Pasion Prohibida Capitulo 85 El Susurro Ardiente
Ana sintió el pulso acelerado mientras subía en el elevador del hotel en Polanco. El aire acondicionado era fresco pero no lograba calmar el calor que le subía por el pecho. ¿Cuántas veces hemos hecho esto ya? ¿Capítulo ochenta y cinco de nuestra pasión prohibida? pensó, mordiéndose el labio inferior. Marco la esperaba en la suite, como siempre, puntual como reloj suizo pero con esa mirada de vato travieso que la desarmaba.
Habían empezado como un error inocente: él, el mejor amigo de su esposo Javier, y ella, la morra perfecta de familia. Una copa de más en una carne asada en las Lomas, un roce accidental en la cocina que se convirtió en besos robados. Ahora, cada encuentro era un secreto que los consumía. Javier ni sospechaba, ocupado con su chamba en el banco. Ana, diseñadora gráfica freelance, tenía el pretexto perfecto: reuniones con clientes imaginarios.
La puerta de la suite se abrió con un clic suave. Marco estaba ahí, camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que ella adoraba pasar los dedos. Olía a su colonia favorita, esa con notas de madera y cítricos que la mareaba. Ven acá, nena, murmuró con esa voz grave que vibraba en su piel.
Ana se lanzó a sus brazos, el choque de sus cuerpos como una chispa. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo reprimido. Él la apretó contra la pared, manos firmes en su cintura, subiendo la falda hasta sentir la seda de sus panties. Neta, cada vez es peor. No puedo parar de pensar en él, se dijo mientras gemía bajito.
Marco la cargó sin esfuerzo hasta la cama king size, con vistas a las luces de la Ciudad de México parpadeando como testigos mudos. La ciudad rugía abajo: cláxones lejanos, el zumbido eterno del tráfico. Pero ahí, en esa burbuja, solo existían ellos. Él le quitó la blusa con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire fresco y su aliento caliente.
Qué chingón se siente su boca, pensó Ana cuando él succionó uno, lengua girando como experto. El sonido húmedo de su chupada llenaba la habitación, mezclado con su jadeo. Manos expertas bajaron su falda, panties al piso. Ella estaba empapada, el aroma almizclado de su excitación flotando en el aire. Marco se arrodilló, inhalando profundo. Hueles a pecado, mi reina, dijo, voz ronca.
Acto primero de su ritual: él la devoraba. Lengua plana lamiendo su raja, saboreando el néctar salado dulce. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en las sábanas de algodón egipcio. ¡Ay, cabrón! Más adentro, suplicó, caderas moviéndose solas. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras chupaba el clítoris hinchado. El placer subía como ola, tenso, interminable. Ella gritó su nombre, el eco rebotando en las paredes insonorizadas.
Pero no era solo físico. En su mente, el conflicto bullía.
Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 85. ¿Hasta cuándo? Javier me quiere, pero Marco... Marco me enciende como nadie.Ana lo jaló del pelo, obligándolo a subir. Lo besó con furia, probando su propio sabor en su boca. Desabrochó su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba caliente en su mano. La piel suave sobre acero, gota perlada en la punta que ella lamió con deleite salado.
Lo empujó sobre la cama, montándolo a horcajadas. El colchón se hundió bajo su peso. Ella se frotó contra él, humedad cubriendo su longitud. Te quiero dentro, wey. Ya, ordenó, ojos fijos en los suyos, negros como noche mexicana. Marco sonrió pícaro, manos en sus caderas guiándola. La cabeza entró primero, estirándola deliciosamente. Ana bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. ¡Qué rico! Llena hasta el fondo.
El ritmo empezó lento, sensual. Piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en olor salobre. Él embestía arriba, ella abajo, tetas rebotando hipnóticas. Sonidos: su aliento entrecortado, camas crujiendo, ciudad zumbando afuera. Ana clavó uñas en su pecho, dejando marcas rojas como trofeos. Más fuerte, pendejo. Rompeme, jadeó, perdida en la fricción ardiente.
La tensión escalaba. Marco la volteó, ahora él encima, piernas de ella en sus hombros. Profundo, brutal pero consensuado, cada estocada rozando su alma. Siento su pulso en mí, latiendo con el mío. Besos en el cuello, mordidas suaves que dolían rico. El clímax se acercaba, coiling como serpiente. Ella apretó sus paredes, ordeñándolo. Él gruñó, Me vengo, nena. Juntos.
Explosión. Ana convulsionó primero, grito ahogado en su hombro, jugos inundando. Marco la siguió, chorros calientes pintando su interior, cuerpos temblando en unisono. El mundo se disolvió en blanco, pulsos sincronizados, respiraciones jadeantes.
Después, el afterglow. Yacían enredados, sábanas revueltas oliendo a sexo y ellos. Marco acariciaba su cabello húmedo, besos perezosos en la frente. ¿Y ahora qué? Capítulo 86 vendrá, lo sé, pensó Ana, corazón aún galopando. Fuera, la ciudad seguía su caos, pero ellos flotaban en paz culpable.
Eres mi vicio, susurró él. Ella sonrió, dedo trazando su mandíbula. Y tú el mío, aunque sea prohibido. Se durmieron así, pieles pegajosas, soñando con la próxima entrega de su saga secreta.
Pero al amanecer, la realidad picó. Ana se vistió en silencio, besándolo una última vez. El elevador bajó, llevándola de vuelta a su vida doble. Pasión prohibida, capítulo 85: consumado. ¿Sobreviviremos al 86? El tráfico matutino la engulló, pero el eco de su placer la acompañaba, promesa ardiente de más.
En el fondo, sabía que no pararía. El deseo era más fuerte que la culpa, más dulce que la virtud. Marco era su fuego, y ella su llama. Juntos, ardían en secreto, capítulo tras capítulo, en la jungla de concreto de México.