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Pasiones Lascivas Desbordantes

6480 palabras

Pasiones Lascivas Desbordantes

La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la ciudad latiendo como un corazón acelerado. Yo, Ana, había salido con mis amigas a un rooftop bar, uno de esos lugares chidos donde la gente bien vestida se suelta el pelo con tequila y ritmos de cumbia rebajada. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir pinche poderosa, mis curvas marcadas bajo la luz neón, el aire cargado de jazmín y humo de cigarros finos.

Ahí lo vi. Javier, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver un pecho moreno y fuerte, ojos oscuros que me clavaron como dagas. Estaba platicando con unos cuates, riendo con esa carcajada grave que retumbaba en mi pecho. Neta, desde el primer vistazo sentí un cosquilleo en el estómago, como si mis pasiones lascivas se hubieran despertado de golpe, pidiendo a gritos ser liberadas.

¿Qué chingados me pasa? Es guapo, sí, pero hay algo en su mirada que me hace mojarme sin tocarme.

Me acerqué al bar, pidiendo un paloma con sal, y él se giró como si oliera mi perfume de vainilla y deseo. Órale, preciosa, ¿vienes sola o con escolta? dijo con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, de esas que suenan a tequila añejo.

Sola, pero no por mucho, le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Charlamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de la crema y nuez en el Mercado de Medellín, pero entre líneas había fuego. Sus manos rozaban las mías al pasarme el vaso, piel cálida y áspera de quien trabaja con las suyas. El sudor de la noche pegajosa nos unía ya, un preludio invisible.

La música subió de volumen, un sonidero que invitaba a mover las caderas. ¿Bailamos? propuso, y yo asentí, sintiendo su mano en mi cintura como una promesa. Nos pegamos en la pista improvisada, cuerpos rozándose al ritmo. Su aliento en mi cuello olía a mentas y ron, mi pelo suelto azotándole la cara. Cada giro era una caricia accidental: su muslo contra el mío, mis tetas presionando su torso firme. El calor subía, mi concha palpitando con cada beat.

No aguanto más, este cabrón me va a volver loca, pensé mientras lo veía sudar, gotas resbalando por su clavícula. Al final de la canción, sus labios rozaron mi oreja: Vámonos de aquí, Ana. Quiero probarte entera. Mi respuesta fue un beso robado, lenguas enredándose con sabor a limón y urgencia.

Tomamos un Uber a mi depa en Lomas, el trayecto eterno con sus dedos trazando círculos en mi muslo desnudo bajo el vestido. Llegamos y la puerta apenas se cerró cuando me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo. Eres una diosa, murmuró, besándome el cuello mientras yo le arrancaba la camisa. Su piel sabía a sal y hombre, músculos tensos bajo mis uñas.

Lo empujé al sofá de cuero negro, el aire acondicionado zumbando suave contra nuestro calor. Me quité el vestido despacio, dejándolo caer como una cascada, quedando en tanga de encaje rojo y nada más. Sus ojos se devoraban mis pechos, pezones duros como piedras. Ven, Javier, fóllame con la mirada primero, le dije juguetona, montándome a horcajadas.

Sus manos en mis nalgas, apretando fuerte, me hacen jadear. Neta, estas pasiones lascivas que llevo guardadas van a explotar.

Nos besamos con hambre, mi lengua explorando su boca mientras él lamía mis tetas, succionando un pezón con un gemido que vibró en mi piel. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como fierro, palpitando contra la tela. La saqué, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precum. Qué rica verga, cabrón, susurré, masturbándolo lento, sintiendo las venas bajo mis dedos.

Él me volteó, tirándome de espaldas al sofá, besando mi vientre, bajando hasta mi tanga empapada. El olor de mi excitación lo enloqueció; la arrancó con dientes, exponiendo mi panocha hinchada y mojada. Hueles a pecado, gruñó, lamiéndome el clítoris con lengua experta. Gemí alto, arqueándome, el sonido de mi placer mezclándose con su chupeteo húmedo. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. ¡Pinche dios, no pares!

El build-up era brutal: yo corriéndome en su boca con un grito ahogado, jugos chorreando por sus labios. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Sí, así, métemela toda! exigí, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pelvises sudorosos, el slap-slap resonando en la sala.

Acceleramos, yo cabalgándolo ahora en el piso alfombrado, tetas rebotando, su mirada fija en mí como si fuera lo único en el universo. Sudor goteando de su frente a mi pecho, mezclándose con mi piel. Eres tan chida, Ana, tan apretada y caliente, jadeaba él, manos en mis caderas guiando el ritmo. Yo respondía con vueltas de cadera, apretándolo con mis paredes internas, sintiendo cada vena rozarme.

La tensión crecía, mis muslos temblando, su verga hinchándose más. Cambiamos a perrito, él detrás, jalándome el pelo suave, nalgueándome juguetón. ¡Más fuerte, pendejo, hazme tuya! grité, y él obedeció, follando profundo, bolas golpeando mi clítoris. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, mi crema cremosa en su pubis.

Estas pasiones lascivas nos consumen, pero qué chingón es dejarse llevar. Siento el orgasmo venir, como una ola gigante.

Explotamos juntos: yo primero, convulsionando, chillando su nombre mientras mi concha ordeñaba su verga. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros y chorros que desbordaban, resbalando por mis muslos. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizadas con el tic-tac del reloj lejano.

Después, en la cama con sábanas revueltas, fumamos un cigarro compartido, el humo danzando en penumbras. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. Esto fue la neta, Ana. Tus pasiones lascivas me volvieron loco, dijo él, besándome la frente.

Yo sonreí, trazando círculos en su piel. No fue solo sexo, fue conexión, un desborde que necesitaba. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta. La ciudad ronroneaba afuera, testigo de nuestro éxtasis, y nos dormimos así, satisfechos, con el eco de placer latiendo aún en nuestras venas.

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