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Pasión de Gavilanes Capítulo 57 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 57 Fuego en la Sangre

Ana se recostó en el amplio sofá de su departamento en Polanco, con el control remoto en la mano y una copa de vino tinto en la otra. La noche caía suave sobre la ciudad, y las luces de los autos parpadeaban como estrellas lejanas a través de las cortinas entreabiertas. El aire olía a jazmín del ambientador que acababa a comprar en el mercado, mezclado con el leve aroma de su perfume, dulce y provocador. Encendió la tele, y ahí estaba, su guilty pleasure: Pasión de Gavilanes. Exacto, el capítulo 57, ese que siempre la ponía como moto.

En la pantalla, la tensión entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo explotaba. Sarita y Franco, con los ojos ardiendo de rabia y deseo, se miraban como si el mundo se acabara. ¡Neta, qué chido! pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a sus muslos. El sonido de la música dramática llenaba la habitación, con violines que subían y bajaban como pulsos acelerados. Ella se mordió el labio, imaginando esas manos rudes de Franco sobre su propia piel. Su blusa de satén se pegaba un poco a su pecho por el calor que empezaba a subirle.

De repente, la puerta se abrió con un clic suave. Luis entró, con su camisa blanca desabotonada en el cuello, el cabello revuelto del viento de la calle y esa sonrisa pícara que la desarmaba. ¿Qué hace aquí tan temprano? se preguntó Ana, pero su cuerpo ya respondía antes que su mente. Él olió a colonia fresca, a tabaco rubio y a esa masculinidad que la volvía loca.

Órale, mi amor, ¿viendo tu novelita otra vez? —dijo Luis, dejando las llaves en la mesa con un tintineo metálico. Sus ojos se clavaron en la pantalla, donde justo Sarita jadeaba bajo el beso feroz de Franco.

—Sí, Pasión de Gavilanes capítulo 57. Este es el bueno, wey. Mira cómo se comen... —Ana se incorporó un poco, su voz ronca, invitándolo con la mirada.

Luis se acercó, sentándose a su lado. Su muslo rozó el de ella, un contacto eléctrico que hizo que Ana sintiera el calor subirle por las piernas. Él tomó la copa de sus manos y dio un sorbo, sus labios húmedos brillando bajo la luz azulada del televisor.

—Pues si tanto te prende, hagamos lo mismo —murmuró, su aliento cálido contra su oreja.

El corazón de Ana latió fuerte, como tambores en una fiesta ranchera.

¡Ay, Dios, este pendejo sabe cómo hacerme suya!
pensó, mientras él deslizaba una mano por su nuca, enredando los dedos en su cabello largo y negro. Sus labios se encontraron en un beso lento al principio, saboreando el vino en la lengua del otro, el gusto ácido y dulce mezclándose con el salado de la piel. La lengua de Luis exploraba su boca con maestría, como si fuera el dueño de cada rincón.

La tele seguía sonando de fondo, los gemidos ficticios avivando el fuego real. Ana sintió sus pezones endurecerse contra la tela fina, un roce delicioso con cada respiración. Las manos de Luis bajaron por su espalda, apretando sus caderas con fuerza posesiva pero tierna. Ella gimió bajito, arqueando el cuerpo hacia él.

—Te quiero tanto, nena —susurró él, besándole el cuello, lamiendo la sal de su piel sudada. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco.

Ana lo empujó suave hacia atrás, montándose a horcajadas sobre sus piernas. Sus jeans rozaban contra los de él, sintiendo la dureza creciente debajo. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras desabotonaba su camisa, revelando el pecho moreno y musculoso, con vello oscuro que invitaba a tocar. Sus uñas arañaron suave, dejando marcas rojas que lo hicieron gruñir.

El beso se volvió urgente, dientes chocando, lenguas batallando como en una pelea de amantes. Luis metió las manos bajo su blusa, acariciando sus senos llenos, pellizcando los pezones con delicadeza. Ana jadeó, el placer bajando en oleadas a su centro, donde ya sentía la humedad empapando sus panties de encaje.

Se levantaron torpes, besándose mientras caminaban al cuarto. La alfombra mullida bajo sus pies descalzos amortiguaba los pasos, y el aire se llenó del sonido de ropas cayendo: la blusa de ella al suelo con un susurro sedoso, los jeans de él rasgando el zipper. Desnudos al fin, cayeron en la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio contrastando con sus cuerpos calientes.

Aquí empezó el verdadero juego. Luis la tumbó boca arriba, besando cada centímetro de su piel: el hueco de la clavícula, el valle entre sus senos, el ombligo tembloroso. Ana se retorcía, las sábanas enredándose en sus piernas.

No pares, papi, me estás matando de gusto
, rogaba en su mente, mientras sus manos guiaban la cabeza de él más abajo.

Él obedeció, separando sus muslos con ternura. El olor de su arousal lo golpeó, dulce y salado, como miel caliente. Su lengua trazó líneas lentas por sus labios mayores, saboreando la humedad que goteaba. Ana gritó bajito, las caderas elevándose, el placer como chispas en cada nervio. Lamía despacio, círculos en el clítoris hinchado, chupando suave hasta que ella temblaba entera.

¡Ay, Luis, qué rico! No pares, cabrón... —gimió ella, las uñas clavadas en su cuero cabelludo.

Pero él quería más. Se incorporó, su verga dura y venosa rozando su entrada. Ana lo miró a los ojos, esos ojos cafés profundos llenos de amor y lujuria. —Ven, mi amor, hazme tuya —susurró, abriendo más las piernas.

Entró lento, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso llenándola por completo. Ambos jadearon, el sonido de piel contra piel empezando rítmico. Él empujaba profundo, tocando ese punto que la volvía loca, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor a sexo impregnando el aire.

El ritmo subió, la cama crujiendo bajo ellos como un barco en tormenta. Ana sentía cada vena de él pulsando dentro, el roce en sus paredes sensibles. Sus senos rebotaban con cada embestida, y Luis los chupaba, mordiendo suave. Es perfecto, neta, como en mis sueños más calientes, pensaba ella, mientras el orgasmo se acercaba como una ola gigante.

Más fuerte, Luis, ¡chingame más! —exigió, y él obedeció, follando con pasión animal pero controlada, sus bolas golpeando contra su culo.

El clímax la golpeó primero, un estallido de luz detrás de sus ojos cerrados, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando las sábanas. Luis la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.

Cayeron exhaustos, jadeantes, cuerpos enredados en un nudo sudoroso. El televisor aún murmuraba de fondo, pero Pasión de Gavilanes capítulo 57 ya había terminado, dejando solo el eco de su propia pasión. Luis la besó suave en la frente, su mano acariciando su cabello húmedo.

Eres mi Sarita, mi todo —dijo él, voz ronca de satisfacción.

Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo plácidamente adolorido.

Esto es mejor que cualquier novela, wey. Nuestra propia pasión de gavilanes
. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en esa cama, el mundo era solo ellos, en afterglow perfecto, saboreando el sabor salado en sus labios, el olor a sexo y amor pegado a la piel. Mañana sería otro día, pero esta noche, el fuego ardía eterno.

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