Pasion y Poder Regina y David se Conocen
En el corazón de Polanco, donde las luces de los rascacielos besaban el cielo nocturno de la Ciudad de México, se llevaba a cabo la gala anual de la Cámara de Comercio. Regina Vargas, una mujer de treinta y cinco años con el porte de una reina azteca moderna, caminaba entre la multitud con un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas. Su cabello negro azabache caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos color miel escaneaban la sala como un halcón en busca de presas. Era dueña de una cadena de spas de lujo, una chingona en el mundo de los negocios, pero esa noche sentía un vacío que ni el champán francés podía llenar.
David López, el nuevo tiburón del sector inmobiliario, irrumpió en su radar cuando lo vio al otro lado del salón. Alto, de hombros anchos y una mandíbula cincelada que gritaba poder, vestía un traje negro impecable que parecía hecho a medida para resaltar su físico atlético. Sus ojos verdes, intensos como el jade de Taxco, se clavaron en ella durante su discurso sobre pasion y poder. Regina y David se conocen en ese instante, pensó ella, recordando el rumor que corría entre las mesas: él era el rival que acababa de comprar el edificio contiguo al suyo. La tensión era palpable, como el aire cargado antes de una tormenta en el desierto de Sonora.
Regina se acercó a la barra, pidiendo un tequila reposado con limón y sal. El aroma cítrico le picó la nariz, recordándole las noches locas de su juventud en Guadalajara. De repente, una voz grave y ronca la sacó de sus pensamientos.
—Qué buena sorpresa verte aquí, reina del imperio de los masajes. ¿Vienes a espiarme o a declararme la guerra?
Era él. David se inclinó ligeramente, su colonia cara —una mezcla de sándalo y bergamota— invadiendo su espacio personal. Regina giró la cabeza, oliendo su aliento fresco a menta, y le sonrió con picardía.
—Güey, si crees que soy de las que se rinden fácil, estás bien pendejo. Este terreno es mío, y tú solo eres el nuevo que quiere jugar a los grandes.
David rio, un sonido profundo que vibró en el pecho de Regina como un tambor taol. Sus dedos rozaron el dorso de su mano al tomar su copa, un toque eléctrico que le erizó la piel. Pasion y poder, murmuró ella para sí, mientras sus miradas se enzarzaban en un duelo silencioso. La química era innegable: él representaba el desafío que ella anhelaba, el poder que la encendía.
La noche avanzó con conversaciones cargadas de dobles sentidos. Hablaron de fusiones empresariales, pero cada palabra era un coqueteo disfrazado. Regina sentía el calor subiendo por su cuello, el roce accidental de sus rodillas bajo la mesa alta. David la observaba con hambre, sus pupilas dilatadas, inhalando el perfume de jazmín y vainilla que emanaba de su piel morena.
—Neta, Regina, eres una fuerza de la naturaleza. Me tienes intrigado. ¿Qué se siente tener tanto poder en unas manos tan suaves?
Ella se mordió el labio inferior, saboreando el gloss de cereza. —Ven y averígualo, David. Pero cuidado, quemo.
El ascensor del hotel contiguo los llevó al ático presidencial, un espacio de lujo con vistas al Ángel de la Independencia iluminado. La puerta se cerró con un clic suave, y el silencio se rompió con el primer beso. David la acorraló contra la pared de mármol fresco, sus labios capturando los de ella en una explosión de sabor a tequila y deseo. Regina jadeó, sintiendo la aspereza de su barba incipiente contra su mejilla suave, el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
Las manos de él exploraron su espalda, bajando hasta el zipper del vestido, que cedió con un zumbido metálico. El aire acondicionado besó su piel desnuda, erizándola, mientras ella tiraba de su corbata, deshaciendo el nudo con dedos temblorosos de anticipación. Regina y David se conocen de verdad ahora, pensó ella, mientras sus lenguas danzaban en un tango húmedo y ardiente.
Caíramos en la cama king size, las sábanas de hilo egipcio crujiendo bajo su peso. David se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por horas en el gym de Las Lomas, con vello oscuro que Regina recorrió con las uñas, dejando rastros rojos. Él gimió, un sonido gutural que reverberó en la habitación, oliendo a sudor masculino y excitación.
—Mamacita, qué rica estás —murmuró, bajando la boca a su cuello, lamiendo la sal de su piel. Regina arqueó la espalda, el placer como un rayo bajando por su espina dorsal. Sus pechos, plenos y firmes, se presionaron contra él, los pezones endurecidos rozando su pecho.
Ella lo volteó con una fuerza sorprendente, montándolo a horcajadas. —Aquí mando yo, carnal. Tú solo disfruta. —Sus caderas se mecían lentas, torturantes, sintiendo la dureza de su erección contra su centro húmedo. El aroma almizclado de su arousal llenaba el aire, mezclado con el de su perfume desvaneciéndose.
David la miró con ojos nublados de lujuria, sus manos amasando sus nalgas redondas. —Sí, jefa. Hazme tuyo. —Regina se inclinó, capturando un pezón en su boca, succionando con fuerza mientras sus dedos desabrochaban su pantalón. La polla de él saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su palma. Ella la acarició despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el precum salado en su lengua cuando lo probó.
El ritmo se aceleró. David la penetró con un empujón profundo, llenándola por completo. Regina gritó, el estiramiento exquisito, el roce de su vello púbico contra su clítoris hinchado. Se movían al unísono, piel contra piel chapoteando, sudados y jadeantes. El sonido de sus cuerpos uniéndose era obsceno, erótico, acompañado por gemidos en español mexicano crudo.
—¡Chíngame más duro, pendejo! —exigió ella, clavando las uñas en su espalda. Él obedeció, embistiéndola con poder animal, sus bolas golpeando su culo. Regina sentía el orgasmo construyéndose, una ola de calor desde su vientre, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él.
Internamente, luchaba con el control:
Este güey me tiene loca, pero no le voy a dar todo el poder. Somos iguales en esta pasion, se repetía, mientras el placer la desarmaba. David la volteó, poniéndola de rodillas, entrando por detrás con una mano en su cadera y la otra en su clítoris, frotando en círculos precisos.
El clímax la golpeó como un terremoto en la CDMX, su cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando las sábanas. Gritó su nombre, oliendo el sexo en el aire espeso. David la siguió segundos después, gruñendo como un león, llenándola con chorros calientes que se derramaban por sus muslos.
Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El afterglow los envolvió como una manta tibia. David la besó en la frente, su piel pegajosa y salada. —Neta, Regina, esto fue épico. Pasion y poder en estado puro.
Ella sonrió, trazando patrones en su pecho con un dedo. —Sí, carnal. Regina y David se conocen como nadie más. Pero mañana volvemos a ser rivales. ¿O no?
Él rio bajito, atrayéndola contra su cuerpo. La ciudad brillaba afuera, testigo de su unión. En ese momento, el poder no importaba; solo la conexión profunda, el fuego que habían encendido. Regina se durmió con su aroma envolviéndola, sabiendo que esto era solo el principio de algo más grande, más intenso.