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El Precio de la Pasión Rolón (1)

6687 palabras

El Precio de la Pasión Rolón

Tú estás sentada en el balcón de tu depa en Polanco, con el sol de la tarde bañando tu piel morena mientras el tráfico de la Ciudad de México zumba allá abajo como un enjambre de abejas locas. El calor pega fuerte, ese bochorno que te hace sudar bajo la blusa ligera, y sientes cómo el sudor resbala entre tus pechos. Abres tu laptop, aburrida después de otra pelea con tu ex, ese pendejo que nunca entendió lo que querías de verdad. Tu compa Lupe te manda un mensaje: "Órale, neta que te va a prender esto: el precio de la pasion rolon pdf. Bájalo y avísame qué tal".

Descargas el archivo, el cursor parpadea como un guiño pícaro. Lo abres y las palabras te envuelven de inmediato. Es una historia erótica, escrita por un tal Rolón, con letras que queman la pantalla. Describes a una mujer como tú, sedienta de pasión, que paga el precio de entregarse por completo. Tus ojos recorren las líneas, el corazón te late más rápido, y sientes un cosquilleo en el vientre que baja hasta tus muslos. ¿Qué carajos? Piensas, mientras el aroma de tu propia excitación empieza a perfumar el aire caliente. La historia habla de toques que encienden fuegos, de lenguas que saborean piel salada, y tú aprietas las piernas, imaginando esas manos fuertes sobre ti.

El PDF te deja con las bragas empapadas, el clítoris palpitando como si pidiera atención ya. Cierras la laptop de un golpe, te levantas y decides salir. Neta, necesito un trago, te dices. Te pones un vestido rojo ceñido que marca tus curvas, ese que hace que los vatos volteen dos veces. Bajas al bar de la esquina, La Cantina del Diablo, donde el reggaetón retumba y el olor a tequila y limón fresco te golpea al entrar. Pides un margarita helado, el vaso suda en tus manos, y ahí lo ves: un morro alto, musculoso, con ojos negros que perforan, sentado en la barra. Se llama Rolón, te dice cuando te invita una chela, y su voz grave te vibra en el pecho como un bajo profundo.

¿Será él, el del PDF? No mames, qué coincidencia cañona. Su sonrisa es puro fuego, y huele a colonia cara mezclada con hombre de verdad.

Charlan, el hielo tintinea en los vasos, y él te cuenta que escribe historias para desahogarse. "Como esa de 'El Precio de la Pasión', la que subí en PDF por ahí", suelta casual, y tú casi escupes el trago. El deseo te sube por la espina, tus pezones se endurecen contra la tela. Él nota, su mirada baja a tu escote, y sientes el roce invisible de sus ojos como caricias. La tensión crece con cada risa, cada roce accidental de rodillas bajo la mesa. Tú quieres pagar ese precio, piensas, mientras el sudor perla tu cuello y el sabor salado de tus labios te invita a más.

Salen juntos, caminan por las calles iluminadas, el viento nocturno fresco contra tu piel ardiente. Él te toma la mano, sus dedos callosos rozan los tuyos, enviando chispas. Llegan a su depa en la Roma, un lugar chido con vistas al skyline y velas que enciende de inmediato. El aroma a vainilla y jazmín llena el aire, suave como su aliento en tu oreja cuando te besa por primera vez. "¿Quieres saber el precio de verdad?" Murmura, y tú asientes, el pulso tronando en tus oídos.

Acto dos, la escalada. Se sientan en el sofá de piel suave, que cruje bajo sus cuerpos. Sus manos suben por tus muslos, lentas, explorando la curva de tus rodillas, el interior tembloroso. Tú sientes cada poro de su piel contra la tuya, áspera y cálida, mientras desabrochas su camisa y hueles su pecho: sudor limpio, testosterona pura. Qué chingón, piensas, lamiendo el hueco de su clavícula, sabor salado que te hace gemir bajito. Él te besa el cuello, dientes rozando sin morder, y tus uñas se clavan en su espalda, dejando marcas rojas como promesas.

La lucha interna te revuelve: ¿Y si duele después? ¿Si la pasión cobra caro? Pero su lengua en tu boca, dulce con restos de tequila, barre las dudas. Te quita el vestido, el aire fresco besa tu piel desnuda, y él gime al verte en lencería negra. "Eres mi musa, carnala", dice con acento chilango puro, y tú ríes, empujándolo al piso. Tus caderas se mueven sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra tu concha húmeda a través de la tela. El roce es eléctrico, jadeos llenan la habitación, mezclados con el tráfico lejano y el tic-tac de un reloj que marca el tiempo robado.

Él te voltea, boca abajo sobre la alfombra mullida, y sus dedos encuentran tu entrada, resbalosos de tu jugo.

Santo cielo, qué rico se siente eso. No pares, wey, dame más.
Entra un dedo, luego dos, curvándose justo ahí, y tú arqueas la espalda, el placer subiendo en olas que te hacen temblar. El olor a sexo impregna todo, almizcle y deseo crudo. Lo jalas hacia ti, quitas su bóxer, y tomas su verga en la mano: gruesa, venosa, latiendo como tu corazón. La saboreas, lengua girando en la punta salada, y él gruñe, "¡No mames, qué chida boca!"

La intensidad sube, cuerpos enredados, sudor goteando. Él te penetra despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Sientes cada vena, cada pulso, el estiramiento delicioso que te hace gritar. Más fuerte, pides, y él obedece, embistiendo con ritmo de cadera experta, piel chocando con piel en palmadas húmedas. Tus tetas rebotan, sus manos amasan tu culo, y el clímax se acerca como tormenta: músculos tensos, respiración entrecortada, el mundo reduciéndose a esa unión ardiente.

Acto tres, la liberación. Tú llegas primero, el orgasmo explota en colores detrás de tus ojos cerrados, olas que contraen tu concha alrededor de él, exprimiéndolo. Gritas su nombre, "¡Rolón, chingado!", y él se corre segundos después, caliente dentro de ti, gemidos roncos vibrando contra tu espalda. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos, el aire pesado con el olor de semen y sudor. Él te besa la sien, suave ahora, mientras el pulso baja, el mundo regresa en sonidos suaves: su respiración, el viento en la ventana.

Después, en la cama con sábanas frescas, fuman un cigarro compartido, humo danzando en la penumbra. "El precio de la pasión es alto, pero güey, vale cada centavo", dice él, trazando círculos en tu vientre. Tú sonríes, saboreando el afterglow, el cuerpo laxo y satisfecho. No hay arrepentimientos, piensas, mientras el amanecer pinta el cielo de rosa. El PDF fue solo el inicio; la realidad cobra más caro, pero qué rico pagarlo con él. Te acurrucas, su calor envolviéndote, y sabes que esto apenas empieza.

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