Pasión Capítulo 111 Llamas Eternas
La noche en Polanco se sentía como un velo de seda caliente sobre mi piel. Yo, Carla, acababa de bajar del Uber frente al departamento de Diego, con el corazón latiéndome a mil por hora. Habían pasado meses desde nuestra última maña, pero cada vez que pensaba en él, mi cuerpo se encendía como si alguien hubiera prendido una fogata en mi vientre. El aire olía a jazmín de los balcones y a esa humedad sutil de la ciudad después de la lluvia, mezclado con el aroma de tacos al pastor que flotaba desde la esquina. Llamé al interfón con dedos temblorosos.
¿Y si ya no siente lo mismo? ¿Y si todo esto es un error, carnala?Me dije a mí misma, pero neta, el deseo me tenía atrapada. La puerta se abrió con un zumbido suave, y subí las escaleras sintiendo cada paso como un pulso en mis caderas.
Diego me esperaba en la puerta, con esa sonrisa pícara que me derretía. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales duros, y unos jeans que abrazaban sus muslos como una promesa. "¡Órale, mamacita! Al fin llegaste", dijo con esa voz ronca que me hacía cosquillas en el alma. Me jaló hacia él y me plantó un beso en la mejilla, pero su aliento cálido rozó mi oreja, enviando chispas por mi espina.
Entramos al depa, iluminado por luces tenues y velas que parpadeaban como estrellas coquetas. La música de fondo era una cumbia suave, de esas que te mueven el alma y las nalgas al mismo tiempo. "Siéntate, reina. Te preparé unas enchiladas suizas y un tequila reposado pa' que entremos en calor", murmuró, guiñándome el ojo. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. El primer trago de tequila quemó mi garganta como fuego líquido, dulce y ahumado, despertando todos mis sentidos.
Charlamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de esa novela que veíamos juntos, de cómo la vida nos había separado por trabajos y weyadas. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mis labios, a mi escote donde el vestido rojo se abría juguetón. Yo sentía su rodilla rozando la mía, un toque casual que no lo era. Qué chido se ve sudado, pensé, recordando cómo brillaba su piel bajo las sábanas.
De repente, se levantó y extendió la mano. "Baila conmigo, corazón". La cumbia subió de volumen, y nos pegamos cuerpo con cuerpo. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, guiándome en un vaivén que imitaba algo mucho más profundo. Olía a su colonia cítrica mezclada con su sudor fresco, un olor que me mareaba de ganas. Mi pecho se apretaba contra el suyo, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. "Te extrañé tanto, Carla", susurró en mi cuello, y su aliento caliente me erizó la piel.
El beso llegó como un rayo. Sus labios carnosos capturaron los míos, suaves al principio, probando, saboreando el tequila en mi lengua. Yo respondí con hambre, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado.
Neta, este wey me vuelve loca. Quiero que me coma entera, pensé mientras su mano bajaba por mi espalda, apretando mi nalga con posesión juguetona. Nos separamos jadeantes, ojos clavados, el aire cargado de electricidad.
Acto dos de esta Pasión Capítulo 111: la escalada. Me cargó como si no pesara nada, riendo cuando chillé de emoción. "¡Pendejo, me vas a tirar!", le dije entre risas, pero mis piernas se enredaron en su cintura. Me llevó al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén negro. La habitación olía a vainilla de las velas y a nosotros, a ese aroma almizclado de excitación que ya flotaba.
Me dejó caer suavemente y se quitó la camisa de un tirón, revelando su torso esculpido por horas en el gym. Yo me incorporé de rodillas, besando su abdomen, sintiendo los músculos contraerse bajo mi lengua. Sabía a sal y hombre, un sabor adictivo. "Qué rico estás, Diego", gemí, mientras mis uñas arañaban su piel suave. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, y me tumbó de espaldas.
Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando huellas rojas que dolían rico. Levantó mi vestido, exponiendo mis muslos, y sus dedos trazaron patrones en mi piel, subiendo lento, torturándome. "Estás mojada, mi reina", dijo con voz ronca, rozando mi tanga de encaje. Yo arqueé la espalda, gimiendo cuando su dedo se coló dentro, caliente y preciso, moviéndose en círculos que me hacían ver estrellas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos y el lejano rumor de la ciudad.
¡No pares, cabrón! Más adentro, suplicaba en mi mente, pero en voz alta solo salían "Sí... así... ¡órale!". Me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pezones, chupando, lamiendo, enviaban descargas directas a mi centro. Yo lo jalé hacia mí, desabrochando sus jeans con prisa. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. "Métemela ya", le rogué, pero él sonrió malicioso.
"Paciencia, amor. Vamos a disfrutarlo". Se colocó entre mis piernas, frotándose contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. El roce era tortura exquisita, mi clítoris hinchado rogando atención. Finalmente, empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, sintiendo cada vena, cada pulso. Él se quedó quieto, mirándome a los ojos. "Eres mía, Carla. Toda mía". Y empezó a moverse, primero despacio, profundo, luego acelerando, el sonido de piel contra piel como un tambor frenético.
Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Yo clavaba mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Olía a sexo puro, a almizcle y pasión desatada. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él gemía "¡Qué chida estás! Tan apretadita". Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una diosa, mis tetas rebotando, su mirada devorándome. El clímax se acercaba, una ola gigante. "Me vengo, Diego... ¡me vengo!", aullé, y exploté en espasmos, mi jugo empapándonos. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro.
Colapsamos, jadeantes, enredados. El afterglow era puro éxtasis: su peso sobre mí reconfortante, el latido de su corazón sincronizado con el mío. Besos suaves, perezosos. "Esto es Pasión Capítulo 111, mi vida. Y hay muchos más", murmuró, acariciando mi cabello. Yo sonreí, saboreando el sudor salado en su hombro.
Nos quedamos así horas, hablando en susurros, planeando el futuro. La ciudad ronroneaba afuera, pero aquí dentro, solo existíamos nosotros, en esta burbuja de fuego eterno. Neta, con Diego, cada noche era un capítulo nuevo de puro amor ardiente.