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Bebé de Pasión de Gavilanes

6553 palabras

Bebé de Pasión de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, tiñendo de oro las colinas verdes y el aire cargado de aroma a tierra húmeda y jazmines silvestres. Yo, Gabriela, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ruido y las rutinas que me ahogaban. Mi prima me había invitado a pasar unos días en este paraíso ranchero, pero lo que no esperaba era toparme con él: Juan, el capataz, un moreno alto y fornido con ojos negros que prometían tempestades. Bebé de pasión de Gavilanes, me llamó la primera vez que nos vimos, con esa voz ronca que me erizó la piel. No sé por qué, pero el apodo se me pegó como miel caliente.

Estábamos en el porche de la casa principal, bebiendo un fresco de tamarindo que sabía a verano eterno. Su camisa blanca pegada al pecho por el sudor dejaba ver los músculos que se movían con cada gesto. Olía a hombre de campo: cuero, humo de fogata y un toque salado que me hacía salivar.

¿Qué carajos me pasa? Este wey me mira como si ya me hubiera desnudado mil veces
, pensé mientras cruzaba las piernas para disimular el calor que subía por mis muslos.

—Ven, Gabriela, te enseño los caballos —dijo él, extendiendo su mano callosa.

La tomé, y el roce de sus dedos ásperos contra mi palma fue como una chispa. Caminamos hacia los corrales, el crujido de la grava bajo nuestras botas marcando el ritmo de mi corazón acelerado. El viento traía el relincho de los potros y el olor penetrante del estiércol fresco mezclado con heno. Juan se acercó demasiado al mostrarme una yegua negra, su aliento cálido en mi cuello.

—Esta es Pasión, como tú, bebé —susurró, y su voz vibró en mi espina dorsal.

La tarde se estiró como chicle. Cenamos tacos de arrachera en la cocina grande, con mariachi de fondo sonando en la radio vieja. El tequila fluía, dulce y ardiente en la garganta, aflojando nudos que ni sabía que tenía. Reíamos por tonterías, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa de madera. Quiero que me toque, admití en silencio, sintiendo mis pezones endurecerse contra el encaje de mi blusa.

Después, bailamos en el patio iluminado por faroles. Sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, guiándome al son de "Cielito Lindo". Mi cuerpo se pegaba al suyo, sintiendo la dureza de su erección presionando mi vientre. Sudábamos juntos, el olor de nuestros cuerpos mezclándose en una fragancia embriagadora de deseo puro. Me mordí el labio cuando su boca rozó mi oreja.

—No aguanto más, bebé de pasión de Gavilanes —gruñó bajito—. Vamos adentro.

Asentí, el pulso retumbando en mis sienes como tambores. Subimos las escaleras de caracol, sus pasos urgentes detrás de mí. En su habitación, una cama king con sábanas blancas y vistas a las estrellas, me volteó contra la puerta y me besó. Sus labios eran fuego, ásperos por el viento del campo, saboreando a tequila y a mí. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto.

Me quitó la blusa con dedos temblorosos de impaciencia, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. Sus ojos se oscurecieron de hambre mientras lamía un pezón, chupándolo con succiones lentas que me arquearon la espalda.

¡Qué rico, carnal! No pares, pendejo
, pensé, arañando su nuca. Bajó por mi vientre, desabrochando mis jeans y deslizándolos con mi tanga. El roce de la tela contra mi piel húmeda fue eléctrico.

De rodillas, inhaló mi aroma, ese musk femenino mezclado con el sudor del baile. Su lengua exploró mis pliegues, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas que me hicieron jadear. Saboreaba mi jugo como si fuera el néctar más dulce, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. Mis piernas temblaban, el sonido de mis gemidos rebotando en las vigas de madera.

—Estás chingona, Gabriela. Tan mojada por mí —murmuró contra mi coño, vibrando cada palabra.

Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le arranqué la camisa, besando su pecho salado, mordiendo sus pezones duros. Sus pantalones cayeron, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y grosor, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos.

—Fóllame, Juan. Hazme tuya —supliqué, mi voz ronca de lujuria.

Me cargó a la cama como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose. Se posicionó entre mis piernas abiertas, frotando la cabeza de su pija contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gruñí de placer al sentirlo llenarme, sus pelotas pesadas contra mi culo. El olor de sexo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados.

Empezó a bombear, primero suave, dejando que me acostumbrara a su tamaño. Cada embestida rozaba mis paredes internas, enviando ondas de éxtasis. Agarré las sábanas, mis uñas clavándose en la tela mientras él aceleraba, el slap-slap de piel contra piel como música obscena. Sudor goteaba de su frente a mis senos, lubricándonos más.

Es mío, este vaquero cabrón me está volviendo loca
, pensé, envolviendo mis piernas en su cintura para que entrara más hondo. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como a un semental. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Él gemía mi nombre, "Gabriela, bebé", empujando desde abajo con fuerza brutal pero consentida.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentí el orgasmo construyéndose en mi bajo vientre, una presión ardiente. Aceleré, moliéndome contra su pubis, su verga golpeando mi cervix. Grité cuando exploté, mi coño contrayéndose en espasmos alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, hinchándose dentro de mí antes de correrse, chorros calientes inundándome, su semen goteando cuando salí.

Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. Su corazón latía contra mi mejilla, un tambor triunfante. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. Afuera, los grillos cantaban, el viento susurrando secretos en los eucaliptos.

—Eres mi bebé de pasión de Gavilanes, Gabriela. Quédate conmigo —murmuró, acariciando mi cabello húmedo.

Sonreí, el alma en paz por primera vez en años. El deseo satisfecho dejaba un glow cálido, prometiendo más noches así en esta hacienda que olía a eterno romance. Mañana sería otro día de sol y pieles ardientes, pero esta noche, éramos uno.

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