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Abismo de Pasion Capitulo 58 Susurros en la Piel

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Abismo de Pasion Capitulo 58 Susurros en la Piel

La noche en la Ciudad de México se extendía como un manto de luces parpadeantes, pero dentro del departamento en Polanco, el mundo se reducía a nosotros dos. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pesado pero el corazón latiendo fuerte solo de pensar en él. Javier, mi carnal de tantos años, mi todo, me esperaba con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Llevábamos meses en este abismo de pasion, un vaivén de deseo que nos consumía, y esta noche, el capitulo 58 de nuestra historia se escribía con promesas de fuego.

Ven acá, morra —me dijo con esa voz ronca, extendiendo los brazos desde el sofá de cuero negro. El aroma de su colonia, mezclado con el leve sudor de anticipación, me golpeó como una ola. Me quité los tacones de un puntapié, sintiendo el fresco del piso de mármol contra mis pies descalzos, y caminé hacia él contoneándome, sabiendo que sus ojos me devoraban.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, mis faldas se subieron revelando la piel de mis muslos. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en la construcción, se posaron en mis caderas, apretando con esa fuerza que me hacía jadear.

¿Por qué cada toque suyo me enciende como la primera vez? Neta, este vato me tiene loca.
Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando el sabor salado de su boca, el dulzor de la cerveza que había tomado. El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritmo frenético, mientras el sonido de nuestra respiración agitada llenaba la habitación.

El deseo inicial era como una chispa, pero ya ardía. Javier deslizó sus dedos por mi espalda, bajando la cremallera de mi blusa con lentitud tortuosa. La tela cayó, exponiendo mi piel al aire acondicionado que erizaba mis pezones. Él los miró con hambre, inclinándose para lamer uno, succionándolo con un gemido que vibró en mi pecho. ¡Ay, cabrón! Mi cuerpo se arqueó, buscando más, mientras mis uñas se clavaban en su nuca, oliendo su cabello limpio, con ese shampoo de eucalipto que tanto me gustaba.

—Te quiero tanto, Ana —murmuró contra mi piel, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina—. Eres mi reina, mi pasión desbordada.

Lo empujé suavemente hacia atrás, levantándome para quitarme la falda. Quedé en tanga negra, mi cuerpo curvilíneo iluminado por la luz tenue de las velas que él había encendido. Javier se desabrochó la camisa, revelando su torso musculoso, marcado por tatuajes que contaban historias de nuestra juventud en Guadalajara. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su jeans con dientes, sintiendo la dureza de su verga presionando contra la tela. El olor almizclado de su excitación me inundó, haciendo que mi boca se hiciera agua.

Acto primero: la tensión se acumulaba como nubes de tormenta. Nos conocimos en una fiesta en la Roma, bailando cumbia hasta el amanecer, pero el conflicto siempre rondaba. Él con su orgullo de macho mexicano, yo con mi independencia feroz. Esta noche, sin embargo, no había barreras. Solo piel contra piel, el roce de sus callos en mis senos suaves, el sabor de su sudor en mi lengua mientras lo besaba por el abdomen.

Subí de nuevo sobre él, frotándome contra su erección aún encerrada. Qué rico se siente, pensé, mientras mis caderas giraban en círculos lentos. Javier gruñó, sus manos amasando mis nalgas, separándolas con un dedo juguetón que rozó mi entrada húmeda.

Si me toca ahí, voy a explotar ya mismo. Pero no, quiero que dure, que me haga suplicar.
El sonido de la ciudad lejana —cláxones, risas— se mezclaba con nuestros jadeos, creando una sinfonía privada.

En el medio del acto, la escalada fue brutal. Lo liberé de sus pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la rigidez. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, mientras él maldecía en voz baja: ¡Puta madre, Ana, qué chingona eres! Lo chupé profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, el sonido húmedo de mi boca llenando el aire. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, siempre atento a mis señales.

Pero yo quería más. Me puse de pie, quitándome la tanga, y lo monté despacio. La punta rozó mi clítoris hinchado, enviando descargas eléctricas por mi cuerpo. Bajé centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme por completo. ¡Dios, qué grande está! Grité cuando toqué fondo, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezamos a movernos, un ritmo pausado al principio, sus manos guiando mis caderas. El sudor nos unía, resbaladizo, el olor de sexo impregnando todo —mío dulce y almizclado, el suyo terroso y varonil.

La intensidad creció. Javier se incorporó, succionando mi cuello mientras me penetraba más fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando. Mis uñas rasguñaron su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente.

Este es nuestro abismo, donde caemos juntos, sin miedo. Neta, lo amo con todo mi ser.
Cambiamos posiciones: él encima, mis piernas en sus hombros, embistiéndome profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, ¡Javier, más, no pares! El clímax se acercaba, mis músculos tensándose, el placer acumulándose como una ola gigante.

Pero no solté aún. Lo volteé, poniéndome a cuatro patas en el sofá, mi culo en pompa invitándolo. Él se hundió de nuevo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El espejo frente a nosotros reflejaba la escena: mi melena revuelta, sus músculos contraídos, el brillo del sudor. Qué escena tan culera y hermosa. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos, mientras me follaba sin piedad. El orgasmo me golpeó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros de placer escapando, mojando sus muslos. ¡Sí, sí, cabrón!

Javier gruñó, embistiendo una, dos veces más, y se corrió dentro de mí, su semen caliente llenándome, pulsando en oleadas. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono. El afterglow fue puro éxtasis: besos perezosos, caricias suaves en la piel enrojecida. El aroma de sexo y velas apagándose lentamente envolvía la habitación.

Eres lo mejor que me ha pasado, mi vida —susurró él, acurrucándome contra su pecho. Yo sonreí, trazando patrones en su piel con el dedo.

Este capitulo 58 del abismo de pasion nos deja con ganas de más. Mañana, quién sabe qué vendrá, pero por ahora, soy feliz en sus brazos.
La noche nos mecía, prometiendo sueños igual de intensos.

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