Si Yo Pudiera Te Entregaría Mi Pasión Y Mi Locura
El sol de la tarde caía a plomo sobre las playas de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Ana, acababa de llegar a la casa de la playa que rentamos cada verano con él, mi carnal, mi todo. No, no es mi hermano, wey, es mi amor de tantos años, ese pendejo guapo que me hace vibrar con solo una mirada. Javier me esperaba en la terraza, recargado en la barandilla, con su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno que tanto me gustaba lamer. El aire olía a sal y a coco de las palmeras, y el sonido de las gaviotas rompiendo el silencio me erizó la piel.
—Mamacita, ya llegaste —dijo con esa voz ronca que me ponía los nervios de punta, caminando hacia mí con pasos lentos, como si supiera que cada segundo aumentaba mi ansiedad.
Lo abracé fuerte, sintiendo su calor contra mi cuerpo. Su aroma, mezcla de loción de playa y sudor fresco, me invadió las fosas nasales. Mis manos bajaron por su espalda, clavando las uñas un poquito, solo para recordarle quién mandaba aquí.
Si yo pudiera te entregaría mi pasión y mi locura, pensé, recordando esa frase que una vez le escribí en una carta después de una noche de tequila y besos interminables. Era como mi mantra secreto, la promesa de todo lo que le daría si el tiempo no nos separara tanto por el pinche trabajo.
Nos besamos ahí mismo, en la entrada, con el viento del mar revolviéndonos el pelo. Sus labios sabían a sal y a menta de su chicle, y su lengua se enredó con la mía en un baile que me dejó sin aliento. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como piedra, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. Pero no, no íbamos a apresurarnos. Esta vez quería saborear cada instante.
Entramos a la casa, una chulada con muebles de madera oscura y ventanales que daban al océano. Le serví un ron con cola, helado, y nos sentamos en el sofá de mimbre. Hablamos de tonterías, de lo chido que estaba el viaje en avión, de los weyes del trabajo que nos tenían hasta la madre. Pero bajo la superficie, la tensión crecía. Sus ojos verdes me devoraban, bajando a mis tetas que asomaban por el escote de mi vestido floreado. Yo crucé las piernas, sintiendo la humedad en mis calzones, y le sonreí pícara.
—¿Qué traes en mente, traviesa? —preguntó, pasando un dedo por mi muslo desnudo. Su toque era eléctrico, como una chispa que subía directo a mi clítoris.
—Nada, mi rey. Solo quiero que me cuentes cómo me extrañaste —mentí, mordiéndome el labio.
La noche cayó suave, con el cielo pintado de naranjas y violetas. Cenamos mariscos frescos que compramos en el mercado, langostinos jugosos que chupamos con deleite, mirándonos con promesas mudas. El vino tinto nos soltó la lengua, y terminamos bailando salsa en la sala, pegados como imanes. Su cuerpo contra el mío, caderas moviéndose al ritmo, me hacía jadear bajito. Sentía su erección rozando mi pubis, y mis pezones se endurecían contra su pecho. Neta, quería arrancarle la ropa ahí mismo, pero resistí. Quería que la locura creciera poquito a poquito.
Subimos a la recámara principal, con su cama king size cubierta de sábanas blancas y mosquitero vaporoso. La luna entraba por las ventanas abiertas, iluminando su piel como si fuera de bronce. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, mordisqueando suave, me hicieron arquear la espalda. Olía a su colonia mezclado con mi perfume de jazmín, y el sonido de su respiración agitada era música para mis oídos.
—Eres tan rica, Ana. No sabes las noches que soñé con esto —murmuró, mientras sus manos masajeaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí.
Lo empujé a la cama y me subí encima, quitándole la camisa con dientes. Su pecho era firme, con vellos oscuros que lamí hasta llegar a sus abdominales. Bajé más, desabrochando su pantalón con urgencia contenida. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor y su pulso acelerado. La olí, ese olor almizclado de hombre excitado que me volvía loca. La chupé despacio, saboreando la gota salada de precum en la punta, mientras él gruñía y enredaba los dedos en mi pelo.
Si yo pudiera te entregaría mi pasión y mi locura, le susurré mentalmente, mientras lo mamaba más profundo, hasta la garganta. Él jadeaba, ¡órale, qué rico!, y sus caderas se movían instintivas.
Pero no lo dejé venir todavía. Me quité los calzones empapados y me senté en su cara, cabalgando su lengua experta. Él lamía mi panocha como si fuera el mejor postre, chupando mi clítoris hinchado, metiendo la lengua adentro para saborear mis jugos. Yo me retorcía, oliendo el mar y nuestro sudor mezclado, escuchando el chapoteo húmedo y mis propios gemidos roncos. ¡Sí, así, cabrón, no pares! Mis muslos temblaban, apretando su cabeza, hasta que el primer orgasmo me sacudió como una ola gigante, dejándome temblorosa y gritona.
Entonces, lo monté. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Era perfecta, estirándome delicioso, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Cabalgamos duro, piel contra piel chapoteando, sus manos en mis nalgas guiándome. Sudábamos a mares, el olor a sexo impregnaba el aire, y el colchón crujía bajo nosotros. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo rebotaba, sintiendo cada vena de su pija pulsando dentro.
—Te amo, Ana. Dame todo —gruñó, volteándome para ponerme a cuatro.
Me embistió desde atrás, profundo y salvaje, sus bolas golpeando mi clítoris. Agarraba mis caderas con fuerza, dejando marcas rojas que dolían rico. Yo metía la mano entre las piernas, frotándome mientras él me taladraba. La tensión subía, mis paredes se contraían alrededor de él, y gritamos juntos cuando explotamos. Su leche caliente me inundó, mezclándose con mis jugos, mientras yo me deshacía en un orgasmo que me dejó ciega por segundos.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Su corazón latía desbocado contra mi oreja, y lo besé suave, saboreando el sudor salado de su piel. El mar susurraba afuera, como aplaudiendo nuestro éxtasis. Me acurruqué en su pecho, trazando círculos en su piel con la uña.
—Si yo pudiera te entregaría mi pasión y mi locura —le dije al oído, en voz baja, como un secreto eterno.
Él sonrió, besándome la frente. —Ya lo hiciste, mi vida. Y yo te doy la mía entera.
Nos quedamos así, en la quietud de la noche, con el aroma de nuestro amor flotando en el aire. Mañana el sol saldría de nuevo, pero esta locura nuestra era para siempre. Neta, qué chingón era estar así, completa en sus brazos.