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Pasión de Cristo Judas

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Pasión de Cristo Judas

En el pueblo de Sayula, Jalisco, la Semana Santa siempre era un desmadre de emociones. El sol pegaba como verga en las tardes de ensayo para la Pasión de Cristo Judas, esa obra que armábamos cada año en la plaza principal. Yo era Judas, el traidor, el pendejo que vendía a Jesús por unas monedas de chocolate. Y él, Jesús, lo interpretaba Marco, un morro de Guadalajara que había llegado hace un mes, alto como poste, piel morena bronceada por el sol, ojos negros que te miraban hasta el alma y una sonrisa que te ponía la verga dura sin querer.

Desde el primer día que lo vi en el atrio de la iglesia, supe que algo andaba mal. O bien, dependiendo cómo lo vieras. Vestido con esa túnica blanca que se le pegaba al cuerpo sudado, recitando sus líneas con voz grave, como si de verdad cargara la cruz. Yo, con mi barba postiza y el morral de traidor, lo espiaba mientras ensayábamos la escena de la traición. "Judas, ¿con un beso?", decía él, y me acercaba, rozando sus labios a los míos. Cada roce era un chispazo, un calor que me subía desde el estómago hasta la garganta. Olía a jabón de lavanda mezclado con sudor fresco, ese olor que te hace tragar saliva.

Los demás del elenco platicaban de todo: de las tortas de carnitas que vendían en la esquina, de las chavas que se colaban a ver a Marco. Pero yo no podía dejar de pensar en cómo se le marcaban los músculos del pecho bajo la tela, en el tacto áspero de su mano cuando me "entregaba" las monedas.

¿Y si este año la pasión de Cristo Judas no es solo teatro? ¿Y si de plano me lo chingo?
Esa noche, después del ensayo, me quedé recogiendo las cruces de madera en el almacén detrás del templo. El aire estaba cargado de incienso viejo y polvo, con el zumbido de las moscas en la penumbra.

—Órale, Judas, ¿todavía aquí? —Su voz me sacó del trance. Marco entró, quitándose la túnica por encima de la cabeza, quedando en pants ajustados y una playera sin mangas que dejaba ver sus hombros anchos.

—Sí, carnal, ando recogiendo este relajo —mentí, mientras mis ojos se clavaban en el bulto que se marcaba en su entrepierna. Él se rio, esa risa ronca que retumbaba en mi pecho.

—Ven, ayúdame a guardar esto —dijo, pasándome una corona de espinas falsa. Nuestras manos se tocaron, y no las solté de inmediato. Sentí el calor de su piel, callosa por el trabajo en el rancho de su familia. El silencio se espesó como miel, solo roto por nuestras respiraciones que se aceleraban.

De repente, su boca estaba en la mía. No suave, no; un beso hambriento, con lengua que sabía a refresco de tamarindo y deseo puro. Lo empujé contra la pared de adobe, mis manos en su cintura, bajando hasta apretar ese culo firme que tanto había imaginado. No mames, qué rico sabe este cabrón, pensé, mientras él gemía bajito, un sonido gutural que me erizaba la piel.

Nos desvestimos a chingadazos, tirando ropa al suelo polvoso. Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luz mortecina de una bombilla: pectorales duros, abdomen marcado, verga tiesa y gruesa, con venas palpitantes, apuntando al techo. Yo me arrodillé, como en la obra, pero esta vez por gusto. Lamí la punta, salada y cálida, oliendo a hombre puro, a sudor y excitación. Él metió los dedos en mi pelo, jalando suave. "Chúpamela, Judas, como si me traicionaras con la boca", murmuró, y yo obedecí, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi lengua.

El almacén se llenó de sonidos: mis arcadas húmedas, sus jadeos roncos, el slap slap de mi mano en sus huevos pesados. Sudábamos como puercos, el aire espeso con olor a sexo, a almizcle y tierra húmeda. Me levantó, me volteó contra una mesa llena de telas viejas. Su lengua en mi culo, caliente y resbalosa, me abrió como nadie. Qué chingón, este Jesús me va a partir la madre.

Escupió en su mano, lubricó su verga y me la clavó despacio. Dolor rico al principio, quemazón que se volvía placer puro cuando tocó ese punto adentro. Empujaba rítmico, piel contra piel, chapoteando, mientras yo me masturbaba frenético. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose, aliento caliente en mi nuca. "Te sientes cabrón, Judas, apriétame más". Yo gemía como loco, puro vicio, esta pasión de Cristo Judas es lo más chido que me ha pasado.

La tensión crecía como tormenta: mis bolas apretadas, su ritmo acelerando, gruñidos que salían del fondo del pecho. Él se corrió primero, caliente adentro, chorros que me llenaban, olor intenso a semen fresco. Yo exploté segundos después, semen chorreando en mi mano, piernas temblando. Nos quedamos pegados, jadeando, su peso sobre mí reconfortante, sudor goteando de su frente a mi espalda.

Después, nos vestimos en silencio, pero no incómodo. Afuera, las campanas de la iglesia daban las doce, eco lejano de cohetes en el cielo estrellado. Marco me miró, ojos brillando. —Mañana en la obra, el beso va a ser de a devis —dijo con guiño.

Yo asentí, sintiendo un calor nuevo en el pecho. No era traición, era conexión. La pasión de Cristo Judas había cobrado vida, no en la plaza, sino en ese rincón olvidado. Caminamos juntos hacia la calle empedrada, donde el aroma de flores de cempasúchil flotaba en la brisa nocturna. Por primera vez, ser Judas no dolía; ardía de placer.

Los días siguientes fueron un vicio controlado. Ensayos donde nos rozábamos "por accidente", miradas que prometían más. La noche del estreno, bajo las luces de focos y velas, el beso en la obra fue épico: labios que se fundieron un segundo extra, el público aplaudiendo sin saber el secreto. Después, en su cuarto rentado, con sábanas frescas oliendo a suavizante de coco, nos dimos con todo otra vez. Él encima, yo cabalgándolo, pieles chocando, gemidos ahogados por la almohada. Sudor salado en mi lengua cuando lo besé, su verga frotando mi próstata hasta que vi estrellas.

Pero la pasión trae sus demonios. Una noche, platicando post-sexo, con su cabeza en mi pecho, él confesó:

"A veces siento que soy el verdadero traidor, Marco, por no gritarle al mundo que te quiero chingar todos los días."
Yo lo apreté más, oliendo su pelo húmedo. No, carnal, esta vez Judas no traiciona; salva.

La Semana Santa terminó con procesión y todo el relajo. Marco se quedó en el pueblo, trabajando en el rancho cercano. Ahora, cada Pascua, revivimos nuestra propia pasión de Cristo Judas, en la cama, en el río, donde sea. Ese beso que empezó como teatro se volvió eterno, un fuego que no se apaga con agua bendita ni sermones. Puro amor carnal, mexicano y chingón.

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