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Abismo de Pasion Capitulo 54 El Despertar del Deseo

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Abismo de Pasion Capitulo 54 El Despertar del Deseo

La noche en la playa de Veracruz se sentía como un abrazo húmedo, con el salitre del mar colándose por las ventanas abiertas de la cabaña. Yo, Elisa, estaba recostada en la hamaca de red, sintiendo cómo la brisa jugaba con el borde de mi vestido ligero de algodón, ese que se pegaba a mi piel como una promesa. Hacía calor, un calor que no era solo del trópico, sino de algo que bullía dentro de mí desde que Damián llegó esa tarde. Él, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y marcado por el sol, me miró de esa forma que me hace temblar las rodillas. Neta, cada vez que sus ojos oscuros se clavan en los míos, siento que caigo en un abismo sin fondo.

Órale, Elisa, ¿todavía estás así de pensativa? —dijo él, acercándose con una cerveza fría en la mano, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un ritmo que aceleraba mi pulso.

Me incorporé un poco, el tejido de la hamaca crujiendo bajo mi peso, y olí su aroma: mezcla de mar, sudor fresco y esa colonia barata que siempre usa, pero que en él huele a puro vicio.

¿Por qué carajos me pones así, Damián? Como si fueras el capítulo que no puedo dejar de leer en este abismo de pasion capitulo 54 de mi vida.
Sonreí para mis adentros, recordando esas novelas que devoraba de chava, llenas de pasiones imposibles. Pero esto era real, carnal, nuestro.

Él se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y el contacto fue como una chispa. Sentí el calor de su piel a través de la tela fina, y mi cuerpo respondió al instante: pezones endureciéndose, un cosquilleo bajando por mi vientre. Hablamos de tonterías, de la pesca del día, de cómo el coco fresco sabía a gloria con un chorrito de ron. Pero sus dedos jugaban distraídos con el dobladillo de mi vestido, subiendo apenas, rozando mi muslo interno. No pares, pensé, mordiéndome el labio.

La tensión crecía como la marea. Yo le conté de mi día en la tiendita de la playa, vendiendo artesanías a los turistas gringos que no sabían ni pedir un elote. Él rio, esa risa grave que vibra en el pecho y se te mete hasta los huesos. Chingón, qué hombre. Pero debajo de las palabras, había un hambre. La mía, la de él. Nos conocíamos desde la prepa, con pleitos y reconciliaciones que nos dejaban exhaustos y saciados. Esta vez, después de semanas separados por su chamba en el puerto, el aire estaba cargado de promesas rotas y deseos pendientes.

De pronto, su mano subió más, dedos firmes abriendo mis piernas con gentileza. —¿Quieres que pare, mi reina? —murmuró, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a ron dulce.

Ni madres, pendejo, sigue —respondí, mi voz ronca, jalándolo por la nuca para besarlo.

El beso fue un incendio. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo con urgencia, saboreando el salado de mi piel y el dulzor de la fruta que comí antes. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto, tirando suave para que gruñera. Él me levantó en brazos como si no pesara nada, el balanceo de la hamaca nos meciendo mientras caminaba hacia la cama king size cubierta de sábanas blancas de lino egipcio. El colchón se hundió bajo nosotros con un suspiro suave, y el ventilador de techo giraba perezoso, moviendo el aire tibio que olía a jazmín del jardín.

Ahí empezó lo bueno, el medio de esta danza. Damián me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos, el ombligo donde lamió con la punta de la lengua, haciendo que arqueara la espalda.

¡Qué rico, cabrón! Siento tu barba raspando, tu saliva tibia secándose al aire, y ya estoy mojadísima, neta.
Mis pechos libres, pesados y sensibles, respondieron a sus manos: pellizcos juguetones en los pezones, masaje profundo que me hacía jadear. Él se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas como un tesoro, y sopló suave sobre mi centro, donde el calor palpitaba.

Mírate, tan chula y lista para mí —dijo, voz grave, mientras sus dedos exploraban: uno, dos, deslizándose en mi humedad con facilidad, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno, chapoteo suave mezclado con mis gemidos, el pulso de mi corazón retumbando en oídos. Yo agarré las sábanas, uñas clavándose, mientras él lamía mis muslos internos, subiendo hasta mi clítoris hinchado. Su lengua era mágica: círculos lentos, chupadas firmes, alternando con besos suaves. Olía a mí, a sexo puro, almizcle femenino que lo volvía loco.

Pero no era solo físico; en mi mente giraban recuerdos. ¿Cuántas veces hemos peleado por celos tontos? ¿Por qué este abismo nos jala siempre de vuelta? Lo empujé hacia arriba, quitándole la ropa con prisa: camisa volando, pantalón cayendo, revelando su verga dura, venosa, apuntando al techo. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, goteando ya de anticipación. La masturbé lento, sintiendo su grosor, el pulso acelerado bajo mi palma, mientras él maldecía en voz baja: ¡Pinche Elisa, me vas a matar!

Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo con control. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Ay, qué chido! El roce interno era eléctrico, paredes contrahechas apretándolo. Empecé a moverme, caderas girando en círculos, subiendo y bajando con ritmo de cumbia lenta. Sus manos en mis nalgas, amasando, azotando suave para que el sonido rebotara en las paredes de caña. Sudor nos unía, resbaloso, salado al lamer su cuello. Gemidos se mezclaban con el mar: mis ¡sí, más!, sus gruñidos animales.

La intensidad subió. Él se sentó, abrazándome, mis senos aplastados contra su pecho velludo. Besos fieros, dientes mordiendo labios, mientras follábamos sentados, profundo y lento al principio, luego frenético. Sentía cada vena, cada embestida rozando mi G, el orgasmo construyéndose como ola gigante.

Es como caer en el abismo de pasion capitulo 54, donde todo explota en colores y placer infinito.
Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas, su aliento jadeante en mi oreja: ¡Ven conmigo, mi amor!

Explotamos juntos. Mi cuerpo se convulsionó, paredes apretándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, pulsando dentro. Caímos exhaustos, enredados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El afterglow fue puro paraíso: sus dedos trazando patrones en mi espalda, besos perezosos en la sien. Olía a sexo, a nosotros, a mar y coco quemado en la cocina olvidada.

Eres mi vicio, Elisa —susurró, mientras el sol empezaba a asomarse, tiñendo la habitación de rosa.

Yo sonreí, acurrucada en su pecho. No hay abismo más dulce que este. Mañana volvería la rutina, la tiendita, su puerto, pero esta noche, en este capítulo de nuestra pasión, éramos invencibles. El mar aplaudía afuera, testigo de nuestro fuego eterno.

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