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Pasión y Poder Montserrat

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Pasión y Poder Montserrat

La noche en Polanco olía a jazmín y a dinero fresco, ese aroma que se pega a la piel como un amante posesivo. Yo, Montserrat, dueña de Pasión y Poder, mi imperio de lencería de lujo, caminaba por la terraza del hotel con un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como una promesa. El viento jugaba con mi cabello oscuro, y el tequila en mi mano quemaba dulce en la garganta. Hacía calor, pero no tanto como la mirada que sentí clavada en mi espalda.

¿Quién carajos es este güey que me mira como si ya me hubiera desnudado?
Pensé, girándome despacio. Ahí estaba él: alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada que gritaba poder. Traía un traje hecho a la medida, camisa blanca abierta un botón de más, revelando un pecho tatuado que me hizo tragar saliva. Se llamaba Diego, lo supe porque supe todo de él en segundos: empresario de vinos, viudo reciente, ojos que prometían pecados.

Señora Montserrat —dijo acercándose, voz grave como ron añejo—. He oído de Pasión y Poder. Su marca enciende fuegos que ni los bomberos apagan.

Le sonreí, coqueta, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello. —Y tú pareces saber de fuegos, Diego. ¿O solo hablas bonito?

Charlamos bajo las luces de la ciudad, el bullicio de la fiesta de fondo como un latido colectivo. Su risa era ronca, vibraba en mi piel. Hablamos de negocios, de vinos que embriagan lento, de telas que rozan como caricias prohibidas. Cada palabra suya era un roce invisible, y yo, con mi pasión contenida, sentía el calor subir desde mi vientre.

Acto uno: la chispa. Le invité a mi penthouse en Lomas, "solo un trago más". Subimos en su Ferrari negro, el motor rugiendo como un animal en celo, el cuero de los asientos pegándose a mis muslos desnudos bajo el vestido. El aroma de su colonia, madera y especias, me invadió, mezclándose con mi perfume de vainilla y almizcle.

En el elevador, solos, su mano rozó la mía. Electricidad.

Quiere esto tanto como yo. Pero yo mando aquí, en Pasión y Poder Montserrat, en todo.

Mi departamento era un templo de sedas y cristales, vistas al Valle como un mar de luces parpadeantes. Le serví mezcal ahumado, el humo subiendo en espirales, y nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo. Hablamos de pérdidas —él de su esposa, yo de amores que no duraron—, pero bajo las palabras, la tensión crecía como una tormenta.

—Eres fuego puro, Montserrat —murmuró, su aliento cálido en mi oreja mientras se acercaba—. Pasión y poder en una mujer así... me enloquece.

Lo besé entonces, primera rendición voluntaria. Sus labios eran firmes, sabían a mezcal y deseo crudo. Mi lengua exploró la suya, bailando un tango húmedo, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. El zipper bajó lento, sonido metálico que erizó mi piel.

Acto dos: la escalada. Caímos al sofá, mi vestido un charco negro a mis pies. Quedé en lencería de mi propia marca, encaje negro que mordía mis pezones endurecidos. Él se quitó la camisa, revelando músculos tensos, sudor brillando bajo la luz tenue. Olía a hombre, a sal y testosterona, ese olor que hace que las piernas flaqueen.

Mierda, qué chingón está. Pero yo controlo el ritmo, siempre.

Lo empujé suave, montándome a horcajadas. Mis uñas arañaron su pecho, dejando surcos rojos que lo hicieron gemir. —Despacio, cabrón —le susurré, mordiendo su labio inferior, gusto metálico de sangre leve—. Quiero sentir cada centímetro de ti primero.

Mis manos bajaron, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, dura como hierro caliente, palpitando contra mi palma. La envolví, piel suave sobre rigidez, vena latiendo bajo mis dedos. Él jadeó, caderas alzándose, pero yo lo detuve con una mirada. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por su torso hasta su ombligo. El vello oscuro raspaba mi lengua, excitante.

Diego no se quedó atrás. Sus dedos grandes separaron mis bragas, rozando mi clítoris hinchado. —Estás empapada, nena —gruñó, voz ronca—. Esto es pasión pura.

Me penetró con dos dedos, curvos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, sonido gutural que rebotó en las paredes. El jugo de mi excitación chorreaba, olor almizclado llenando el aire. Monté su mano, pechos rebotando, pezones rozando su pecho. Sudor nos unía, pieles resbalosas chocando.

Pero quería más. Lo guie a la cama king size, sábanas de satén fresco contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, mordisqueando hasta llegar a mi centro. Su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, saboreando mi miel dulce y salada. Chupó mi clítoris, succionando con hambre, mientras sus dedos volvían adentro, follándome lento.

¡Ay, Dios! Este pendejo sabe lo que hace. Mi poder se deshace en su boca.
Ondas de placer subían por mi espina, vientre contrayéndose. Grité su nombre, piernas temblando, pero él no paró. Me volteó boca abajo, nalgas al aire, y su lengua exploró mi ano, húmeda y prohibida, enviando chispas nuevas.

La intensidad crecía. Lo puse de espaldas, cabalgándolo ahora. Su verga entró en mí de un embiste, llenándome hasta el fondo. Gruñí, sintiendo cada vena estirar mis paredes. Reboté, pechos saltando, manos en su pecho para impulsarme. Él me amasaba las nalgas, azotando leve, sonido clap-clap erótico. —Más fuerte, Montserrat. Muéstrame tu poder —jadeó.

Aceleré, clítoris rozando su pubis, sudor goteando de mi frente a su boca abierta. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a nosotros. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, tirando hasta doler placer. Gemidos se volvían gritos, camas crujiendo, cuerpos chocando con fuerza animal.

Acto tres: la liberación. Cambiamos posiciones, él encima, misionero profundo. Sus ojos en los míos, conexión más allá de lo físico. —Te quiero toda —rugió, embistiendo duro, bolas golpeando mi culo. Yo envolví piernas en su cintura, uñas clavadas en su espalda, dejando marcas de guerra.

El clímax llegó como avalancha. Sentí el orgasmo nacer en mi útero, expandiéndose en olas. —¡Me vengo, cabrón! —chilló mi voz, cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando sus caderas. Él se tensó, verga hinchándose, y explotó dentro, semen caliente inundándome, pulsos interminables.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones jadeantes sincronizadas. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire fresco de la AC secaba nuestro sudor, piel pegajosa enfriándose.

Pasión y poder, Montserrat. Esto es lo que eres. Y con él... perfecto equilibrio.

Diego se deslizó a mi lado, brazo sobre mi cintura, dedo trazando mi espina. —Eres increíble —susurró, besando mi hombro—. Pasión y poder en carne viva.

Nos quedamos así, mirando las luces de la ciudad, el Valle durmiendo bajo nosotros. Reflexioné en silencio: en mi imperio, en amores pasados, en este hombre que despertó algo salvaje y tierno. No era solo sexo; era afirmación. Mi pasión ardía, mi poder intacto, amplificado.

Al amanecer, café negro humeante, promesas susurradas. Él se fue con una sonrisa, pero su aroma quedó en mis sábanas. Yo, Montserrat, dueña de todo, sonreí al espejo. Lista para más.

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