Pasión de Cristo Reparto
El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles impecables del Reparto Pasión de Cristo, ese rincón chido de casas modernas con jardines bien podados y piscinas que brillaban como espejos. Tú, Ana, caminabas por la banqueta con el corazón latiéndote como tambor de procesión, sintiendo el roce suave de tu vestido floreado contra tus muslos. Era Viernes Santo, y el barrio entero se preparaba para la Pasión de Cristo, con altares en cada esquina y el olor a incienso flotando en el aire caliente, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias en flor. Pero tu mente no estaba en las oraciones ni en los pasos dramáticos de los actores amateurs; no, tu cabeza daba vueltas alrededor de él, de Marco, el vecino del 24 que te ponía la piel chinita cada vez que lo veías regando su jardín sin camiseta, con esos músculos bronceados reluciendo bajo el sol mexicano.
¿Por qué carajos me pasa esto justo hoy? —pensaste, mordiéndote el labio—. En el Reparto Pasión de Cristo todo es tan tranquilo, tan familiar, y yo aquí, mojadita solo de imaginarlo.
Desde que te mudaste hace seis meses, Marco había sido un imán. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba wey, vente, y ojos que te desnudaban sin piedad. Tú eras maestra en la secundaria del centro, soltera por elección después de un ex pendejo que no valía la pena, y ahora, a tus 32, sentías el fuego acumulado. Lo habías pillado mirándote el culo un par de veces cuando salías a sacar la basura, y tú le devolvías la mirada con un guiño que decía órale, ¿cuándo?. Hoy, con el barrio en modo devoto, la tensión era insoportable. Habías oído las campanas de la iglesia lejana, ese toque grave que vibraba en tu pecho, pero tu pulso iba más rápido, imaginando sus manos grandes explorando tu cuerpo.
Al doblar la esquina, ahí estaba él, apoyado en la reja de su casa, con una cerveza fría en la mano y el torso desnudo perlado de sudor. El olor a tierra húmeda y a su colonia varonil te golpeó como una ola.
—¡Qué onda, Ana! ¿Vas a la procesión o qué? —dijo con voz ronca, sus ojos bajando por tu escote donde el vestido se pegaba por el calor.
—Neta, Marco, no sé si aguantar tanta santa devoción —respondiste coqueta, acercándote lo suficiente para sentir el calor de su piel—. ¿Y tú, wey, no te toca actuar de romanos o algo?
Rió, un sonido grave que te erizó los brazos. —Nah, yo soy más de pasiones terrenales. ¿Quieres una chela fría? Mi casa está sola, mi familia se fue a misa.
El pulso se te aceleró. Era la invitación que esperabas, envuelta en inocencia. Entraste, el aire acondicionado te besó la piel húmeda, y el clic de la puerta cerrándose sonó como el inicio de algo pecaminoso. La sala era amplia, con muebles de cuero y fotos familiares en las paredes, pero tú solo veías su espalda ancha mientras sacaba las cervezas del refri. El sabor helado de la Bohemia te bajó por la garganta, efervescente, mientras charlaban pendejadas sobre el barrio, la Pasión de Cristo del repartidor que todos comentaban —ese cuate flaco que hacía de Jesús cada año—, pero la electricidad entre ustedes crecía como tormenta de verano.
Acto de escalada. Sus rodillas se rozaron en el sofá, y sentiste el calor subir por tus piernas. Hablabas de todo y nada, pero tus miradas se enredaban. Qué chingón se ve de cerca, pensaste, oliendo su sudor limpio, ese aroma a hombre que te hacía apretar los muslos. Él dejó la cerveza y te tomó la mano, trazando círculos con el pulgar en tu palma.
—Ana, desde que llegaste al Reparto Pasión de Cristo, no dejo de pensar en ti —murmuró, su aliento cálido en tu oreja—. Neta, me tienes loco.
—Yo también, pendejo —susurraste, y lo besaste. Sus labios eran firmes, con gusto a cerveza y deseo puro. Las lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando el vestido con maestría. El tejido cayó al piso con un susurro suave, dejando tus tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
Te levantó en brazos como si no pesaras nada, y el roce de su pecho contra tus pechos desnudos te arrancó un gemido. Caminó al cuarto, la cama king size te recibió con sábanas frescas que olían a suavizante de limón. Te tendió boca arriba, besando tu cuello, lamiendo el sudor salado de tu clavícula. Bajó despacio, torturándote, hasta morder suave tus pezones, chupándolos con un slurp que resonó en la habitación silenciosa. Tus manos se enredaron en su pelo negro, jalándolo más cerca.
¡Qué rico, cabrón! No pares, hazme tuya ya.
Marco era un maestro. Sus dedos bajaron por tu panza suave, rozando el ombligo, hasta meterse en tus calzones empapados. El tacto áspero de sus yemas en tu clítoris hinchado te hizo arquear la espalda, un jadeo escapando de tu boca. —Estás chingón de mojada, mami —gruñó, oliendo tu excitación almizclada que llenaba el aire—. Quiero comerte entera.
Te quitó todo, abriéndote las piernas con gentileza. Su lengua caliente lamió tu raja de abajo arriba, saboreando tus jugos dulces y salados. El sonido húmedo de su boca chupando tu concha era obsceno, perfecto, mientras sus dedos se hundían en ti, curvándose para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. Gemías sin control, ¡ay, wey, sí, así!, las caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. El orgasmo te pegó como rayo, oleadas de placer convulsionando tu cuerpo, el olor a sexo impregnando todo.
Pero no paró. Se quitó el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante, con gotas de precum brillando en la punta. La tomaste en mano, sintiendo el calor y la dureza aterciopelada, masturbándolo lento mientras él jadeaba. —Chúpamela, Ana, rogó. Te arrodillaste, el piso fresco bajo tus rodillas, y la metiste en la boca, saboreando el gusto salado-musgoso. La chupaste profunda, garganta relajada, saliva goteando por la barbilla, sus manos guiando tu cabeza con respeto.
Te levantó de nuevo, colocándote a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba vuestros cuerpos sudados, perfectos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. —¡Qué prieta, carajo! —gimió, llenándote hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, el plaf plaf de piel contra piel sincronizándose con tus ahogos. Agarró tus caderas, acelerando, cada embestida rozando tu G, el sudor chorreando por su pecho al tuyo cuando te volteó para mirarte a los ojos.
Te montaste encima, cabalgándolo como reina, tus tetas rebotando, uñas clavándose en su pecho. El ritmo era frenético, el cuarto lleno de gemidos, olor a sexo crudo, el crujir de la cama. —¡Me vengo, Marco! —gritaste, y él te siguió, corriéndose dentro con un rugido, chorros calientes inundándote mientras tú temblabas en éxtasis.
El afterglow fue puro paraíso. Yacían enredados, pieles pegajosas, respiraciones calmándose. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y lejanas voces de la procesión del Reparto Pasión de Cristo flotaban como eco.
—Esto fue la neta mejor Pasión de Cristo de mi vida —dijo él, besándote la frente.
—Y ni hemos terminado, amor —respondiste, trazando su verga que ya se endurecía de nuevo—. En este reparto, la pasión no acaba en Viernes Santo.
Se quedaron así, planeando más encuentros, el deseo sellado en promesas susurradas. El barrio dormía devoto, pero ustedes habían encontrado su propio ritual, consensual y ardiente, en las sombras del paraíso residencial.