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Imágenes de Besos con Pasión que Despiertan el Fuego

6622 palabras

Imágenes de Besos con Pasión que Despiertan el Fuego

Estaba en ese bar chido de la Condesa, con luces tenues y música de fondo que te hacía mover el cuerpo sin darte cuenta. Yo, Ana, acababa de terminar una semana de puro estrés en la oficina, y neta, necesitaba algo que me sacara del pedo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita total, y el aire olía a tequila y jazmín de las chicas que pasaban. Ahí lo vi: Diego, con esa sonrisa pícara y ojos que te desnudaban sin esfuerzo. Se acercó con una chela en la mano, y de volada empezamos a platicar.

"¿Qué onda, güey? ¿Vienes mucho por acá?", me dijo, con esa voz ronca que me erizó la piel. Le contesté con una risa, contándole de mi pinche rutina, y él soltó que era fotógrafo, de esos que capturan momentos que queman. Imágenes de besos con pasión, dijo, eran su obsesión. Neta, se me prendió el foco. Le conté que yo tenía una carpeta en mi cel con fotos así, de esas que te hacen sudar solo de verlas. La química estaba ahí, como chispas en el aire cargado de humo y risas.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche mexicana rozándonos los brazos. Su mano rozó la mía, y sentí ese cosquilleo que sube por el espinazo. Llegamos a mi depa en Polanco, un lugar chiquito pero con vista al skyline. Cerré la puerta y el olor a mi perfume mezclado con su colonia invadió todo. "Muéstrame esas imágenes", me pidió, sentándose en el sofá de piel suave.

¿Y si esto es lo que necesitaba? Un desconocido que me mire como si fuera la única en el mundo, con esos besos que prometen más.

Le pasé mi teléfono. Ahí estaban: imágenes de besos con pasión, labios entreabiertos, lenguas danzando, cuellos arqueados en éxtasis. Sus dedos rozaron los míos al tomar el aparato, y el calor de su piel me hizo tragar saliva. "Estas son chingonas", murmuró, acercándose. Su aliento olía a menta y cerveza, cálido contra mi oreja. Me volteó el rostro con gentileza, y nuestros labios se encontraron por primera vez.

¡Madre mía, qué beso! Su boca era firme pero suave, como terciopelo húmedo. Sentí el sabor salado de su lengua explorando la mía, un roce lento que me aceleró el pulso. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello negro y revuelto, mientras él me jalaba por la cintura. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el lejano claxon de la ciudad. Su cuerpo presionado contra el mío era puro músculo tenso, y olía a hombre, a sudor limpio y deseo crudo.

Nos separamos un segundo, mirándonos con ojos vidriosos. "Neta, Ana, me traes loco", dijo, y yo solo pude asentir, con la piel ardiendo. Lo besé de nuevo, esta vez con hambre, mordisqueando su labio inferior hasta que gimió. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos temblorosos de anticipación. La tela cayó al suelo con un susurro, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Él me miró como si fuera una diosa, recorriendo con la vista mis curvas, mis pechos subiendo y bajando con cada aliento entrecortado.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura contra mi entrepierna, palpitando a través de la tela de sus jeans. "Quítatelos, cabrón", le ordené juguetona, y él obedeció riendo, con esa mirada de pendejo enamorado. Desnudos ya, piel con piel, el calor entre nosotros era insoportable. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico, mientras yo lamía su cuello, saboreando el salado de su sudor. Olía a él, a sexo inminente, a esa mezcla embriagadora de feromonas mexicanas.

Me recostó despacio, besando mi clavícula, bajando por mis tetas. Su lengua rodeó un pezón, chupándolo con succiones que me arquearon la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Esto es lo que extrañaba, esta conexión que te hace olvidar el mundo. Sus dedos bajaron por mi vientre, rozando el monte de Venus, hasta encontrar mi clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos lentos, y yo me abrí para él, empapada, oliendo a mi propia excitación dulce y almizclada.

"Estás chorreando, mi reina", susurró, metiendo dos dedos adentro. El estiramiento era perfecto, llenándome con un ritmo que me hacía jadear. Movía la mano como un experto, curvando los dedos para tocar ese punto que me volvía loca. Yo agarré su verga, gruesa y venosa, masturbándolo con movimientos firmes. El prepucio se deslizaba suave, lubricado por su precum salado que lamí de la punta. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.

Esas imágenes de besos con pasión palidecían ante esto, ante el real, el sudor, los jadeos, el roce que quema.

La tensión crecía como una tormenta. Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada. Despacio, centímetro a centímetro, me hundí en él. ¡Dios, qué fullness! Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Empecé a moverme, cabalgándolo con las caderas girando, sintiendo cada vena palpitar dentro. Sus manos en mis caderas me guiaban, fuerte pero consensual, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El sofá crujía bajo nosotros, el aire cargado de olor a sexo, a piel caliente y fluidos mezclados.

Aceleré, mis tetas rebotando, su boca capturando una para morderla suave. "¡Más rápido, Ana, chíngame duro!", rugió, y yo obedecí, perdida en el placer. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él se tensó debajo, sus bolas apretadas contra mi culo. "Me vengo, güey", grité, y exploté. El clímax me sacudió como un terremoto, jugos chorreando por sus muslos, mi voz rompiéndose en gemidos agudos.

Diego me siguió segundos después, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero placentera. Su semen caliente me llenó, chorros pulsantes que prolongaron mi éxtasis. Colapsamos juntos, sudorosos, respiraciones entrecortadas uniéndonos aún. Besos suaves ahora, post-sexo, con sabor a nosotros mismos.

Nos quedamos así un rato, enredados en el sofá. El skyline brillaba afuera, pero adentro solo estábamos nosotros. "Eso fue épico, neta", dijo él, acariciándome el cabello. Yo sonreí, sintiendo esa paz profunda, el cuerpo saciado y el alma plena. Imágenes de besos con pasión eran solo el inicio; lo real era esto, esta conexión mexicana, cruda y hermosa.

Al amanecer, con café humeante y promesas de más noches así, supe que esto no acababa aquí. El deseo lingüe, listo para encenderse de nuevo.

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