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Pasión América Desatada

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Pasión América Desatada

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el chile habanero, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la salsa retumbando desde los antros de la Quinta Avenida. Yo, Karla, acababa de terminar mi turno en el hotel, con el cuerpo aún vibrando de tanto cargar maletas de turistas gringos. Me sentía calenturienta, con esa comezón en la piel que no se quita ni con un trago de tequila. Decidí soltarme el pelo, ponerme mi vestido rojo ceñido que me hace ver como una diosa azteca, y salir a cazar aventura.

Entré al bar La Pasión, un lugar chido lleno de luces neón y cuerpos sudados bailando pegaditos. Pedí un margarita con sal, y mientras el hielo crujía en mi boca, lo vi. Ahí estaba él, un gabacho alto, moreno, con ojos verdes que brillaban como el mar al atardecer. Se llamaba Alex, me dijo después, venido de Nueva York por unos días de vacaciones. Pero en ese momento, solo lo noté por cómo su camisa blanca se pegaba a sus pectorales, oliendo a colonia fresca mezclada con sudor masculino. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubieran dado un trago de mezcal puro.

—¿Bailas? —me preguntó con acento yankee, pero hablando español de a muertito, lo que me sacó una risa.

—Órale, güero, pero no me pises los pies —le contesté coqueta, tomando su mano grande y callosa.

Nos pegamos en la pista, su cuerpo duro contra el mío suave. El sudor de su cuello me rozaba la nariz, un olor varonil que me ponía la piel de gallina. Sus manos en mi cintura bajaban despacito, probando límites, y yo no las apartaba.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este pendejo me va a volver loca con solo mirarme así.
La música nos mecía, cadera con cadera, y ya sentía su paquete endureciéndose contra mi muslo. La tensión crecía como una tormenta en el Golfo, prometiendo descargas intensas.

Salimos del bar caminando por la playa, la arena tibia bajo mis sandalias, el oleaje rompiendo suave como un susurro. Hablamos de todo: de cómo él amaba México, de mis sueños de viajar a su "América" del norte, de la pasión que sentíamos bullir. —Esto es Pasión América —me dijo, señalando el horizonte donde el Pacífico besaba el cielo —. Tú y yo, aquí, es como un sueño prohibido.

Nos sentamos en la arena, y sus labios encontraron los míos. Sabían a ron y a menta, un beso hambriento que me dejó sin aliento. Mis manos exploraban su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa desabotonada. Él gemía bajito, un sonido ronco que vibraba en mi pecho. Neta, nunca había sentido algo tan eléctrico. Le quité la camisa, lamiendo su piel salada, mientras el viento jugaba con mi pelo.

—Karla, eres una mamacita increíble —murmuró, sus dedos deslizándose por mi espalda, bajando el zipper de mi vestido. Lo dejé caer, quedando en bra y tanga negra, mi piel morena brillando bajo la luna. Él me miró con hambre, como si fuera el postre más chulo del mundo.

La tensión subía como la marea. Nos recostamos en una sábana que sacó de quién sabe dónde, sus manos masajeando mis senos, pellizcando pezones que se endurecían al instante. Gemí, arqueando la espalda, el olor de mi propia excitación mezclándose con el mar.

¡Ay, wey, no pares! Esto es lo que necesitaba, pura pasión sin complicaciones.
Le bajé los shorts, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y las venas latiendo. Él jadeó, y yo la lamí despacio, saboreando la sal de su pre-semen, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo.

Pero no quería acabar ahí. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Mis caderas se movían solas, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. El roce era delicioso, mi clítoris hinchado rozando su tronco. Sus manos apretaban mis nalgas, abriéndome, y de pronto metió dos dedos dentro, curvándolos justo donde me volvía loca. Grité, el placer como un rayo, mis jugos chorreando por sus bolas.

—Te quiero dentro, Alex. Chíngame ya —le rogué, con voz ronca de deseo.

Se puso encima, protector, y entró despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. El dolor inicial se convirtió en éxtasis puro, mi coño apretándolo como un guante. Empezamos a movernos, lento al principio, sincronizados como en un baile. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos y el romper de las olas. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos, el olor a sexo impregnando el aire.

La intensidad creció. Él aceleró, embistiéndome profundo, golpeando mi punto G con cada thrust. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, gritando ¡Más, cabrón, más!. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte.

Esto es Pasión América, pura, salvaje, sin fronteras. No lo suelto nunca.
Él gruñó, mordiendo mi hombro, y de repente exploté. Mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo, chorros de placer saliendo de mí mientras temblaba entera.

No paró. Siguió dándome duro, prolongando mi clímax hasta que él llegó. Su verga se hinchó, y sentí los chorros calientes llenándome, uno tras otro, gimiendo mi nombre como una oración. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El afterglow era perfecto: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono, el mar arrullándonos.

Nos quedamos así un rato, besándonos suaves, riendo bajito. —Neta, Karla, esto fue lo mejor de mi viaje —dijo, acariciando mi pelo.

—Y para mí, la noche más chida. Pasión América en su máxima expresión —respondí, sabiendo que quizás no nos veríamos más, pero que este recuerdo ardía eterno.

Al amanecer, nos vestimos con la arena pegada a la piel, oliendo a sexo y mar. Caminamos de regreso, tomados de la mano, con la promesa de un desayuno y quién sabe qué más. Pero en mi corazón, ya tenía mi pedazo de América, puro fuego y deseo.

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