Fruta de la Pasion Como Se Come
El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre el malecón, tiñendo el aire de sal y mariscos asados. Ana caminaba entre la multitud de la fiesta patronal, con el vestido ligero pegándose a su piel por el bochorno. Llevaba meses soltera, y esa noche sentía un cosquilleo en el estómago que no era solo por las micheladas. De repente, lo vio: Diego, alto, moreno, con una sonrisa que parecía tallada por el Pacífico. Vendía artesanías en un puesto, pero sus ojos la atraparon como una ola.
Órale, qué chulo, pensó ella, deteniéndose frente a él. Él levantó la vista, y su mirada se encendió.
—¿Qué se te ofrece, preciosa? —dijo con voz grave, como ron miel.
Ana se rio, nerviosa. —Nada en especial, nomás pasaba. Pero tus collares se ven chidos.
Hablaron un rato de tonterías: el calor agobiante, la banda tocando cumbia rebelde, el olor a elotes cocidos. Pero entre líneas, la química chispeaba. Diego la invitó a caminar hasta el mercado cercano, donde los puestos rebosaban de frutas tropicales. El aroma dulce y ácido lo invadía todo.
—Mira esto —dijo él, señalando unas granadas moradas—. Fruta de la pasión. ¿Sabes cómo se come?
Ana negó con la cabeza, intrigada. Su pulso se aceleró sin razón. —No, cuéntame.
—Es un secreto —guiñó un ojo—. Te enseño después, si me das chance.
Media hora más tarde, estaban en su casa de playa, un lugar sencillo pero acogedor con hamacas en el porche y vista al mar. Diego abrió un par de cervezas frías, y el sonido de las olas rompiendo se colaba por las ventanas abiertas. Ana sentía el corazón latiéndole en las sienes.
¿Y si me lanzo? Neta, hace tiempo que no siento esto. Su piel huele a coco y sal, me dan ganas de morderlo.
Él sacó las frutas de la pasión de una bolsa, cortándolas con un cuchillo afilado. El jugo chorreaba, viscoso y brillante bajo la luz ámbar de la lámpara. —Ven, siéntate aquí conmigo —la jaló suave por la mano, sentándola en sus piernas sobre el sofá de mimbre.
Sus muslos se rozaron, y Ana sintió el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Diego partió una fruta en dos, revelando el interior negro y semilloso, cubierto de una pulpa amarilla translúcida. El aroma era embriagador: dulce como miel, con un toque ácido que picaba en la nariz.
—Fruta de la pasión como se come —murmuró él, acercando un pedazo a sus labios—. No se pela como las demás. Se chupa despacio, se saborea cada gota.
Ana abrió la boca, y él deslizó la fruta. El sabor explotó en su lengua: jugoso, fresco, con las semillas crujiendo ligeramente. Pero era su dedo rozando su labio inferior lo que la erizaba. Lamio el jugo que goteaba por su barbilla, y sus ojos se clavaron en los de ella, oscuros y hambrientos.
—Así —susurró—, despacio, dejando que te llene la boca.
El aire se espesó con el sonido de sus respiraciones. Ana tomó la otra mitad y se la acercó a él, untando pulpa en su boca. Diego succionó, gimiendo bajito, y el vibrato le recorrió el cuerpo entero. Sus manos subieron por sus muslos, abriéndole las piernas un poco más. Ella jadeó, sintiendo su erección presionando contra ella.
No mames, qué rico se siente, pensó Ana, mientras sus dedos se enredaban en su cabello. Lo besó entonces, feroz, compartiendo el sabor ácido-dulce entre lenguas. El beso sabía a fruta y deseo, con el salitre del mar de fondo.
Las cosas escalaron rápido pero natural. Diego la recostó en el sofá, quitándole el vestido con manos temblorosas de anticipación. Su piel bronceada contrastaba con las sábanas blancas, y el viento traía el rumor de las palmeras. Él besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel.
—Estás cañona, Ana —gruñó, mordisqueando suave su ombligo—. Me traes loco desde que te vi.
Ella arqueó la espalda, clavando uñas en sus hombros anchos.
Esto es lo que necesitaba. Su boca es fuego, me quema por dentro.Tomó otra fruta, untando pulpa en sus pezones. Diego no dudó: los lamió despacio, chupando las semillas que se pegaban a su piel, haciendo que ella gimiera alto. El tacto era eléctrico: áspero de las semillitas, suave de su lengua.
—Más —suplicó ella, jalándolo arriba. Sus caderas se frotaron, y él se desvistió con prisa, revelando un cuerpo marcado por el sol y el trabajo. Su verga dura rozó su entrada húmeda, pero no entró aún. En cambio, bajó entre sus piernas, separándolas con ternura.
—Déjame comerte como se come esta fruta —dijo, y hundió la cara. Ana gritó de placer cuando su lengua la abrió, lamiendo lento, saboreando su humedad como si fuera la pulpa más dulce. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos ahogados contra su clítoris hinchado. Olía a sexo y pasión, mezclado con el jugo de la fruta que él untaba ahora en sus labios mayores.
Ella se retorcía, las olas del orgasmo construyéndose como una tormenta. Sus manos apretaban las sábanas, el corazón martilleando. ¡Chingado, sí! Así, carnal, no pares. Diego aceleró, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo donde dolía placer. El clímax la golpeó violento: un estallido de luces detrás de los párpados, el cuerpo convulsionando, jugos mezclados con pulpa chorreando por sus muslos.
Pero no pararon. Ana lo volteó, montándolo con urgencia. Su verga la llenó de un embiste, gruesa y pulsante. Cabalgó despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El sudor los unía, piel resbaladiza contra piel. Él amasaba sus nalgas, guiándola más rápido.
—¡Qué rico te sientes, nena! —jadeó, los ojos vidriosos.
El ritmo se volvió frenético: golpes de cadera, slap-slap de carne, gemidos mezclados con el crujir del sofá. Ana sintió el segundo orgasmo subir, apretándolo con sus paredes internas. Diego gruñó, tensándose, y eyaculó dentro de ella con un rugido gutural, caliente y abundante.
Cayeron exhaustos, enredados. El aire olía a semen, fruta y mar. Diego la besó la frente, suave ahora.
—Eso fue... chingón —murmuró ella, riendo bajito.
Él sonrió, trazando círculos en su espalda. —La fruta de la pasión sabe mejor compartida.
Se quedaron así hasta que el sol salió, pintando el cielo de rosa. Ana pensó en lo empoderada que se sentía, en cómo un encuentro casual había desatado tanto fuego.
No sé si será para siempre, pero esta noche fue perfecta. Mañana, quién sabe. Por ahora, solo disfruto el afterglow.
El mar seguía cantando su canción eterna, y ellos, saciados, se durmieron con el sabor de la pasión en la piel.