Relatos Eroticos
Inicio DOMINACIÓN Cañaveral de Pasiones Capitulo 65 Llamas Ocultas en la Caña Cañaveral de Pasiones Capitulo 65 Llamas Ocultas en la Caña

Cañaveral de Pasiones Capitulo 65 Llamas Ocultas en la Caña

5918 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 65 Llamas Ocultas en la Caña

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Veracruz, haciendo que las hojas verdes se mecieran como un mar vivo con la brisa caliente. Yo, Julia, caminaba entre los tallos altos, sintiendo cómo el sudor me perlaba la piel del cuello y se deslizaba juguetón hasta el valle entre mis pechos. Cada paso crujía bajo mis sandalias, y el aire olía a tierra húmeda, a caña madura y a ese deseo que me quemaba por dentro desde que amanecí pensando en él. Miguel, mi carnal, mi todo. Habían pasado semanas desde nuestra última vez, con el rancho demandando su atención y mi marido de viaje por negocios en la ciudad. Pero hoy, neta, no aguantaba más.

Me detuve en nuestro claro secreto, donde los tallos formaban una cúpula natural, filtrando la luz en rayos dorados que bailaban sobre la hojarasca. Mi corazón latía fuerte, como tamborazo en fiesta, y me quité la blusa ligera, quedando solo en bra y falda corta. El viento rozaba mi piel expuesta, erizándome los vellos, y recordé la primera vez aquí, hace años, cuando éramos unos morros pendejos descubriendo el fuego del cuerpo.

¿Y si hoy es como el cañaveral de pasiones capitulo 65 de esas novelas que leo a escondidas? Puro drama ardiente, traición del alma y clímax que te deja temblando.
Sonreí para mí, ajustándome el pelo en una coleta desordenada.

De pronto, el crujido de pasos. Ahí venía él, Miguel, con su camisa abierta mostrando el pecho moreno y sudoroso, pantalón de trabajo ceñido que marcaba todo lo que me volvía loca. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo, y su boca se curvó en esa sonrisa pícara que me deshacía.

Órale, nena, ¿ya andas lista pa'l desmadre? —dijo con voz ronca, acercándose lento, como si saboreara cada segundo.

Simón, carnal. No mames, te extrañé tanto que me duele aquí —respondí, tocándome el bajo vientre, donde el calor ya palpitaba.

Nos abrazamos fuerte, sus manos grandes en mi espalda, bajando a apretarme las nalgas con esa posesión que me encantaba. Olía a hombre de campo, a sudor limpio y loción barata que siempre usaba. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a café y menta. Gemí bajito cuando su barba raspó mi mejilla, y sentí su verga dura presionando contra mi muslo. Qué chingón, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su nuca.

Acto primero del deseo: las caricias iniciales, explorando como si fuera la primera vez. Me recargó contra un tallo grueso, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda hasta la cintura, y metió dedos juguetones bajo mi calzón, rozando el calor húmedo que ya me chorreaba.

—Estás empapada, mamacita. ¿Tanto me querías? —murmuró contra mi oreja, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina.

Neta, pendejo, no tienes idea. Tócame más, no pares —supliqué, arqueándome para él.

Sus dedos entraron lento, uno, dos, curvándose justo donde dolía la necesidad. El sonido húmedo de mi excitación se mezclaba con el susurro de las cañas y nuestros jadeos. Yo le bajé el pantalón, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó ansioso. Lo acaricie con la palma, sintiendo el pulso acelerado, el calor que irradiaba. Me arrodillé en la tierra blanda, el olor terroso subiendo a mi nariz, y lo tomé en la boca, saboreando la piel salada, la gota perlada de pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome suave pero firme. Qué rico, su sabor me volvía loca, y chupé más hondo, hasta que toqué fondo con la garganta.

Pero no era momento de acabar rápido. Me levantó, quitándome todo menos las sandalias, y nos tendimos en la hojarasca. Sus besos bajaron por mi cuerpo: pezones duros mordidos con dientes, vientre lamido, muslos abiertos para su lengua ávida. Cuando lamió mi clítoris, grité bajito, el placer como rayos eléctricos. El sol calentaba nuestra piel, el viento traía perfume de flores silvestres y nuestro sudor se mezclaba en un elixir embriagador.

En el medio del fuego, las dudas asomaron.

¿Y si alguien nos ve? ¿Y mi marido? ¿Y si Miguel se cansa de esta doble vida?
Pero su mirada me ancló, llena de promesas mudas. —Te amo, Julia. Esto es nuestro, chingado sea lo que sea —dijo, posicionándose entre mis piernas.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada vena, el grosor llenándome hasta el alma. Empezamos lento, roce profundo, mirándonos a los ojos. El cañaveral nos mecía, como si conspirara con nosotros. Sus embestidas se aceleraron, piel contra piel chapoteando, mis uñas rayando su espalda. Yo lo monté después, cabalgando fuerte, pechos rebotando, su boca succionando mis tetas. El clímax subía como marea, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más.

Vente conmigo, carnal —jadeé, y explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como tormenta, chorros calientes mojándonos, su semen llenándome en pulsos calientes. Grité su nombre, el mundo blanco y estrellado, mientras él rugía el mío.

Nos quedamos tendidos, jadeando, cuerpos enredados en afterglow pegajoso. El sol bajaba, tiñendo el cañaveral de oro rojizo. Acaricié su pecho, oyendo su corazón calmarse al ritmo del mío. Esto es vida, pensé, besando su hombro salado.

¿Volveremos mañana? —preguntó él, pícaro.

Órale, pero trae más hambre —reí, y nos vestimos lento, sellando el pacto con otro beso.

Al salir del claro, el viento susurraba secretos en las cañas, guardianas de nuestro cañaveral de pasiones. Capítulo 65 cerrado con broche de oro, pero el próximo... ay, Dios, ya ardía la espera.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.