Relatos Eroticos
Inicio DOMINACIÓN Pasión Prohibida Película de Deseos Pasión Prohibida Película de Deseos

Pasión Prohibida Película de Deseos

7545 palabras

Pasión Prohibida Película de Deseos

Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en el corazón de la Ciudad de México, en una colonia chida como Polanco donde todo brilla pero adentro de mi casa todo es rutina pura. Mi marido, un contador bien pinche formal, llega tarde del trabajo y ni me mira. Neta, ya estaba harta de esa vida de casada aburrida. Un día, caminando por la avenida, vi un cartel enorme: Pasión Prohibida Película, una producción independiente que buscaba extras para escenas calientes. Órale, pensé, ¿por qué no? Siempre quise ser actriz, aunque sea de mentiritas.

Llegué al set en un warehouse reciclado en la Narvarte, con ese olor a café de máquina y sudor fresco de los técnicos. El director, un morro flaco con barba hipster, me miró de arriba abajo. "Tú vas perfecta para la escena de la tentación", me dijo. Pero quien me dejó con el alma en un hilo fue Marco, el galán principal. Alto, moreno, con ojos cafés que te desnudan y un cuerpo marcado por horas en el gym. Era el tipo de carnal que te hace mojar con solo una sonrisa.

¿Qué chingados estoy haciendo aquí? Estoy casada, pendeja. Pero su mirada... neta, me quema.

La primera toma fue sencilla: yo como la vecina prohibida, él el esposo infiel de al lado. Nos miramos en el balcón falso, con la luz de neón simulando la noche regia. Su mano rozó la mía al tomar el vaso de tequila falso. Sentí su piel caliente, áspera por el trabajo, y un escalofrío me recorrió la espalda. Olía a colonia cara mezclada con hombre puro, ese aroma terroso que te enreda las piernas.

Entre tomas, charlamos. "Esta pasión prohibida película va a ser un hit, Ana. Es sobre romper reglas, sobre desear lo que no puedes tener", me dijo Marco, con voz ronca que vibraba en mi pecho. Le conté de mi vida gris, y él de la suya: soltero empedernido, pero con un ex que lo dejó hecho mierda. La química era evidente, como chispas en pólvora. El director gritaba "¡Corten!" y nosotros seguíamos conectados, rozándonos "accidentalmente".

Al día siguiente, me invitó a un ensayo privado en su depa en la Roma. "Para pulir la escena del beso", dijo. Llegué nerviosa, con un vestido negro ajustado que me hacía sentir rica. Su lugar era un oasis: velas aromáticas a vainilla, música de Natalia Lafourcade de fondo bajita, y una botella de mezcal artesanal. Tomamos un trago, el líquido quemándome la garganta, dulce y ahumado.

Empezamos el ensayo. "Acción", dijo él riendo. Me acercó a la pared, su cuerpo pegado al mío. Sentí su pecho duro contra mis tetas, su aliento caliente en mi cuello. Su verga ya se notaba tiesa contra mi muslo, pensé, y mi concha se humedeció al instante. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, explorando. Sabía a mezcal y deseo puro. La lengua suya invadió mi boca, juguetona, y yo gemí bajito, un sonido que no pude controlar.

Esto es la pasión prohibida película hecha real. No puedo parar, no quiero parar. Mi marido que se joda.

Las manos de Marco bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva. "¿Estás mojada, Ana?", murmuró contra mi oreja, su voz como terciopelo rasposo. "Neta que sí, cabrón", le respondí, juguetona, usando el slang que nos unía como mexicanos de pura cepa. Lo empujé al sofá, montándome encima. Le quité la playera, besando su pecho salado, lamiendo sus pezones duros. Él gruñó, un sonido animal que me erizó la piel.

Sus dedos se colaron bajo mi falda, encontrando mis calzones empapados. "Qué chingón, estás chorreando por mí", dijo, frotando mi clítoris con círculos lentos. El placer era eléctrico, oleadas que me hacían arquear la espalda. Olía a nuestra excitación, ese musk almizclado que llena el aire. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y la chupé despacio, saboreando el precum salado en mi lengua.

Marco me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me desnudó con urgencia, besando cada centímetro: mis tetas llenas, mi ombligo, bajando hasta mi concha depilada. Su lengua ahí fue el paraíso: lamidas largas, succionando mi clítoris hinchado. "¡Ay, Marco, no pares, pendejo!", grité, mis caderas moviéndose solas. El sonido de mis jugos chupados por él era obsceno, húmedo, perfecto.

Lo volteé, queriendo cabalgarlo. Me senté en su verga, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Qué rico, tan grueso, partiéndome en dos, pensé mientras rebotaba. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, rápido, fuerte. Sudábamos juntos, piel resbalosa, corazones latiendo como tambores. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo lo montaba, mordisqueando suave.

Esto es mejor que cualquier pasión prohibida película. Es nuestro secreto, nuestra película privada.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome con fuerza controlada. Cada estocada tocaba mi punto G, mandándome al borde. "Córrete conmigo, Ana, déjame sentirte apretarme", jadeó. El clímax llegó como tsunami: mi concha contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre, uñas clavadas en su espalda. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como bestia, llenándome hasta rebosar.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteaba entre mis muslos, cálido y pegajoso. Besos suaves post-sexo, caricias en el pelo. "Esto no fue ensayo, ¿verdad?", dijo riendo bajito. "Neta que no, carnal. Fue la escena más chingona de mi vida", respondí, sintiéndome viva por primera vez en años.

Los días siguientes fueron puro fuego. Ensayábamos escenas de la pasión prohibida película en su depa, pero siempre terminábamos follando como posesos: en la ducha con agua caliente cascando sobre nosotros, en la cocina contra la isla de granito frío, oliendo a comida mexicana que preparábamos después. Usábamos condones ahora, por si las dudas, pero la conexión era más que física. Hablábamos de sueños: yo quería dejar mi matrimonio gris, él de viajar a Oaxaca a filmar su siguiente hit.

Una noche, después de una sesión donde me ató las manos con su corbata de seda –jugando a la sumisión consensual–, nos recostamos mirando las estrellas desde su terraza. El aire fresco de la CDMX nos envolvía, con lejano bullicio de cláxones y mariachis callejeros. "¿Y tu marido?", preguntó. "Se lo diré. Esto es real, Marco. Tú eres mi pasión prohibida hecha carne", le dije, besándolo lento.

La película se estrenó en un cine indie de la Condesa, llena hasta el tope. Ahí estaba yo en la pantalla grande, fingiendo deseo, pero el público aplaudía sin saber que nuestra escena real era mil veces más intensa. Al salir, tomados de la mano en la oscuridad, supe que esto era solo el principio. La pasión prohibida película nos unió, pero nuestro amor era la secuela imparable.

Ahora vivo con él, follando cada amanecer con el sol colándose por las cortinas, sintiendo su piel contra la mía, oliendo a café y sexo. Mi vida ya no es rutina; es una película erótica sin fin, con él como mi galán eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.