Pasión Prohibida Capítulo 26 Fuego en la Piel
En las calles empedradas de Guadalajara, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el dulzor de las gardenias en flor, Sofia caminaba con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los galanes del barrio y una vida que, en la superficie, parecía perfecta: un buen trabajo en una galería de arte en el centro, amigas que la envidiaban y una familia que la presionaba para sentar cabeza. Pero en lo profundo, ardía pasión prohibida. Rodrigo, el socio más joven de su papá en el negocio de exportación de tequila, era el culpable. Treinta y cinco años, ojos color café torrado, manos callosas de tanto manejar botellas y un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio. Prohibido porque su papá lo veía como un hijo, y cualquier roce entre ellos sería el escándalo del año en esas familias tapatías donde las apariencias lo son todo.
Era viernes por la noche, y la fiesta en la hacienda familiar bullía de risas y copas de reposado. El sol se había puesto dejando un cielo púrpura, y las luces de las guirnaldas iluminaban los rostros sonrojados. Sofia se había puesto un vestido rojo ceñido que abrazaba sus senos generosos y bajaba hasta las rodillas, con un escote que dejaba ver el valle entre ellos. Se sentía poderosa, sexy, como una mamacita lista para conquistar. Pero cuando vio a Rodrigo cruzando el patio, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos veteados de venas, su pulso se aceleró. Órale, neta que está cañón, pensó, mordiéndose el labio inferior.
¿Por qué siempre me pasa esto con él? Cada mirada suya me hace mojar las panties sin tocarme. Es como si su olor, ese mezcal con tabaco, me entrara directo al clítoris.
Rodrigo se acercó con una sonrisa pícara, ofreciéndole una copa. —Salud, Sofi, dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar. Sus dedos rozaron los de ella al pasarle el vaso, un toque eléctrico que le erizó la piel de los brazos. El líquido ámbar bajó ardiente por su garganta, calentándole el vientre. Hablaron de tonterías: el nuevo embarque a Estados Unidos, la expo de arte donde ella expondría. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como tormenta en el horizonte. Sus ojos se devoraban: él notaba cómo sus pezones se endurecían bajo la tela fina, ella olía su colonia masculina mezclada con sudor fresco.
La noche avanzó, la banda tocaba cumbia rebajada que hacía mover las caderas de todos. Sofia bailó con primos y amigos, pero siempre sentía la mirada de Rodrigo clavada en su culo redondo. En un momento, él la sacó a la pista. Sus cuerpos se pegaron en el ritmo, su mano en la curva de su cintura, bajando apenas a la nalga. —Estás riquísima esta noche —murmuró en su oído, aliento caliente contra su cuello. Ella giró, presionando senos contra su pecho duro. —Cállate, pendejo, respondió juguetona, pero su coño palpitaba, húmedo, ansiando más.
El conflicto interno la carcomía. Pasión prohibida capítulo 26 de mi vida secreta, pensó, imaginando cómo lo escribiría en su blog anónimo, donde confesaba todo sin nombres. Su papá andaba por ahí, borracho de charlas de negocios, ajeno al fuego que ardía. ¿Y si los pillaban? Sería el chisme del año: la hija del patrón con el socio. Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Cuando la banda paró, Rodrigo la jaló hacia el jardín oscuro, detrás de los agaves altos.
Allí, bajo la luna llena que plateaba las hojas, la besó. No suave, no tímido: un beso hambriento, lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y menta. Sofia gimió, manos en su nuca, tirando de su cabello oscuro. Sus lenguas danzaban, chupándose, mordiéndose labios hinchados. Él la apretó contra un tronco áspero, su verga dura como fierro presionando su monte de Venus. —Te quiero desde la primera vez que te vi, Sofi —jadeó, bajando besos por su cuello, lamiendo el sudor salado. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en su espalda. El olor a tierra húmeda, jazmín y excitación llenaba el aire. Sus pechos dolían de ganas, pezones duros rozando el vestido.
La escalada fue imparable. Rodrigo desabrochó dos botones de su vestido, liberando un seno perfecto, rosado pezón erecto. Lo chupó con avidez, succionando fuerte, dientes rozando la areola. Sofia ahogó un grito, placer punzante bajando directo a su entrepierna empapada. —Ay, cabrón, sí así —susurró, piernas temblando. Sus manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo con prisa. La polla saltó libre: gruesa, venosa, cabeza brillante de precum. La envolvió con dedos ansiosos, masturbándolo lento, sintiendo el pulso caliente. Él gruñó, empujándola al suelo mullido de hierba.
Se tumbaron, vestidos revueltos. Sofia encima, montándolo como reina. Le quitó la camisa, lamiendo su pecho lampiño, pectorales firmes con olor a hombre sudado. Bajó besando abdominales marcados, hasta llegar a la verga tiesa. La lamió desde la base, lengua plana recorriendo venas, saboreando sal y almizcle. Rodrigo jadeaba, manos en su pelo: —Chúpamela, mi amor, neta que eres una diosa. Ella obedeció, engulléndola hasta la garganta, babas goteando, succionando con hambre. El sonido húmedo de su boca, gemidos roncos, viento susurrando en las hojas —todo sensorial, abrumador.
Pero quería más. Se levantó, quitándose el vestido entero, quedando en tanga negra empapada. Rodrigo la volteó, poniéndola a cuatro patas. Le bajó la tanga, exponiendo su culo prieto y coño hinchado, labios mayores jugosos. —Estás chorreando, Sofi —dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos en su punto G. Ella gritó bajito, paredes vaginales contrayéndose, jugos resbalando por muslos. Él lamió su ano fruncido, lengua juguetona, luego chupó clítoris hinchado como cereza. Sofia se retorcía, orgasmos pequeños construyéndose, olor a sexo fuerte en el aire nocturno.
La tensión psicológica ardía: Esto es prohibido, pero qué chingón se siente. Recordaba las miradas robadas en cenas familiares, toques accidentales que la dejaban mojadísima. Ahora, real. Rodrigo se posicionó, cabeza de verga en su entrada resbaladiza. —Dime si quieres que pare —preguntó, voz ronca de respeto. —No pares, métemela toda, pendejo —exigió ella, empalándose hacia atrás. Entró de un jalón, llenándola hasta el fondo. Gimiendo sincronizados, él embistió fuerte, bolas golpeando clítoris, piel contra piel chapoteando.
El ritmo creció: lento primero, saboreando cada centímetro, luego salvaje. Sofia clavaba rodillas en tierra, senos balanceándose, sudor perlando su espalda. Él la jalaba pelo suave, azotando nalga con palmada que resonó. —Eres mía esta noche —gruñía. Ella respondía arqueando más, coño apretando su polla como guante caliente. El clímax se acercaba: pulsos acelerados, alientos jadeantes, mundo reduciéndose a fricción deliciosa. De repente, explotó. Sofia gritó, orgasmo arrasándola en olas, paredes convulsionando, squirtando jugos calientes. Rodrigo la siguió, corriéndose profundo, semen caliente inundándola, gruñendo como animal.
Colapsaron, entrelazados en hierba fresca, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aire olía a sexo satisfecho, tierra y tequila lejano. Rodrigo la besó suave, acariciando su cabello revuelto. —Esto no fue un error, Sofi. Quiero más. Ella sonrió, dedo trazando su pecho. Pasión prohibida capítulo 26: el inicio de algo imparable, pensó, sabiendo que el blog explotaría con detalles velados.
Se vistieron entre risas culpables, arreglando arrugas. Volvieron a la fiesta como si nada, pero sus miradas decían todo. Bailaron pegados, manos secretas en cinturas, promesas mudas. Esa noche, en su cama sola, Sofia se tocó recordando, dedos en coño sensible, llegando a otro orgasmo pensando en él. La prohibición solo avivaba el fuego. Mañana, las miradas en la oficina de su papá serían tortura deliciosa. Pero valía cada riesgo, cada latido desbocado. En Guadalajara, bajo estrellas indiferentes, su pasión prohibida acababa de renacer, lista para más capítulos ardientes.