La Película Completa de la Pasión de Cristo que Nos Desató
Era una noche de esas que caen en el DF como plomo, con lluvia golpeando las ventanas del depa en la Condesa. Yo, Luis, y mi morra Ana nos echamos en el sillón, con unas chelas frías y el laptop listo. Órale, dijo ella, acomodándose contra mi pecho, su pelo negro oliendo a shampoo de coco y algo más, ese aroma suyo que me pone como moto. "Vamos a ver la película completa de la pasión de cristo, carnal, la que renta en el streaming pirata. Dicen que es bien intensa". Neta, no sé por qué elegimos eso, pero su voz ronca, con ese acento chilango que me calienta, ya me tenía la verga medio parada.
Apagué las luces, solo el brillo de la pantalla iluminando su piel morena, esas curvas que se marcan bajo el suéter flojo. El sonido de la lluvia se mezclaba con los primeros acordes graves de la peli, esa música que te eriza la piel. Ana se acurrucó más, su nalga rozando mi entrepierna, y yo simón, la abracé por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo filtrarse por la tela. Internamente pensaba: Esta wey me va a matar esta noche, con esa vibra de pasión religiosa que no sé si es devoción o pretexto pa' lo nuestro.
La película arrancó con Jesús en el huerto, sudando sangre, esa agonía que te aprieta el pecho. Ana suspiró, su mano bajando despacito por mi muslo. "¿Sientes eso? Esa intensidad...", murmuró, sus dedos trazando círculos que mandaban chispas directo a mi pito. Yo tragué saliva, el sabor de la chela todavía en la lengua, y le contesté bajito: "Sí, morra, pero la tuya es la que me tiene loco". El aire se cargaba, olía a su perfume mezclado con el mío, sudor fresco empezando a brotar.
Avanzaba la historia, los latigazos sonando como truenos, crack, crack, y Ana se removía inquieta. Su respiración se aceleraba, pechugonas subiendo y bajando. Yo no aguanté, metí la mano bajo su blusa, tocando esa piel suave como seda caliente, el ombligo redondito. Ella giró la cara, ojos brillando en la penumbra, y me besó. ¡Qué beso, wey! Lenguas enredadas, sabor a cerveza y miel de su boca, dientes rozando suave. La película seguía, pero ya éramos nosotros los protagonistas.
Pienso en cómo esta pasión de Cristo nos está prendiendo el fuego, como si el dolor de él despertara el placer en nosotros. Neta, qué chingón.
Acto seguido, la escena de la corona de espinas. Ana jadeó, no por la peli, sino porque yo le pellizcaba un pezón endurecido bajo el bra. "Luisito, no pares", susurró, voz temblorosa. Le quité el suéter de un jalón, quedando en brassiere negro que apenas contenía esas tetas firmes. Yo me desabotono la playera, pecho desnudo contra su espalda, mi verga dura presionando sus nalgas. El olor a excitación subía, ese almizcle dulce entre sus piernas que ya se notaba.
La pausa natural llegó cuando Cristo cargaba la cruz, sudor y sangre en pantalla. Ana se volteó, me quitó el cinturón con dientes, riendo pícara: "Pendejo, mírate, todo empalmado por una peli religiosa". Le bajé los leggings, revelando tanga roja empapada. Toqué su panocha por encima, caliente, resbalosa. Ella gimió, sonido gutural que ahogó los gritos de la película. Nuestras bocas se devoraban, lenguas lamiendo cuellos, salado sudor en la piel.
Nos paramos un segundo, desnudándonos mutuo. Su cuerpo perfecto, caderas anchas, muslos fuertes de tanto gym. Yo, flaco pero marcado, verga tiesa apuntando al cielo. Caímos al sillón, ella encima, frotándose contra mí. "Te quiero adentro, carnal", dijo, ojos en llamas. Pero no, yo quería alargar, saborear. La besé del ombligo pa' abajo, inhalando su aroma íntimo, mezcla de jabón y jugos. Lengua en su clítoris, chupando suave, luego fuerte. Ana arqueó la espalda, uñas en mi cabeza, gritando: "¡Ay, cabrón, qué rico!" Sus jugos en mi boca, dulces como mango maduro.
La película seguía de fondo, clavos en las manos, pero nosotros en nuestro calvario de placer. La volteé, de rodillas en el sillón, nalga en pompa. Le lamí el culo, dedo en su ano juguetón, mientras metía dos en la concha. Ella temblaba, "Más, wey, no pares". Mi verga palpitaba, venas hinchadas, pre-semen goteando. La penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante caliente. "¡Sí, Luis, así!", chilló, empujando pa' atrás.
Empecé el vaivén, lento al principio, piel chocando paf paf, sudor volando. El sonido de la lluvia intensificaba todo, como tambores tribales. Sus tetas se meneaban, yo las amasaba desde atrás, pellizcando pezones. Interno: Esta morra es mi Cristo, mi pasión completa, me lleva al éxtasis. Aceleré, bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose al ritmo. Olor a sexo puro, intenso, embriagador.
Siento su concha ordeñándome, cada embestida un latigazo de placer que duele rico.
Cambié posición, misionero en el piso, alfombra áspera en mi espalda pero qué importaba. Ana encima ahora, cabalgándome como jineteza. Sus caderas girando, verga entrando hasta el fondo, matriz besando la punta. "Te amo, pendejito", jadeó, besos salados. Yo desde abajo, chupando tetas, mordiendo suave. La tensión subía, sus muslos temblando, mi orgasmo acechando.
La película llegaba al clímax, Cristo en la cruz, grito final. Nosotros también. "Me vengo, carnal", avisó ella, concha contrayéndose en espasmos. Yo exploté dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables. Gritos mezclados con la banda sonora, cuerpos convulsionando. Sudor por todos lados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.
Quedamos tirados, ella sobre mí, verga ablandándose aún adentro. La lluvia amainaba, película acabando en créditos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Esa película completa de la pasión de cristo nos armó la nuestra, ¿verdad?", rio Ana, dedo trazando mi pecho. Yo asentí, oliendo nuestro amor en el aire. Neta, pensé, esto fue más que sexo, fue redención en carne viva, nuestra propia cruz de placer compartida.
Nos levantamos despacio, ducha juntos después, agua caliente lavando fluidos, manos explorando de nuevo pero tiernas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, ella dormida en mi hombro. Yo velaba, recordando cada roce, cada gemido. Mañana sería otro día, pero esta noche de pasión nos marcó pa' siempre, como un tatuaje invisible en el alma.