Abismo de Pasion Capitulo 95 Caida al Placer Infinito
El sol se ponía sobre las colinas de Valle de Bravo, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se colaba por las ventanas de nuestra cabaña. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad, con el cuerpo cansado pero el corazón latiendo fuerte solo de pensar en él. Diego me esperaba en la terraza, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, sudado por el calor del día. Órale, qué chulo se ve, pensé, mientras el aroma a jazmín del jardín me envolvía como una caricia.
—Ven acá, mi reina —dijo con esa voz grave que me eriza la piel, extendiendo los brazos. Me acerqué, sintiendo el crujido de las tablas de madera bajo mis sandalias, y me hundí en su abrazo. Su piel olía a sal y a ese jabón de lavanda que tanto me gustaba, mezclado con su sudor masculino. Mis manos subieron por su espalda, notando cada músculo tenso, y él me besó el cuello, lento, como si quisiera saborear cada centímetro.
Era como si estuviéramos en el abismo de pasión capítulo 95 de nuestra propia novela, una donde el deseo nunca se apaga. Habían pasado semanas desde la última vez, con él en un viaje de trabajo y yo lidiando con el estrés del bufete. Pero ahora, aquí, todo eso se desvanecía. Mi cuerpo respondía solo, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera, un calor húmedo creciendo entre mis piernas.
Nos sentamos en el sofá de mimbre, con vistas al lago que brillaba como un espejo. Diego me sirvió un tequila reposado, el líquido ámbar cayendo en el vaso con un sonido gluglú que me hizo salivar. Bebí un sorbo, el sabor ahumado quemándome la garganta, y lo miré a los ojos, oscuros y profundos como el agua allá abajo.
—Te extrañé tanto, Ana. Neta, no sabes —murmuró, su mano en mi muslo, subiendo despacio por debajo de la falda. Sentí sus dedos ásperos, callosos de tanto trabajar con las manos, rozando mi piel suave. Un escalofrío me recorrió la espina, y apreté las piernas instintivamente, pero él sonrió pícaro.
—No te hagas la difícil, carnala —rió bajito, y yo solté una carcajada, empujándolo juguetona.
Este wey siempre sabe cómo encender la chispa. ¿Por qué pelear contra esto? Es nuestro momento, puro fuego mexicano.
La noche caía rápida, las luciérnagas empezando a parpadear como estrellitas traviesas. Entramos a la recámara, la brisa fresca moviendo las cortinas blancas. Diego me quitó la blusa con delicadeza, besando mis hombros mientras la tela susurraba al caer. Mis senos se liberaron, pesados y sensibles, y él los tomó en sus manos grandes, masajeándolos con thumbs que rozaban los pezones. Gemí suave, el sonido escapando como un suspiro ahogado, y el olor de mi propia excitación empezó a llenar el aire, dulce y almizclado.
Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a nosotros. Me subí encima, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura y venosa, palpitando contra mi palma. La tomé, sintiendo el calor irradiando, la piel sedosa sobre el acero debajo. Qué rica, tan gruesa, hecha para mí, pensé, mientras la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como gotas de mar.
Diego gruñó, sus manos enredándose en mi pelo largo y negro. —Ay, mamacita, qué chingona eres con la boca. Chupé más profundo, el sonido húmedo de succión llenando la habitación, mis labios estirándose alrededor de su grosor. Él se arqueaba, el colchón crujiendo bajo su peso, y yo sentía mi clítoris hinchado, rogando atención dentro de mis panties empapadas.
Pero no quería acabar así. Me quité la ropa interior, frotándome contra su muslo peludo, dejando un rastro húmedo. —Te quiero adentro, Diego. Fóllame ya —le pedí, con voz ronca de necesidad. Él rodó, poniéndome debajo, sus ojos fijos en los míos mientras se posicionaba. La punta de su verga rozó mi entrada, resbalosa y abierta, y empujó lento, centímetro a centímetro.
El estiramiento era delicioso, un ardor que se convertía en placer puro. Gemí fuerte cuando bottomed out, sus bolas contra mi culo, llenándome por completo. Olía a sexo ahora, a sudor y fluidos mezclados, el aire cargado. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el slap slap de piel contra piel como un tambor primal.
Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Esto es el abismo, puro vicio, capítulo 95 de nuestro desmadre pasional, pensé mientras él aceleraba, su aliento caliente en mi oreja, mordisqueando el lóbulo. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.
—¿Te gusta, mi amor? Dime que sí —jadeaba él, sudando profusamente, gotas cayendo en mi pecho.
—Sí, pendejo, me encanta. Más fuerte —respondí, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en sus nalgas firmes. El ritmo se volvió frenético, la cama golpeando la pared con thuds sordos, mis tetas rebotando con cada thrust. El orgasmo se acercaba como una ola gigante, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo.
De repente, exploté. Un grito gutural salió de mi garganta, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, jugos chorreando entre nosotros. Diego rugió, embistiendo una vez más antes de correrse, chorros calientes inundándome, su verga pulsando como un corazón desbocado. Colapsó sobre mí, pesando delicioso, nuestros corazones latiendo al unísono.
Nos quedamos así un rato, jadeando, el aire fresco de la noche secando nuestro sudor. Él se salió despacio, un chorrito de semen escapando, y me besó suave en los labios, sabor a tequila y sexo compartido. —Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasión no tiene fin.
Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón calmarse, el lago susurrando afuera. Capítulo 95 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 96? Solo el tiempo y nuestro fuego lo dirán. La luna salió, bañándonos en plata, y nos dormimos entrelazados, satisfechos, en paz.
Al amanecer, el canto de los pájaros nos despertó. Diego preparó café de olla, el aroma a canela y piloncillo flotando. Desayunamos en la terraza, riendo de tonterías, planeando el día. Pero en el fondo, sabíamos que el deseo siempre acechaba, listo para otro capítulo. Nuestra historia era un abismo de pasión capítulo 95 eterno, lleno de risas, sudor y amor verdadero.
Y así, en ese paraíso mexicano, seguíamos cayendo, una y otra vez, al placer infinito.