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Cancion del Diario de una Pasion

6932 palabras

Cancion del Diario de una Pasion

Estaba en mi librería favorita en el corazón de la Roma, oliendo ese aroma a papel viejo y café recién molido que siempre me ponía de buenas. Yo, Ana, con mis veintiocho pirulos bien llevados, hojeaba un libro de poesía erótica cuando vi un cuaderno gastado en la mesa del fondo. ¿Quién lo habrá dejado? pensé, mientras lo abría con curiosidad. Las páginas amarillentas estaban llenas de garabatos, pero una saltó a la vista: Cancion de diario de una pasion, escrito con letra masculina, fuerte y apasionada.

Mi piel arde como tequila en la garganta
Tus labios, fuego que quema mi alma
En este diario guardo tu gemido
Pasión que late, noche sin final.

Leí esas líneas y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera espesado. El corazón me latió fuerte, imaginando al tipo que las escribió. Neta, qué chingón, murmuré para mí. Ese día, el sol se colaba por las ventanas altas, pintando todo de dorado, y el bullicio de la calle –cláxones, risas, vendedores de elotes– se mezclaba con mi pulso acelerado.

Al rato, entró él. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos. Se acercó directo a la mesa. “Órale, güey, ¿ese es mi diario?” dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel. Se llamaba Javier, treinta años, músico de oficio, tocaba guitarra en bares de Condesa. Nos pusimos a platicar de la cancion de diario de una pasion, como si fuera lo más natural del mundo. “La escribí pensando en una noche que no olvido”, confesó, y su mirada se clavó en mis labios, haciendo que mi boca se secara de pura anticipación.

Salimos a caminar por las calles empedradas, el viento cálido trayendo olor a jazmín de los balcones. Hablamos de todo: de cómo la música nos ponía cachondos, de amores pasados que dolían pero enseñaban. “Me traes loca con esa canción tuya”, le solté sin filtro, y él rio, rozando mi mano accidentalmente –o no tan accidental–. Ese toque fue eléctrico, como chispas en la piel, y supe que la tensión apenas empezaba.

En su depa en Polanco, todo era lujo sutil: muebles de madera oscura, velas aromáticas a vainilla y una guitarra apoyada en la pared. Me sirvió un mezcal ahumado, el cristal frío contra mis dedos calientes. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo, el olor de su colonia mezclada con sudor fresco, masculino. “Lee la canción otra vez”, pidió, y lo hice en voz alta, mi voz temblando mientras sus dedos trazaban círculos suaves en mi brazo desnudo. Cada palabra avivaba el fuego: mi piel arde, y neta, ardía.

¿Y si me lanzo? ¿Y si no? pensé, mientras él se inclinaba, su aliento cálido en mi cuello. Recordé mi último desmadre, un pendejo que me dejó hecha mierda, pero Javier era diferente: honesto, con ojos que prometían devorarme sin romperme. “Quiero besarte”, murmuró, y yo asentí, el deseo ganando la batalla interna. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, explorando como lenguas de fuego lento. Sabía a mezcal y a algo salvaje, su lengua danzando con la mía, chupando, mordiendo suave. Gemí bajito, y él respondió apretándome contra su pecho duro, sus manos bajando por mi espalda, amasando mis nalgas con urgencia contenida.

La habitación giraba con sonidos: mi respiración agitada, su gruñido ronco, el roce de ropa al quitarse. Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta –el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos–. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco. “Eres una diosa, Ana”, dijo, lamiendo mis pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Yo arqueé la espalda, clavando uñas en su cabello negro, tirando suave para guiarlo más abajo. Su boca en mi vientre, en mis muslos, abriéndolos con ternura feroz.

El primer toque de su lengua en mi clítoris fue un rayo: húmedo, caliente, girando en círculos perfectos. ¡Ay, cabrón! grité en mi mente, mientras mis caderas se movían solas, buscando más. Lamía como si probara el néctar más dulce, chupando mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro para saborear mi jugo. El placer subía en olas, mis muslos temblando, el sudor perlando mi piel. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su boca no paraba. “Vente para mí, mi reina”, ordenó con voz áspera, y obedecí, explotando en un orgasmo que me dejó jadeante, el cuerpo convulsionando, el mundo reduciéndose a su lengua y mis gemidos ecoando en la habitación.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave la curva de mi culo. Sentí su verga dura presionando contra mí, gruesa, caliente, latiendo. “¿Quieres?” preguntó, siempre atento, y yo supliqué: “Sí, métemela ya, wey”. Se puso condón –siempre responsable, qué chido–, y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, el dolor placer mezclándose, su tamaño llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse, cada embestida rozando mi G perfecto.

El ritmo subió: cachetadas de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, sudor goteando de su pecho al mío. Olía a sexo puro, a pasión desatada. “Eres tan chingona, tan apretada”, gruñía él, agarrando mis caderas para follarme más duro. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo desde abajo, mis tetas rebotando, pezones rozando las sábanas frescas. El clímax se acercaba otra vez, tensión enredándose en mi vientre, mis paredes apretándolo como vicio. “Métemela más profundo”, pedí, y él obedeció, un animal controlado, hasta que explotamos juntos: yo gritando su nombre, él rugiendo el mío, su leche caliente llenando el condón mientras mi coño palpitaba en éxtasis eterno.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y sonriente. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando calmándose. “Esa cancion de diario de una pasion era para alguien como tú”, susurró, besando mi frente. Reí bajito, trazando círculos en su abdomen marcado.

Al día siguiente, en mi propio diario, escribí:

Hoy encontré mi canción
En los brazos de un músico loco
Pasión que no se apaga
Diario lleno de su fuego eterno.

Salí de su depa con las piernas flojas, pero el alma ligera. La ciudad bullía afuera –tacos al pastor chisporroteando, mariachis lejano–, pero yo llevaba mi propia melodía interna, un eco de gemidos y susurros. Javier y yo sabíamos que esto era solo el principio; la pasión no se escribe en una página, se vive en la piel, se canta en la noche.

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