, sintiendo el orgasmo build-up como una tormenta en el horizonte.

Más fuerte, cabrón, rómpeme —suplicó ella, la voz ronca de placer.

Él obedeció, follando con furia contenida, el cuerpo chocando con palmadas húmedas. El aire olía a sexo crudo, a piel caliente y jugos derramados. Sus pechos rebotaban libres, rozando las cañas ásperas que arañaban placenteramente.

El clímax la golpeó primero: un espasmo violento que la hizo gritar, contrayendo el coño alrededor de su verga como un puño de terciopelo. Miguel la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos.

Jadeantes, se derrumbaron en la tierra blanda, cuerpos entrelazados. El sol se había ido, dejando un cielo estrellado que parpadeaba sobre ellos. Miguel la besó la frente, suave ahora, tierno.

Eres mi todo, Ana. Neta, esto es mejor que cualquier capítulo de Cañaveral de Pasiones —dijo, riendo bajito.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. El afterglow los envolvía como niebla tibia: músculos laxos, piel pegajosa de sudor y fluidos, el corazón calmándose poco a poco. El cañaveral susurraba arrullos, testigo mudo de su unión.

Aquí, entre pasiones ocultas, encontré mi capítulo perfecto. Que vengan más, que el deseo nunca se apague.

Se levantaron despacio, arreglándose la ropa con manos perezosas. Un último beso, profundo y prometedor, antes de separarse por los senderos entre cañas. Ana caminó de regreso al pueblo, las piernas temblorosas, el coño aún palpitante, saboreando el eco de su placer. Mañana sería otro día, pero esta noche, Cañaveral de Pasiones Capítulo 51 había sido suyo, puro fuego en las venas.

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