Pasión de Gavilanes Capítulo 108 Fuego en las Venas
En la hacienda Los Morales, bajo el cielo estrellado de Jalisco, Jimena se recargaba en el balcón de madera vieja, con el aire tibio de la noche cargado de jazmín y tierra húmeda. El viento jugaba con su blusa de algodón ligera, pegándola a sus curvas generosas, y ella sentía un cosquilleo en la piel que no era solo del fresco. Adentro, el televisor zumbaba con Pasión de Gavilanes capítulo 108, esa escena donde los hermanos Reyes desataban su venganza con besos que quemaban como tequila puro. Jimena sonrió para sí, mordiéndose el labio inferior. Neta, pensó, eso es lo que necesito esta noche, un hombre que me prenda como a esas gavilanas en llamas.
Desde que Juan había regresado de la ciudad, la tensión entre ellos era como un relámpago esperando estallar. Él, con su piel bronceada por el sol del campo, sus manos callosas de tanto domar caballos, y esa mirada parda que la desnudaba sin tocarla. Habían sido novios en la secundaria, se habían separado por pendejadas del destino, pero ahora, en esta hacienda heredada de su familia, todo volvía a encenderse. Jimena oyó sus botas crujir en el porche y su corazón dio un brinco. Ya viene el wey, se dijo, el pulso acelerándose en su cuello.
—¿Qué pasa, morra? —preguntó Juan con esa voz ronca que parecía salir de lo más hondo de su pecho, acercándose por detrás. Sus brazos fuertes la rodearon la cintura, y ella sintió el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina. Olía a sudor limpio, a cuero y a hombre de rancho, un aroma que le erizaba los vellos de la nuca.
—Nada, carnal —susurró ella, girándose despacio para mirarlo a los ojos—. Solo veía Pasión de Gavilanes capítulo 108. Esos Reyes son unos fieras, ¿no? Me dan ganas de... ya sabes.
Él rio bajito, un sonido gutural que vibró contra su pecho. —¿Ganas de qué, Jimena? Dime clarito, que no soy adivino. Sus dedos trazaron la curva de su cadera, subiendo lento hasta el borde de su blusa, y ella jadeó cuando rozó la piel desnuda de su vientre. El deseo se enredaba en su estómago como una serpiente caliente.
La noche los envolvió mientras entraban a la sala amplia, iluminada solo por la luz parpadeante del tele. El volumen bajo dejaba oír los gemidos apasionados de la telenovela, como un fondo perfecto para su propia historia. Jimena lo jaló hacia el sofá de piel gastada, sentándose a horcajadas sobre él. Sus muslos apretaron las caderas duras de Juan, y sintió la evidencia de su excitación presionando contra ella. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras sus bocas se encontraban en un beso hambriento.
Los labios de él eran firmes, con sabor a cerveza fría y a la sal de su piel. Su lengua invadió su boca con urgencia, explorando cada rincón como si quisiera devorarla viva. Jimena gimió contra él, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. El roce de sus barbas incipientes raspaba deliciosamente su barbilla, enviando chispas de placer por su espina. Manos por todos lados: las de él subiendo por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, liberando sus pechos pesados que se presionaron contra el pecho ancho de Juan.
—Eres una diosa, Jimena —murmuró él, rompiendo el beso para bajar la boca a su cuello. Mordisqueó suave la piel sensible, chupando hasta dejar una marca roja que mañana dolería rico. Ella arqueó la espalda, el aire fresco de la habitación endureciendo sus pezones, que él capturó con los labios. La succión era perfecta, alternando lamidas lentas con succiones fuertes que la hacían retorcerse. Sí, así, no pares, pendejo, rogaba en silencio, mientras sus caderas se mecían instintivamente contra la dureza de su pantalón.
En mi cabeza, esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes. Aquí no hay venganzas, solo puro fuego que nos consume a los dos.
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Juan la volteó con facilidad, quedando ella debajo, las piernas abiertas invitándolo. Él se arrodilló entre ellas, besando el camino desde su ombligo hasta el borde de sus jeans. El olor de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, volviéndolo loco. Desabrochó el botón con los dientes, un truco que siempre la hacía reír y gemir al mismo tiempo.
—Estás mojada para mí, ¿verdad, mi reina? —preguntó con voz juguetona, bajando la cremallera. Jimena asintió, mordiéndose el puño para no gritar cuando sus dedos rozaron su ropa interior empapada. El tacto era eléctrico, un roce ligero que la hacía palpitar. Él se la quitó despacio, exponiéndola al aire, y sopló suave sobre su centro ardiente. El frío contrastando con el calor la hizo arquearse, un gemido largo escapando de su garganta.
Sus dedos entraron en ella con delicadeza al principio, explorando las paredes húmedas que lo succionaban ansiosas. Jimena clavó las uñas en sus hombros, el olor de sus cuerpos mezclándose con el de la madera quemada en la chimenea lejana. Él aceleró el ritmo, curvando los dedos para tocar ese punto que la volvía loca, mientras su pulgar masajeaba el capullo hinchado. No aguanto más, Juan, métemela ya, pensaba ella, las caderas moviéndose al compás de su mano experta.
Pero él no se apuraba. Bajó la cabeza y su lengua la lamió de abajo arriba, saboreándola como si fuera el mejor tequila del mundo. El sabor salado y dulce lo embriagaba, y ella gritó su nombre cuando succionó fuerte. Lengüetazos rápidos, círculos lentos, mordidas suaves... cada sensación la llevaba más cerca del borde. Sus muslos temblaban, apretando la cabeza de él, y el sonido húmedo de su boca contra ella era obsceno y perfecto.
—Ven para mí, Jimena, déjame sentir cómo te corres —ordenó él, y eso bastó. El orgasmo la golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándola, el grito ahogado resonando en la sala. Juan no paró, prolongando el éxtasis hasta que ella lo jaló arriba, desesperada por sentirlo dentro.
Se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando de anticipación. Jimena la tomó en la mano, acariciándola con firmeza, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Él gruñó, un sonido animal que la excitó de nuevo. Se posicionó en su entrada, frotándose contra ella para lubricarse, y empujó lento, centímetro a centímetro.
El estiramiento era delicioso, llenándola por completo. Qué grande está el cabrón, pensó ella, mientras él se hundía hasta el fondo. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre pechos y pectorales. Sus respiraciones se sincronizaban, jadeos entre besos salados.
La intensidad subió. Juan la embestía fuerte ahora, el sofá crujiendo bajo ellos, piel contra piel en palmadas rítmicas. Ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que mañana recordaría con orgullo. Más duro, wey, rómpeme, le suplicaba con la mirada, y él obedecía, cambiando ángulos para golpear ese punto interno que la hacía ver estrellas.
El clímax se acercaba para ambos. Jimena sentía el calor acumulándose en su bajo vientre, el placer construyéndose como una ola gigante. Él aceleró, gruñendo contra su oído: —Me vengo contigo, mi amor, agárrate. Un último empujón profundo, y explotaron juntos. Ella se convulsionó alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se derramaba dentro en chorros calientes, el placer cegador borrando el mundo.
Se quedaron así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Juan besó su frente sudorosa, salada en los labios. —Eso fue mejor que cualquier telenovela, murmuró, saliendo despacio con un sonido húmedo.
Jimena sonrió, acurrucándose contra su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón. El tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 108, pero ya no importaba. En su hacienda, habían escrito su propio capítulo de pasión, uno que los uniría para siempre. El aroma de sus cuerpos amados llenaba el aire, y el sueño los venció envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches así.