Pasión por el Cliente
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan las fachadas de cristal y el aroma a café recién molido se mezcla con el perfume caro de los transeúntes, está El Oasis, mi refugio diario. Soy Ana, una chava de veintiocho años que lleva tres años dando masajes en este spa de lujo. No es cualquier curro: aquí vienen ejecutivos, actrices y hasta algún futbolista famoso. Pero nada me preparó para él. Diego. Mi cliente favorito, aunque al principio solo era el cliente.
La primera vez que lo vi fue un martes de lluvia torrencial. Entró empapado, con esa camisa blanca pegada al torso musculoso, el cabello negro revuelto y una sonrisa que me hizo temblar las rodillas. "Órale, Ana, sálvame de este día de la chingada", dijo con esa voz grave que parecía ronronear. Olía a colonia cara y a lluvia fresca, un combo que me revolvió las tripas. Le di el masaje de rutina: aceites calientes deslizándose por su espalda, mis manos firmes deshaciendo nudos. Pero neta, cada roce era eléctrico. Sentía su piel caliente bajo mis dedos, el subir y bajar de su respiración, y un calor traicionero entre mis piernas.
¿Qué pedo conmigo? Es solo un cliente, pendeja. Profesiónales, ¿recuerdas? Pero esa pasión por el cliente... ay, wey, ya se me está saliendo de control.
Volvió cada semana. Siempre pedía mi turno. Hablábamos de todo: del tráfico infernal de Reforma, de tacos al pastor en la esquina, de cómo el estrés lo mataba en su oficina de la colonia Juárez. Yo le contaba de mi vida, de cómo dejé Guadalajara por la ciudad para "hacerla en grande". Sus ojos cafés me devoraban mientras charlábamos en la penumbra del cuarto de masajes, con velas de vainilla parpadeando y música suave de mariachi moderno de fondo.
Una noche de viernes, el spa estaba casi vacío. Diego llegó tarde, con el traje arrugado y los hombros tensos como cables. "Hoy necesito algo más fuerte, Ana. ¿Me ayudas?" Su mirada era fuego puro. Le preparé la mesa con aceites de jazmín, ese olor dulce que invade todo y te pone la piel de gallina. Cuando se quitó la camisa, vi el tatuaje en su pecho: un águila devorando una serpiente, bien mexicano. Mis manos temblaron al untar el aceite, resbaloso y tibio, sobre su piel. Deslicé los pulgares por su espinazo, sintiendo cada músculo contraerse y relajarse. Él gimió bajito, un sonido ronco que me mojó las bragas al instante.
"¿Te gusta?", murmuró, volteando la cara. Su aliento cálido rozó mi antebrazo. "Mucho", respondí, mi voz salida de ultratumba. La tensión crecía como tormenta en el DF: el aire pesado, el sudor perlando su nuca, el latido de mi corazón retumbando en mis oídos. Me acerqué más, mis senos rozando su espalda accidentalmente –o no tanto–. Él se giró despacio, quedando sentado en la mesa, sus manos fuertes tomándome la cintura.
"Ana, neta que me traes loco. Esta pasión por el cliente que dices tener... ¿es mutua?" Su confesión me dejó sin aire. Lo miré, sus labios carnosos entreabiertos, el pecho subiendo y bajando. "Sí, wey. Desde el primer día", admití, y lo besé. Fue como explotar: su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo, sus manos subiendo por mi blusa del uniforme, arrancándomela con urgencia. Olía a hombre puro, a testosterona y jazmín mezclado. Mis pezones se endurecieron contra su torso, duros como piedras.
Lo empujé de vuelta a la mesa, trepándome encima. Sus dedos desabrocharon mi bra, liberando mis chichis que él lamió con hambre, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. "¡Ay, cabrón!", gemí, arqueándome. Sentía su verga tiesa presionando contra mi entrepierna a través del pantalón. La froté con descaro, sintiendo su grosor, su calor palpitante. "Quítate todo", ordené, y él obedeció, bajándose los pantalones. Su pito saltó libre, venoso y grueso, la cabeza brillando de pre-semen. Lo tomé en mi mano, suave piel sobre hierro, y lo masturbé lento, oyendo sus jadeos entrecortados.
No puedo creerlo. El cliente que me hacía soñar despierta, ahora aquí, mío. Esta pasión es real, no un juego.
Me quité el resto de la ropa, quedando en tanga empapada. Él la corrió a un lado, sus dedos explorando mi panocha resbaladiza. "Estás chingada de mojada, mamacita", gruñó, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, cabalgando su mano mientras lo besaba, mordiendo su labio inferior. El cuarto olía a sexo: almizcle, sudor, aceites. El sonido de mis jugos chapoteando con sus embestidas digitales era obsceno, delicioso.
"Te quiero adentro", susurré, posicionándome sobre él. Bajé despacio, su verga abriéndose paso en mi calor apretado. Inch por inch, lo sentí llenarme, estirándome hasta el fondo. "¡Qué chingón!", exclamó, sus caderas empujando arriba. Empecé a moverme, rebotando con ritmo, mis nalgas chocando contra sus muslos en palmadas húmedas. Él me agarraba las caderas, guiándome más fuerte, más profundo. Sudábamos juntos, piel resbalosa, pechos saltando. Incliné la cabeza y lamí su cuello salado, saboreando su esencia masculina.
La intensidad subió como el volcán Popo en erupción. Cambiamos: él me puso de perrito sobre la mesa, entrando de nuevo con un thrust brutal que me arrancó un grito. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida, sus manos amasando mis pompis. "¡Más, Diego, cógeme más duro!" suplicaba yo, perdida en el placer. Él aceleró, gruñendo como animal, una mano bajando a frotar mi botón hinchado. El orgasmo me golpeó como rayo: olas de éxtasis convulsionándome, mi coño apretándolo como vicio, chorros de placer escapando.
Él no tardó: con un rugido gutural, se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, su verga aún latiendo en mi interior. El aroma a semen y jazmín lo llenaba todo, mezclado con nuestro sudor. Me volteó y me besó tierno, sus dedos acariciando mi cabello revuelto.
Después, envueltos en toallas suaves, nos sentamos en el piso del cuarto, riéndonos bajito. "Esto fue la neta, Ana. No solo pasión profesional", dijo, besándome la frente. Yo asentí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo lujuria. "Es más, wey. Tú y yo, fuera de aquí". Salimos del spa tomados de la mano, la noche de Polanco envolviéndonos con su brisa tibia y promesas. Esa pasión por el cliente se convirtió en algo eterno, en tacos de madrugada y besos robados en Insurgentes.
Desde esa noche, cada masaje es un preludio. Pero ya no es solo trabajo: es nuestro ritual, nuestro fuego que no se apaga. Y neta, qué chido es encontrar pasión donde menos lo esperas.