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Pasión y Poder Capítulo 64

6345 palabras

Pasión y Poder Capítulo 64

El sol del atardecer teñía de oro el skyline de la Ciudad de México mientras yo, Daniela, entraba al penthouse de Arturo en Polanco. El aire olía a jazmín fresco del jardín vertical y a ese perfume masculino que siempre me volvía loca, una mezcla de sándalo y poder puro. Hacía semanas que jugábamos a este juego de pasión y poder, negociando no solo contratos millonarios sino también esa electricidad que crepitaba entre nosotros cada vez que nos veíamos. Hoy era capítulo 64 de nuestra telenovela privada, y neta, sentía que el guion iba a explotar.

Arturo estaba de pie junto a la barra de mármol, con su camisa blanca arremangada dejando ver esos antebrazos fuertes que tanto me gustaba morder en mis sueños. Me miró con esos ojos negros que prometían tanto dominio como rendición. “Daniela, mi reina del imperio, ¿lista para firmar o para pelear otra vez?”, dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Sonreí, caminando despacio hacia él, mis tacones resonando en el piso de parquet como un tambor de guerra. “Pendejo, no vengo a firmar nada sin que primero admitas que me deseas más que a tu maldito contrato”, respondí, sintiendo ya el calor subiendo por mi pecho.

Nos quedamos mirándonos, el silencio cargado de tensión. Él se acercó, invadiendo mi espacio personal, y aspiré su aroma que me hacía salivar. Sus dedos rozaron mi brazo desnudo bajo la blusa de seda, un toque ligero como pluma pero que encendió chispas en mi vientre.

¿Por qué este cabrón siempre sabe cómo hacerme temblar? Piensa, Daniela, mantén el poder
, me dije en la cabeza mientras mi pulso se aceleraba. “Tú eres la que tiembla, amor”, murmuró él, leyendo mi mente como siempre, y sus labios rozaron mi oreja, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

El beso empezó lento, como un pacto sellado con fuego. Sus labios carnosos capturaron los míos, saboreando a tequila reposado y deseo crudo. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, bailando con la mía en una batalla que ninguno quería ganar. Sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro, y sentí su verga ya tiesa presionando mi abdomen. “Qué chingón se siente esto”, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda a través de la camisa. Lo empujé hacia el sofá de piel italiana, rompiendo el beso solo para quitarnos la ropa con urgencia. Mi blusa voló, revelando mis tetas firmes que él miró con hambre pura.

En el medio del caos, nos sentamos en el sofá, yo a horcajadas sobre él. Sus manos masajearon mis nalgas, amasándolas con fuerza mientras yo frotaba mi panocha húmeda contra su pantalón. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma que parecía un rugido de fondo. “Te voy a hacer mía, Daniela, pero solo si me ruegas”, susurró él, su aliento caliente en mi cuello. Mordí su labio inferior, probando un hilo de sangre salada. “Ni madres, Arturo, yo mando aquí”, contesté, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Bajé la cremallera de su pantalón y saqué su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que me hicieron mojarme más. La apreté, sintiendo su calor y dureza en mi palma, y él gruñó como animal herido.

Me puse de rodillas entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas desnudas. Lamí la punta de su chibre, saboreando el pre-semen salado y ligeramente dulce, como néctar prohibido. Él enredó sus dedos en mi cabello largo, guiándome sin forzar, mientras yo lo chupaba profundo, mi lengua girando alrededor del glande. Los gemidos de Arturo eran música, roncos y desesperados: “Órale, Daniela, qué rico la chupas, no pares”. Sentía mi clítoris hinchado, rogando atención, así que metí una mano en mi tanga empapada y empecé a tocarme, círculos lentos que me hacían jadear alrededor de su verga. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizclado y adictivo.

Pero el poder no se negocia solo con la boca. Lo empujé de vuelta al sofá y me quité la tanga, mostrándole mi panocha rosada y reluciente. “Ahora sí, cabrón, fóllame como se debe”, le ordené, montándome sobre él. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Grité de placer, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Empecé a cabalgarlo, mis caderas girando en círculos, sintiendo cada centímetro de él rozando mis paredes internas. Sus manos apretaban mis tetas, pellizcando los pezones duros, enviando descargas eléctricas directo a mi centro.

La intensidad crecía con cada embestida. Sudor perlando nuestras pieles, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos obscenos.

Esto es pasión y poder puro, capítulo 64 donde me entrego sin rendirme
, pensé mientras aceleraba, mis jugos chorreando por sus bolas. Él se incorporó, succionando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. “Más fuerte, amor, dame todo”, jadeé, y él obedeció, clavándome desde abajo con golpes profundos que me hacían ver estrellas. Mi orgasmo se acercaba como tormenta, el vientre contrayéndose, el placer acumulándose en espiral.

De repente, me volteó sin salir de mí, poniéndome de espaldas en el sofá. Ahora él dominaba, sus caderas pistoneando con furia controlada. Sentía sus bolas golpeando mi culo, el roce áspero de su pubis en mi clítoris. “Ven conmigo, Daniela, córrete en mi verga”, gruñó, y eso fue mi perdición. El clímax me golpeó como ola gigante, mi panocha apretándolo en espasmos, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí derramándose dentro, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados y jadeantes, el corazón latiéndonos como tambores sincronizados. El aroma a sexo y sudor nos envolvía como sábana cálida, y él besó mi frente con ternura inesperada. “Eres mi todo, Daniela, en este juego de pasión y poder no hay perdedores”, murmuró. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho húmedo.

Capitulo 64 cerrado con broche de oro, pero sé que el 65 será aún más intenso
. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como testigos mudos de nuestra unión, prometiendo más batallas y rendiciones dulces.

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