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Pasión Telenovela Personajes Ardientes

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Pasión Telenovela Personajes Ardientes

Valeria se recostaba en el amplio sofá de su departamento en Polanco, con el control remoto en la mano y los ojos clavados en la pantalla del televisor. La telenovela Pasión estaba en su capítulo más intenso, donde los personajes principales, Camila y Eduardo, se miraban con esa hambre que solo los guionistas de Televisa saben escribir. El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero el calor en su cuerpo era otro, uno que subía desde su vientre como una ola ardiente. Llevaba una bata de seda ligera, que se le pegaba a la piel por el leve sudor que perlaba su cuello. Neta, pensaba, estos personajes de Pasión telenovela son puro fuego, me tienen toda mojadita solo de verlos.

El aroma del café recién hecho flotaba desde la cocina, mezclado con el perfume floral de su loción corporal. Valeria, de treinta y dos años, con curvas que volvían loco a cualquier wey, se mordió el labio inferior mientras en la pantalla Camila gemía bajito, tocada por las manos expertas de Eduardo. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la sala, y Valeria sintió un cosquilleo entre las piernas, un pulso insistente que la hacía apretar los muslos. Hacía meses que no veía la telenovela completa, pero esta noche, sola en casa, se había enganchado como cuando era chava.

De pronto, la puerta principal se abrió con un clic metálico. Era Diego, su carnal, su amor de toda la vida, llegando del gym con el pelo revuelto y la camisa ajustada marcando sus pectorales. Olía a sudor fresco y a esa colonia masculina que la ponía loca. Órale, justo ahora, pensó ella, sintiendo cómo su corazón aceleraba.

¡Mira, amor! Los personajes de Pasión telenovela están que arden. ¿Te acuerdas de cuando la veíamos juntos?

Diego sonrió con esa picardía mexicana que la desarmaba, dejando su mochila en el piso y acercándose despacio. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Valeria bajo la bata entreabierta, notando el rubor en sus mejillas y el pezón endurecido que asomaba.

—¿Qué onda, mi reina? ¿Ya te pusieron caliente estos personajes de Pasión telenovela? —dijo él con voz ronca, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros. Su mano grande rozó accidentalmente el seno izquierdo de ella, enviando una descarga eléctrica directo a su centro.

Valeria giró la cara hacia él, oliendo su aliento mentolado. —Sí, pendejo, me tienes que ayudar con esto. Imagínate que soy Camila y tú Eduardo. Vamos a hacer nuestra propia escena, ¿va?

Acto primero: la chispa. Diego apagó el tele con un movimiento fluido y la jaló hacia él, sus labios capturando los de ella en un beso que sabía a promesas calientes. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las manos de él exploraban la seda resbaladiza de la bata. Valeria jadeó contra su boca, sintiendo la aspereza de su barba incipiente raspando su piel suave. El sofá crujió bajo su peso combinado, y el olor de su excitación mutua empezó a impregnar el aire: almizcle salado mezclado con el dulzor de su perfume.

Se separaron un segundo, respirando entrecortado. —Eres más chingona que cualquier personaje de telenovela —murmuró Diego, deslizando la bata por sus hombros. Los senos de Valeria quedaron expuestos, pezones rosados y erectos, temblando con el fresco del AC. Él los tomó con gentileza, masajeándolos hasta que ella arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de su garganta.

Valeria metió las manos bajo la camisa de él, sintiendo los músculos duros y calientes, el vello áspero en su pecho. Carajo, qué hombre, pensó, mientras desabrochaba su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. La tocó con dedos temblorosos, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero debajo, el calor que irradiaba como un horno.

Acto segundo: la escalada. Se levantaron como poseídos, caminando tropezando hacia la recámara. La alfombra mullida absorbía sus pasos, y el pasillo estaba iluminado solo por la luz tenue de una lámpara. Diego la empujó contra la pared, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que sabía a victoria. Valeria clavó las uñas en su espalda, arañando lo justo para dejar marcas rojas, oyendo su gruñido animal.

¡Sí, así, mi Eduardo! ¡Cógeme como en la telenovela!

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, él la tumbó boca arriba. Sus besos bajaron por su vientre, deteniéndose en el ombligo para succionar la piel sensible. Valeria retorcía las caderas, el olor de su propia humedad llenando sus fosas nasales, dulce y embriagador. Diego separó sus muslos con manos firmes pero tiernas, admirando su concha depilada, hinchada y brillante.

—Estás cañón, mi amor —susurró, antes de hundir la lengua en ella. Valeria gritó, el placer como un rayo: la punta áspera de su lengua trazando círculos en su clítoris, chupando con succiones que la hacían ver estrellas. Sentía cada lamida como fuego líquido, sus jugos cubriendo la cara de él, el sonido húmedo de su boca devorándola ecoando en la habitación. Sus dedos entraron, dos primero, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca, mientras ella tiraba de su pelo, jadeando ¡órale, no pares, cabrón!.

Pero no quería acabar sola. Lo empujó hacia arriba, montándolo como una amazona. Su verga la llenó de golpe, estirándola deliciosamente, el roce interno enviando ondas de éxtasis. Cabalgó despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulso, sus senos rebotando con cada embestida. Diego agarró sus nalgas, amasándolas, el slap de piel contra piel ritmando su danza. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose, salado en sus labios cuando se besaban.

La tensión crecía, sus respiraciones sincronizadas en gemidos roncos. Valeria sentía el orgasmo construyéndose, una espiral apretada en su bajo vientre. Los personajes de Pasión telenovela no tienen nada contra esto, pensó entre oleadas. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, penetrándola profundo desde atrás. Sus bolas chocaban contra su clítoris, el ángulo perfecto para frotar su próstata interna. Él gruñía palabras sucias: —¡Te voy a llenar, mi Camila! ¡Eres mía!

Acto tercero: la liberación. El clímax los golpeó como un tsunami. Valeria se convulsionó primero, su concha contrayéndose alrededor de la verga de él, chorros de placer mojando las sábanas. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a esa fricción exquisita, el olor almizclado de sexo puro invadiendo todo. Diego la siguió segundos después, embistiendo una última vez, su semen caliente inundándola en pulsos potentes. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y resbaladiza.

En el afterglow, yacían jadeando, el ventilador del techo girando perezosamente sobre ellos. Diego la besó en la frente, su mano trazando círculos perezosos en su espalda. —Neta, mejor que cualquier telenovela —dijo él, riendo bajito.

Valeria sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado y lánguido. Estos momentos son los que valen, no solo los personajes de Pasión telenovela, sino nosotros. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban, pero adentro, solo había paz y un amor que ardía eterno.

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