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Actrices de Pasión de Gavilanes Desatadas

6901 palabras

Actrices de Pasión de Gavilanes Desatadas

Alejandro entró al bar de moda en Polanco, con el aire cargado de jazz suave y el aroma a tequila reposado flotando como una promesa. La noche era joven, y él, con su camisa ajustada marcando el pecho trabajado en el gym, buscaba algo que acelerara su pulso. De repente, las vio: dos morenas despampanantes sentadas en la barra, riendo con esa complicidad que solo tienen las amigas de toda la vida. Sofia, con ojos verdes como jade y curvas que gritaban pecado bajo un vestido rojo ceñido; Lucia, de labios carnosos y cabello negro azabache cayendo en ondas, luciendo un top negro que dejaba ver el ombligo tatuado.

Órale, qué mamacitas, pensó Alejandro, sintiendo un cosquilleo en la entrepierna. Se acercó con paso seguro, pidiendo un caballito de Herradura para cada una.

—Salud, reinas. ¿Qué las trae tan alegres esta noche?

Sofia giró la cabeza, sus ojos devorándolo de arriba abajo. —Hablábamos de las actrices de Pasión de Gavilanes, carnal. Esas chavas nos prenden el ánimo. Danna y las demás, ¡puras diosas de fuego! Nosotras somos actrices chiquillas, pero soñamos con tener esa pasión desbordada.

Lucia soltó una carcajada ronca, sexy. —Sí, güey, nos la pasamos viendo repeticiones. Esas escenas de besos y venganzas nos dejan mojaditas. ¿Tú las has visto?

Alejandro sonrió, el corazón latiéndole fuerte. El olor de sus perfumes mezclados —jazmín y vainilla— lo mareaba. —Claro que sí. Me encanta cómo esas actrices de Pasión de Gavilanes manejan el deseo. Como si lo vivieran en carne propia.

La charla fluyó como el tequila: risas, roces casuales de manos, miradas que prometían más. Sofia le tocó el brazo, su piel cálida enviando chispas.

¡Pinche suerte la mía! Estas dos están cañonas y coquetas
, se dijo Alejandro, imaginando ya sus cuerpos entrelazados.

Media hora después, Lucia propuso: —Vámonos a mi suite en el hotel de enfrente. Tengo champagne y ganas de... actuar un poquito.

Alejandro no lo pensó dos veces. El aire fresco de la noche les rozaba la piel mientras cruzaban la calle, risas ahogadas y manos que se buscaban.

En la suite, lujosa con vistas a la Reforma iluminada, el ambiente cambió. Luces tenues, música de fondo con un corrido romántico suave. Sofia descorchó el Dom Pérignon, el pop del corcho como un beso explosivo. Brindaron, y el primer sorbo fue dulce, efervescente en la lengua.

Lucia se acercó a Alejandro, su aliento cálido en su cuello. —Muéstranos qué tan fan eres de esas actrices de Pasión de Gavilanes. ¿Sabes besar como ellas?

Él la tomó por la cintura, sintiendo la firmeza de sus caderas bajo la tela fina. Sus labios se encontraron: suaves al principio, luego hambrientos. La lengua de ella danzaba con la suya, sabor a champagne y deseo puro. Sofia observaba, mordiéndose el labio, sus pezones endureciéndose bajo el vestido.

Esto va a estar chingón, pensó Alejandro, mientras sus manos subían por la espalda de Lucia, desabrochando el top con maestría. El top cayó, revelando senos perfectos, morenos y turgentes. Él los besó, lamiendo un pezón rosado, sintiendo su gemido vibrar en su boca como un ronroneo.

Sofia no se quedó atrás. Se pegó por detrás, sus manos explorando el pecho de Alejandro, bajando hasta el bulto en sus pantalones. —Qué verga tan dura, papi. Nos vas a volver locas como esas actrices.

La tensión crecía como una tormenta. Se quitaron la ropa entre besos y risas nerviosas. Alejandro admiraba sus cuerpos desnudos: Sofia con un culito redondo que pedía ser apretado, Lucia con piernas largas y una panocha depilada brillando de humedad. El olor a excitación llenaba la habitación, almizclado y adictivo.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel ardiente. Alejandro en el centro, ellas a los lados. Sofia lo montó primero, frotando su concha mojada contra su polla erecta, lubricándola con sus jugos.

¡No mames, qué rica está! Su calor me quema
.

—Métetela despacito, amor —susurró Sofia, guiándolo con la mano. Él entró en ella centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes apretándolo como un guante de terciopelo. Ella jadeó, arqueando la espalda, uñas clavándose en su pecho. El ritmo empezó lento: embestidas profundas, el slap de piel contra piel, sus pechos rebotando hipnóticos.

Lucia besaba a Sofia, lenguas enredadas, mientras sus dedos jugaban con el clítoris de su amiga. —Sí, cabrón, cómetela como en las novelas. Hazla gritar.

Alejandro aceleró, el sudor perlando sus cuerpos, el sabor salado en su lengua al lamer el cuello de Sofia. Ella cabalgaba más fuerte, gemidos convirtiéndose en gritos: —¡Ay, sí! ¡Más duro, pinche semental!

Cambiaron posiciones. Lucia se puso a cuatro patas, el culazo en alto invitándolo. Alejandro la penetró desde atrás, manos en sus caderas, embistiéndola con fuerza. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, respiraciones entrecortadas. Sofia se acostó debajo, lamiendo la unión donde su verga entraba y salía, saboreando los jugos mezclados.

Estas chavas son puro fuego, como las actrices de Pasión de Gavilanes en sus mejores escenas, pensó él, el placer acumulándose en su espina dorsal como lava.

La intensidad subió. Sofia se sentó en la cara de Alejandro, su panocha chorreante sobre su boca. Él la devoró: lengua en el clítoris hinchado, sorbiendo néctar dulce y salado. Ella se retorcía, ¡Qué rico, no pares!, mientras Lucia lo montaba al revés, rebotando con furia, su ano guiñando ante sus ojos.

Los orgasmos llegaron en cadena. Primero Sofia, convulsionando sobre su lengua, chorros calientes inundando su boca. —¡Me vengo, cabrón! ¡Sííí!

Lucia la siguió, su concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Alejandro no aguantó más: con un rugido gutural, se vació dentro de ella, chorros calientes pulsando, el mundo explotando en blanco.

Jadeantes, colapsaron en un enredo de miembros sudorosos. El aire olía a sexo crudo, a piel satisfecha. Sofia besó a Lucia, luego a él. —Eres un dios, güey. Mejor que cualquier actor de esas telenovelas.

Alejandro sonrió, acariciando sus espaldas.

Pinche noche épica. Estas actrices de pasión de Gavilanes tienen competencia
.

Se quedaron así, charlando bajito sobre sueños y deseos, champagne tibio en vasos. La ciudad brillaba afuera, pero adentro, el calor persistía. Lucia trazó círculos en su pecho: —Vuelve pronto, amor. Tenemos más escenas por ensayar.

Al amanecer, se despidieron con besos perezosos, promesas de repetición. Alejandro salió al sol mexicano, el cuerpo adolorido pero el alma plena, sabiendo que había vivido una pasión digna de las grandes estrellas.

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