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Discurso Sobre Las Pasiones Del Amor Blaise Pascal Desatadas

7210 palabras

Discurso Sobre Las Pasiones Del Amor Blaise Pascal Desatadas

Ana se recostó en el sillón de mimbre de la terraza, con el sol de la tarde cayendo suave sobre su piel morena. El aire traía el olor salado del mar de Puerto Vallarta, mezclado con el jazmín que trepaba por las paredes de la casa rentada. En sus manos, un librito viejo: Discurso sobre las pasiones del amor de Blaise Pascal. Lo había encontrado en una librería chiquita del centro, entre polvo y reliquias. "Neta, este wey Pascal sabía de lo que hablaba", pensó, mientras pasaba las páginas. Hablaba de cómo el amor nos quema por dentro, de esas pasiones que nos hacen tontos y vivos al mismo tiempo.

Marco llegó con una cerveza fría en la mano, su camisa blanca abierta mostrando el pecho bronceado por días de playa. "¿Qué lees, mamacita?", preguntó con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel a Ana. Ella levantó la vista, sonriendo pícara. "Algo que te va a poner caliente, carnal. Discurso sobre las pasiones del amor de Blaise Pascal. Escucha esto: el amor es una locura que nos arrastra, nos hace sufrir y gozar como pendejos". Marco se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, cálido y firme. El contacto fue eléctrico, como siempre. Ana sintió un cosquilleo subirle por las piernas.

Empezó a leer en voz alta, su voz suave como el viento del Pacífico. "Las pasiones del amor nos ciegan, nos hacen ver al otro como un dios, pero también nos revelan nuestra propia fragilidad". Marco la miró fijo, sus ojos oscuros brillando. "Suena a lo nuestro, ¿no? Desde que te vi en esa fiesta en la Zona Rosa, supe que eras mi pasión desatada". Ana rio bajito, pero por dentro el corazón le latía fuerte. Recordaba esa noche: el tequila quemándole la garganta, sus cuerpos bailando pegados, el sudor mezclándose. Ahora, aquí, solos en esta casa con vista al mar, la tensión crecía como una ola.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Marco le quitó el libro de las manos con gentileza y lo abrió al azar. "Déjame a mí, güey". Leyó con voz grave: "El amor verdadero es fuego que consume, pero que ilumina el alma". Sus palabras vibraban en el aire cálido. Ana sintió su aliento cerca, oliendo a cerveza y a hombre. Se inclinó hacia él, sus labios rozando el lóbulo de su oreja. "¿Y si ponemos a prueba esas pasiones, eh?", susurró. Marco dejó el libro a un lado, sus manos grandes subiendo por los muslos de ella, bajo la falda ligera de algodón.

El toque fue lento, deliberado. Dedos ásperos por el trabajo en la construcción, pero tiernos ahora, explorando la piel suave. Ana jadeó suave, el sonido perdido en el rumor de las olas. "Qué chido se siente", pensó, mientras su cuerpo respondía, humedeciéndose. Pascal tenía razón: el amor era una fuerza imparable. Marco la besó, primero suave, saboreando sus labios carnosos con gusto a mango de la fruta que habían comido antes. Luego más hondo, lenguas enredándose, húmedas y urgentes. El olor de su excitación empezaba a flotar, almizclado y dulce.

Se levantaron como uno solo, tropezando un poco hacia la habitación. La cama king size con sábanas blancas crujía bajo su peso. Marco la tumbó con cuidado, quitándole la blusa despacio, revelando sus pechos llenos, los pezones endurecidos por el aire fresco de la brisa marina que entraba por la ventana abierta. "Eres preciosa, Ana, mi diosa pascalina", murmuró, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, sus uñas clavándose en sus hombros anchos.

"Esto es el discurso vivo, Blaise, tus palabras en mi piel"
, pensó ella, mientras sus manos bajaban a desabrocharle el pantalón.

La verga de Marco saltó libre, dura y palpitante, con venas marcadas y la cabeza rosada brillando de anticipación. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. "Qué rica está, wey", dijo juguetona, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos roncos. Él respondió bajándole las panties, exponiendo su panocha depilada, ya mojada y abierta como una flor al rocío. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado, frotándolo en círculos, haciendo que Ana se retorciera, el placer subiendo en oleadas. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el chapoteo húmedo de sus caricias.

Pero no querían prisa. Pascal hablaba de pasiones que se cuecen lento. Marco se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo su aroma íntimo, terroso y dulce. Su lengua la lamió desde el ano hasta el botón, saboreando los jugos que manaban. Ana gritó suave, "¡Sí, cabrón, así!", sus caderas moviéndose al ritmo. Él chupaba con hambre, metiendo dos dedos gruesos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, el cuerpo temblando, el mar rugiendo afuera como eco de su placer. Las pasiones del amor Blaise Pascal en mi carne, pensó en el pico, viendo estrellas.

Marco subió, besándola para que probara su propio sabor en su boca. "Ahora tú, mi amor". Ana lo empujó boca arriba, montándolo como una reina. La verga entró de una, llenándola por completo, estirándola delicioso. "¡Ay, qué grande, pendejo!", rio ella, empezando a cabalgar lento. Sus tetas rebotaban al ritmo, él las amasaba, pellizcando pezones. El sudor les corría por la piel, goteando, mezclándose. El slap-slap de carne contra carne era música obscena, el olor a sexo denso en el aire. Ana aceleró, sintiendo la fricción perfecta, su clítoris rozando el pubis de él.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas, el culo en pompa invitador. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando suave. "Te amo, Ana, esto es nuestra pasión desatada", gruñó, embistiéndola fuerte pero con cuidado, siempre atento a sus gemidos. Ella empujaba hacia atrás, queriendo más, el placer construyéndose de nuevo.

"Pascal, tus palabras nos han prendido fuego, wey"
. Sus internas luchas se disolvían: el miedo al compromiso, las dudas del día a día en la CDMX caótica, todo se quemaba en este acto. Solo quedaban cuerpos unidos, almas en llamas.

El clímax llegó como tormenta. Marco se tensó, "Me vengo, güera", y eyaculó dentro, chorros calientes llenándola, gimiendo su nombre. Ana lo siguió, su coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, un grito largo escapando de su garganta. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El sol ya se había ido, la luna iluminaba sus cuerpos entrelazados.

Después, en la quietud, Marco tomó el libro de nuevo. "Discurso sobre las pasiones del amor Blaise Pascal... nos describe perfecto". Ana sonrió, acurrucada en su pecho, oyendo el latido calmado de su corazón. "Sí, carnal. Pero lo nuestro es mejor que palabras. Es vida, es fuego que no se apaga". Se besaron lento, saboreando el afterglow, el mar susurrando promesas. En ese momento, supieron que sus pasiones eran eternas, como las olas que no paran nunca.

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