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Abismo de Pasion Logo

Entré al Abismo de Pasión, ese antro en Polanco que todos nombran por su logo ardiente: un corazón negro cayendo al vacío, como si te jalara directo al infierno del deseo. La música reggaetón retumbaba en mis huesos, el aire cargado de sudor dulce y perfume caro. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa lista para devorar. Neta, esa noche quería algo que me quemara por dentro.

Me acomodé en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal. El bartender, un vato bien puesto, me guiñó el ojo. Órale, carnal, esta noche la armamos, pensé mientras lamía la sal, el sabor salado explotando en mi lengua como un beso prohibido. Ahí lo vi: alto, moreno, con una camisa blanca que marcaba sus hombros anchos. En su pecho, asomando por el primer botón desabrochado, el abismo de pasion logo tatuado, idéntico al del antro. Un corazón negro hundiéndose, con llamas alrededor. Mi pulso se aceleró. ¿Coincidencia? O tal vez el destino me estaba mandando una señal cañona.

Se acercó, su colonia invadiendo mi espacio, un aroma amaderado con toques de vainilla que me erizó la piel. “Qué onda, morra. ¿Vienes seguido por acá?” Su voz grave, con ese acento chilango puro, me vibró en el estómago. Le sonreí, juguetona. “Neta que no, pero este logo me llamó. ¿El tuyo también?” Tocó su pecho, rozando el tatuaje. “Es mi amuleto. Dicen que te mete al abismo de una vez.” Reí, pero por dentro ya sentía el tirón, ese calor húmedo entre mis piernas que no miente.

Platicamos un rato, shots de tequila bajando como fuego líquido. Me contó que se llamaba Alex, DJ en antros de la Roma, y que el abismo de pasion logo lo había marcado después de una noche loca años atrás. Yo, Ana, diseñadora gráfica de día, fiestera de noche. La tensión crecía con cada mirada, sus ojos cafés clavados en mis labios, mi mano rozando la suya “por accidente”. El reggaetón nos envolvió cuando bailamos; su cuerpo pegado al mío, duro y cálido. Sentí su verga semierecta contra mi cadera, y carajo, qué chido se sentía esa promesa.

En la pista, el sudor nos unía. Su aliento en mi cuello olía a tequila y menta, sus manos en mi cintura apretando justo lo necesario para que mi clítoris palpitara. “Estás cañona, Ana”, murmuró, mordisqueando mi oreja. Gemí bajito, el sonido perdido en la música. Mis tetas rozaban su pecho, pezones duros como piedras bajo el vestido. Quería más, pero no aquí. “Vámonos de este abismo un rato”, le dije, y él asintió, ojos encendidos.

Salimos al valet, su auto un BMW negro reluciente. En el camino a su depa en Condesa, su mano en mi muslo subía lento, dedos trazando círculos que me mojaban más.

No pares, pendejo, hazme arder
, pensé, mordiéndome el labio. Llegamos, el portero nos vio con una sonrisa pícara. Adentro, su penthouse olía a sándalo y cuero nuevo. Me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus labios carnosos devoraban los míos, lengua explorando, sabor a tequila y deseo puro. Gemí en su boca, mis uñas clavándose en su espalda.

Me cargó a la recámara, luces tenues bailando en las paredes. Cayó sobre la cama king size, yo encima, desabrochando su camisa. Ahí estaba el abismo de pasion logo, vivo bajo mis dedos. Lo tracé con la lengua, saboreando su piel salada, el tatuaje latiendo con su corazón acelerado. “Chúpamelo todo”, gruñó, y bajé, desabrochando su belt. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí como miel. El sabor almendrado me volvió loca; la chupé hondo, garganta relajada, sus gemidos roncos llenando el cuarto. “¡Qué rica boca, morra!” Sus caderas se movían, follando mi cara suave, consensual, perfecto.

Me volteó, arrancándome el vestido. Mis tetas grandes rebotaron libres, pezones oscuros pidiendo atención. Los mamó con furia, succionando hasta que grité de placer, el dolor dulce electrificando mi piel. Sus dedos bajaron, metiéndose en mi coño empapado. “Estás chorreando, Ana”, dijo, y metí dos, curvándolos en mi G, frotando mi clítoris con el pulgar. El squelch húmedo de mis jugos era música obscena, mi olor almizclado llenando el aire. ¡Más, cabrón, hazme venir! Orgasmeé duro, piernas temblando, chorro caliente salpicando su mano.

Pero no paró. Me puso a cuatro, su lengua en mi culo, lamiendo mi ano rosado mientras dedos follaban mi coño. El placer anal me abrió, resbaladizo de saliva. “¿Quieres mi verga aquí?” Asentí, ansiosa. Escupió en su mano, lubricó su pija enorme y entró lento en mi culo. El estirón ardiente me hizo jadear, pero el dolor se volvió éxtasis puro. “Fóllame fuerte”, supliqué, y lo hizo, cacheteándome el culo rojo, pellizcando mis tetas colgantes. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, me llevó al borde otra vez.

Cambié de posición, cabalgándolo en el abismo de pasion logo de sus ojos. Mi coño lo tragó entero, paredes apretándolo como guante. Reboté, tetas saltando, sudor goteando entre nosotros. Él mamaba mis pezones, mordiendo suave, manos en mi culo guiándome. “Vente conmigo, Alex”, gemí, y explotamos juntos. Su leche caliente llenó mi coño, pulsos interminables, mi orgasmo ordeñándolo todo. Grité, el mundo blanco, cuerpo convulsionando.

Caímos exhaustos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en mi frente. El abismo de pasion logo en su pecho subía y bajaba, ahora calmado. “Neta que fue lo máximo”, susurró. Reí bajito, trazando el tatuaje. Esto no es el fin, es solo el principio del abismo, pensé, mientras el sueño nos envolvía en afterglow tibio, cuerpos enredados, satisfechos hasta el alma.

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