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Fotos de la Pasion de Cristo Mel Gibson que Encienden el Fuego

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Fotos de la Pasion de Cristo Mel Gibson que Encienden el Fuego

Estaba sola en mi depa de la Condesa, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una promesa de tormenta. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire espeso que olía a café recién molido y a mi loción de vainilla. Neta, qué pinche aburrimiento, pensé mientras me recargaba en el sofá, las piernas abiertas descaradamente sobre el otomané. Mi cel traía batería de sobra, así que abrí el navegador y tecleé sin pensarlo dos veces: fotos de la pasion de cristo mel gibson. No sé por qué, wey. Tal vez porque vi un meme la otra día sobre lo intenso que se veía Mel en esa película, todo sudado, marcado, sufriendo con esos ojos azules que te clavan el alma.

Las imágenes cargaron como un chorro de adrenalina. Ahí estaba él, clavado en la cruz, el cuerpo tenso, venas hinchadas, sudor brillando bajo luces que parecían fuego divino. Sangre falsa chorreando por su pecho lampiño, músculos contraídos en éxtasis de dolor.

¿Y si ese sufrimiento fuera placer?
me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. El corazón me latía fuerte, como tambores de Semana Santa en las calles de mi infancia en Guadalajara. Toqué la pantalla, imaginando la piel salada bajo mis dedos. Olía a mi propia excitación empezando a despertar, ese aroma almizclado que me traiciona siempre.

Justo entonces, la puerta se abrió con llave. Era Marco, mi carnalito, el wey que me hace perder la cabeza con solo sonreírme. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspa rico. Traía una chamarra ligera pese al calor, oliendo a cigarro y a la calle viva de Polanco.

¿Qué onda, reina? ¿Ya te aburriste de esperarme? —dijo, tirando las llaves en la mesa y clavándome la mirada pícara.

Le pasé el cel sin decir nada, con las fotos todavía abiertas. Se sentó a mi lado, su muslo grueso presionando el mío, calor irradiando como lava.

¿Fotos de la Pasion de Cristo Mel Gibson? ¿En serio, Ana? ¿Qué te traes? —rió bajito, pero vi cómo sus ojos se detuvieron en la imagen de Mel azotado, el cuerpo arqueado en agonía que parecía puro deseo contenido.

—Míralo bien, pendejo. Ese sufrimiento... es como cuando nos ponemos salvajes. Quiero sentir eso contigo.

Acto uno cerrado. El deseo ya ardía, lento pero imparable.

Marco dejó el cel en la mesa y me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a menta y promesas rotas. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando mi falda corta de algodón fresco. Gemí contra su lengua, el sonido húmedo de nuestros labios chocando llenando la habitación. Olía a su colonia barata, esa que me enloquece, mezclada con el sudor fresco de su cuello.

Me recargó en el sofá, su peso encima delicioso, aplastándome sin lastimarme. Qué chingón se siente esto, pensé mientras sus dedos se colaban bajo mi tanga, encontrándome empapada. Jadeé, arqueando la espalda como en esas fotos, imaginando la cruz bajo mi espinazo. Él mordisqueó mi oreja, susurrando:

Quieres sufrir como él, ¿verdad? Pero yo te voy a dar placer, mi santa pecadora.

Le arranqué la playera, clavando uñas en su pecho ancho, dejando marcas rojas que él gruñó de gusto. Su piel sabía a sal y hombre, tongue swirling over his nipples que se endurecieron al instante. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo el bulto duro latiendo contra la tela. Latido, latido, como mi pulso en la garganta. Lo liberé, grueso y venoso, caliente en mi palma. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Nos movimos al piso, alfombra áspera raspando rodillas y codos, aumentando la intensidad. Me puso de rodillas, como en oración perversa, y me penetró lento desde atrás. El estirón inicial me hizo gritar, placer quemando como incienso en catedral. Cada embestida era un latigazo de éxtasis, su pelvis chocando mis nalgas con palmadas sonoras, sudor goteando de su frente a mi espalda, fresco y pegajoso.

En mi mente, las fotos parpadeaban: Mel gritando, yo gritando igual, pero de gozo. Marco me jaló el pelo suave, no violento, solo para arquearme más, exponiendo mi cuello a sus besos hambrientos.

Esto es la pasión verdadera, cabrón. No cruz, sino carne uniéndose en fuego.
El aire olía a sexo puro, almizcle y fluidos mezclados, el ventilador esparciendo el aroma como niebla erótica.

La tensión subía, espiral infinita. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo como jinete en desierto ardiente. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones hasta doler rico, enviando chispas a mi centro. Rebotaba fuerte, el slap-slap de pieles resonando, mis jugos lubricando todo, resbaloso y caliente. Él se incorporó, mamando mi pecho, dientes rozando, lengua lamiendo sudor salado.

¡Más fuerte, wey! ¡Hazme sufrir de placer! —supliqué, voz ronca.

Sus caderas subieron con furia contenida, golpeando profundo, rozando ese punto que me deshace. El clímax se acercaba, olas construyéndose, músculos tensos como cuerdas de guitarra a punto de romperse. Grité su nombre, visión nublada por lágrimas de intensidad, no dolor.

Acto dos culminando en precipicio.

Explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como terremoto en la Ciudad, paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, profundo en mí, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Caímos hechos gelatina, pegados por sudor y semen, respiraciones jadeantes sincronizadas. El cuarto giraba lento, olores intensos: sexo, sudor, vainilla residual.

Nos quedamos así un rato eterno, su mano acariciando mi cabello enredado, besos suaves en la sien. Qué pinche conexión, pensé, el corazón calmándose como lluvia después de tormenta. Marco sonrió, ojos brillando.

Esas fotos de la Pasion de Cristo Mel Gibson nos prendieron chido, ¿eh? La próxima vemos la peli enterita.

Reí bajito, piel erizada aún por réplicas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su latido firme. La pasión no era solo sufrimiento; era esto, unión carnal que sana el alma. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero adentro, habíamos creado nuestro propio evangelio de placer.

El sol se ponía, tiñendo la habitación de oro líquido. Saboreé el beso final, salado y dulce, sabiendo que volveríamos a encendernos pronto. Neta, qué vida chingona.

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