Pasión por el Café
Entré al cafecito de Coyoacán con el sol de la tarde pegándome en la cara, ese calorcito que te hace sudar la gotita pero que te anima el ánimo. Mi nombre es Ana, y desde chiquita tengo esta pasión por el café que no me explico. No es cualquier café, eh, tiene que ser negro, recién molido, con ese aroma que te envuelve como un abrazo prieto y te despierta todos los sentidos. El local es chiquito, con mesitas de madera y paredes llenas de fotos antiguas de la colonia, el piso de teselas brillando bajo la luz que se cuela por las ventanas empañadas.
Estaba detrás del mostrador moliendo granos cuando lo vi entrar. Diego, lo llaman los parroquianos. Alto, moreno, con ojos cafés como el grano que tanto me gusta y una sonrisa que te derrite más que el chocolate caliente. Llevaba una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes que me hicieron imaginar cosas que no le cuento ni a mi almohada.
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón cada vez que entra este pendejo? Es solo un cliente más, Ana, cálmate.
—Órale, Ana, dame tu especialidad, esa que te sale con el alma —dijo con esa voz ronca que parece café espresso puro.
Le sonreí mientras preparaba el molinillo. El ruido de los granos crujiendo, el vapor subiendo del filtro, el olor intensísimo llenando el aire. Vertí el agua caliente con cuidado, viendo cómo el café chorreaba oscuro y espeso en la taza. Se lo puse enfrente, rozando sus dedos al pasársela. Un toque eléctrico, como si el calor del café se hubiera pasado a mi piel.
—Prueba y me dices, Diego. Hoy le eché un secretito.
Él sorbió despacio, cerrando los ojos. Qué chido verlo así, pensé, imaginando esos labios en otras partes. —Está de lujo, nena. ¿Cuál es tu secreto? ¿Tu pasión por el café?
Reí bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Algo así. Para mí, el café es vida, calor, placer en cada sorbo.
La tarde se estiró entre pláticas. Hablamos de la ciudad, de cómo el tráfico te chinga el día, de sueños locos. Sus ojos no se despegaban de mí, y yo sentía mi piel erizándose bajo la blusa ligera. El cafecito se vació poco a poco, quedamos solos con el zumbido de la máquina y el aroma persistente.
—Cierro ya —le dije, pero mi voz salió más suave de lo planeado—. ¿Quieres subir a mi depa? Tengo un café aún más especial arriba.
Él se paró, alto y cerca, su olor a jabón y algo masculino mezclándose con el café. —No me lo pierdo por nada.
Subimos las escaleras chirriantes del fondo, mi corazón latiendo como tamborazo en la plaza. Mi departamentito es acogedor, con plantas colgando y una cama grande enmarcada por cortinas sheer que dejan pasar la luz anaranjada del atardecer. En la cocina abierta, encendí la cafetera italiana que tanto quiero, esa de aluminio brillante que hace el mejor ristretto.
Diego se acercó por detrás mientras yo molía los granos. Sus manos en mi cintura, cálidas, firmes. —Déjame ayudarte —murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el cuello.
¡Madre santa, esto va en serio! ¿Estoy lista? Claro que sí, Ana, toma lo que quieres.
Me giré y lo besé, sin pensarlo dos veces. Sus labios sabían a café y deseo, su lengua explorando con la misma lentitud que un buen espresso se asienta. Lo empujé contra la encimera, mis manos en su pecho duro, sintiendo su corazón galopando igual que el mío. El vapor de la cafetera silbaba bajito, como un susurro cómplice.
—Tu pasión por el café me prende —dijo entre besos, quitándome la blusa con dedos hábiles. Mi piel se erizó al aire fresco, pero su boca caliente en mi hombro lo compensó todo.
Apagué la cafetera y serví dos tazas humeantes. Nos sentamos en la cama, medio vestidos, sorbiendo despacio. El líquido negro quemaba la lengua justo lo necesario, amargo con un toque dulce que yo le había agregado de vainilla mexicana. Sus ojos me devoraban mientras yo lamía una gota que se escapó por el borde de la taza. Él dejó la suya y me jaló hacia él, derramando un chorrito en mi pecho.
—Uy, perdón —rió pícaro, pero bajó la cabeza y lamió el café de mi piel con una lentitud que me hizo gemir. Su lengua áspera, caliente, trazando caminos desde mi clavícula hasta el valle entre mis senos. Olía a café y a él, un perfume embriagador que me nublaba la cabeza.
—No pares —susurré, arqueándome. Mis manos en su pelo, tirando suave, guiándolo más abajo. Él desabrochó mi brasier, liberando mis pechos, y vertió más café tibio sobre un pezón. La sensación del líquido caliente seguido de su boca succionando fue una locura. Cada lamida enviaba chispas directo a mi centro, donde ya sentía la humedad creciendo, empapando mis panties.
Lo tumbé en la cama, queriendo mi turno. Le arranqué la camisa, besando su torso marcado, oliendo su sudor fresco mezclado con café. Bajé al cinturón, lo desabroché con dientes, riendo cuando jadeó. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitando. Vertí café en su ombligo y lo lamí despacio, bajando hasta la base, saboreando el amargo salado de su piel. Él gruñó, manos en mi cabeza, pero dejándome el control.
¡Qué rico, güey! Esto es mejor que cualquier taza del mundo.
Subí a horcajadas, frotándome contra él a través de la tela húmeda. —Te quiero adentro —le dije, mirándolo fijo. Él asintió, ojos encendidos, y me ayudó a quitarme lo último. Su punta rozó mi entrada, resbalosa, y empujó despacio. Lo sentí estirándome, llenándome centímetro a centímetro, hasta que estuve sentada en él por completo. Gemí fuerte, el placer punzante expandiéndose como ondas en una taza revuelta.
Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada roce, cada pulso. El sonido de piel contra piel, húmedo y rítmico, mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos, el aire cargado de aroma a sexo y café derramado. Aceleré, mis caderas girando, sus manos apretando mis nalgas, guiándome. —¡Más fuerte, Ana! —gruñó, y obedecí, sintiendo el orgasmo construyéndose como presión en una cafetera exprés.
Me incliné para besarlo, lenguas enredadas, mientras él embestía desde abajo. El clímax me golpeó como un shot doble: olas de placer convulsionándome, apretándolo dentro, gritando su nombre. Él se tensó segundos después, corriéndose con un rugido gutural, caliente y profundo, llenándome hasta rebosar.
Caímos exhaustos, enredados, respirando agitados. El café olvidado en la mesita se enfriaba, pero su calor persistía en nosotros. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, oliendo nuestra mezcla de fluidos y granos tostados.
—Esa fue la mejor pasión por el café de mi vida —murmuró, besándome la frente.
Reí suave, trazando círculos en su piel. —Y apenas empieza, mi amor. Mañana te preparo desayuno en la cama.
Nos quedamos así hasta que la noche cayó, envueltos en sábanas revueltas y promesas de más tazas compartidas. Mi pasión por el café nunca había sido tan ardiente, tan viva.