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Pasión Capítulo 61 Llamas en la Piel

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Pasión Capítulo 61 Llamas en la Piel

El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo vivo. Sofia caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar sus pies como una caricia preliminar. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel sudada por el calor del día, y el viento jugaba con el dobladillo, subiéndolo juguetón hasta sus muslos. Hacía una semana que no veía a Mateo, ese chulo que la volvía loca con solo una mirada, y el deseo bullía en su vientre como tequila reposado en las venas.

Él la esperaba en la terraza de la villa que rentaron para escaparse del ruido de la ciudad. Sofia lo vio de lejos, recargado en la barandilla, con una camisa guayabera entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho bronceado. El olor a sal marina se mezclaba con el aroma de su loción, ese que siempre la hacía salivar.

Órale, Sofia, no te lances de una, haz que sufra un poquito
, se dijo a sí misma mientras subía las escaleras de madera, el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano.

Mamacita, ven pa'cá —murmuró Mateo con esa voz ronca que le erizaba la piel, extendiendo los brazos.

Sofia se acercó despacio, contoneando las caderas, dejando que sus ojos devoraran su figura. Se paró frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo irradiando como fogata en noche de campo. Sus manos grandes la tomaron por la cintura, atrayéndola, y ella alzó la cara para un beso que empezó suave, labios rozando labios, como olas lamiendo la orilla. Pero pronto la lengua de él invadió su boca, saboreando a coco de su gloss y a sal del mar. Sofia gimió bajito, presionando sus pechos contra el torso duro de Mateo, sintiendo los pezones endurecerse bajo la tela fina.

—Te extrañé, wey, neta que sí —susurró ella contra su boca, mientras sus dedos se enredaban en el cabello negro y ondulado de su nuca.

Él sonrió, esa sonrisa pícara que prometía travesuras, y la levantó en vilo como si no pesara nada. La llevó adentro, a la sala abierta con ventanales al océano, donde el aire acondicionado era un alivio fresco contra su piel ardiente. La depositó en el sofá de mimbre cubierto de cojines suaves, y se arrodilló frente a ella, besando sus rodillas, subiendo lento por los muslos. Sofia separó las piernas instintivamente, el pulso acelerado en su garganta, el olor de su propia excitación empezando a perfumar el aire.

La noche caía rápida, y el sonido de las olas rompiendo era el único testigo. Mateo deslizó el vestido hacia arriba, exponiendo sus bragas de encaje negro, ya húmedas. Sus labios rozaron la tela, y Sofia arqueó la espalda, un jadeo escapando de su garganta. Qué rico se siente su aliento caliente ahí abajo, pensó, mordiéndose el labio. Él las apartó con dientes juguetones, y su lengua encontró el centro de su placer, lamiendo despacio, saboreando su néctar salado y dulce como mango maduro.

¡Ay, cabrón! —gritó ella, agarrando su cabeza, las uñas clavándose en su cuero cabelludo—. No pares, pinche delicia.

Mateo rio contra su piel, la vibración enviando ondas de placer por todo su cuerpo. Chupaba y succionaba con maestría, alternando con dedos que se hundían en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Sofia se retorcía, el sudor perlando su frente, el sabor de su propia boca aún con el beso de él. El mundo se reducía a esa boca experta, a las contracciones de su interior apretando sus dedos, al crescendo de su respiración jadeante.

Pero ella quería más, quería devorarlo entero. Lo empujó suave hacia atrás, poniéndose de pie con piernas temblorosas. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en bragas y nada más, sus senos firmes y oscuros pezones erguidos como invitación. Mateo se recargó en el sofá, ojos brillantes de lujuria, y ella se arrodilló entre sus piernas, desabrochando su pantalón con dedos ansiosos. El bulto en sus boxers era impresionante, y al liberarlo, su verga saltó dura y venosa, palpitando al aire fresco.

—Mira nomás qué vergonzoso tan chulo —dijo Sofia, lamiendo la punta, saboreando la gota perlada de precúm, salada y almizclada.

Él gruñó, mano en su cabello guiándola sin forzar. Ella lo tomó entero en la boca, succionando con hambre, la lengua girando alrededor del glande mientras su mano bombeaba la base. Mateo jadeaba, caderas moviéndose leve, el sonido de su placer como música ranchera prohibida.

Esto es puro fuego, neta que este hombre me enciende como nadie
, pensó Sofia, sintiendo su propia humedad correr por los muslos.

No aguantó más. Se levantó, quitándose las bragas de un jalón, y se sentó a horcajadas sobre él. La punta de su verga rozó su entrada, y descendió lento, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. Estirada, plena, el roce de sus paredes contra él era eléctrico. Empezó a moverse, arriba y abajo, manos en sus hombros anchos, senos rebotando con cada embestida. Mateo la sujetaba por las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo que se aceleraba.

¡Sí, así, mami! Más duro —rugió él, mordiendo su cuello, dejando marcas rojas que ardían delicioso.

El sudor los unía, piel resbaladiza contra piel, el slap slap de sus cuerpos chocando mezclado con gemidos y el lejano romper de olas. Sofia cabalgaba como diosa azteca, el placer acumulándose en su bajo vientre como tormenta. Él la volteó de repente, poniéndola de rodillas en el sofá, y entró por detrás, profundo, golpeando ese ángulo perfecto. Sus manos subieron a sus senos, pellizcando pezones, mientras una bajaba a frotar su clítoris hinchado.

¡Me vengo, Mateo, no pares! —chilló ella, el orgasmo explotando como pirotecnia en fiesta patronal, contracciones ordeñando su verga, jugos chorreando por sus piernas.

Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava fundida. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo crudo, a sudor y placer consumado. Mateo la besó la sien, suave ahora, mientras ella yacía sobre su pecho, escuchando el tambor de su corazón calmarse.

Minutos después, envueltos en una sábana ligera, salieron a la terraza. La luna plateaba el mar, y una brisa fresca secaba su piel pegajosa. Sofia sorbía un trago de tequila con limón que él preparó, el sabor ahumado calmando su garganta reseca.

—Esto fue pasión capítulo 61, carnal —dijo ella riendo, acurrucándose en su hombro—. Cada vez mejor, ¿no?

Él la apretó más, besando su cabello que olía a sal y jazmín.

—Y vendrán más, mi reina. Tú y yo, eternos en llamas.

Se quedaron así, perdidos en el afterglow, el mundo afuera olvidado. El deseo no se apagaba; solo esperaba la próxima chispa para arder de nuevo. Sofia cerró los ojos, sabiendo que esta noche había sido inolvidable, un capítulo más en su saga de fuego compartido.

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