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Como Encontrar Mi Pasion

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Como Encontrar Mi Pasion

Estaba harta de la rutina, neta. Cada día en mi departamentito en la Condesa era lo mismo: café negro, chamba en la agencia de publicidad, y noches sola con Netflix y un vaso de vino tinto. Tenía treinta y tantos, un cuerpo que todavía volteaba cabezas en la calle, pero algo me faltaba. ¿Cómo encontrar mi pasión? Me preguntaba eso mientras me arreglaba frente al espejo, poniéndome un vestido rojo ceñido que realzaba mis curvas, el escote justo para tentarlo a cualquiera. Esa noche decidí salir a bailar salsa en el Salón Los Ángeles, ese lugar legendario donde el sudor y la música te hacen olvidar todo.

El aire estaba cargado de humo de cigarro y perfume barato cuando entré. La banda tocaba un mambo furioso, trompetas chillando, congas retumbando en el pecho como un corazón acelerado. Me abrí paso entre la gente, sintiendo miradas calientes sobre mi piel morena. Pedí un ron con cola en la barra, el hielo crujiendo al chocar con el vidrio, y ahí lo vi. Diego, alto, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes, tatuajes asomando como promesas. Nuestras ojos se cruzaron y sonrió, esa sonrisa pícara que dice "te voy a comer con los ojos".

—¿Bailas? —me dijo acercándose, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

—Órale, carnal, enséñame —le contesté coqueta, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Sus manos en mi cintura fueron como electricidad. Me jaló contra su cuerpo, duro y cálido, mientras girábamos al ritmo. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te pone la piel de gallina. Mi falda se subía un poco con cada giro, sus dedos rozando mi muslo desnudo.

Esto es, pensé, el principio de algo chingón. ¿Cómo encontrar mi pasión? Tal vez bailando pegadita a este vato.
Reía nerviosa, mi aliento entrecortado contra su cuello, el roce de su barba incipiente en mi mejilla.

Después de tres canciones, sudados y jadeantes, nos sentamos en una mesita al fondo. Pedimos chelas frías, el vidrio empañado por el contraste con el calor del salón. Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de cómo la vida te avienta madrazos pero también regalos. Él era carpintero, hacía muebles a mano en Coyoacán, con manos callosas que prometían caricias expertas.

—Neta, Ana, se te nota que buscas algo más —me dijo mirándome fijo, sus ojos cafés como chocolate derretido.

—Sí, güey. Ando pensando cómo encontrar mi pasión. La chamba, los ex, todo me tiene hasta la madre —confesé, sintiendo un nudo en la garganta, pero liberador.

Su mano cubrió la mía, áspera y tibia, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. Chin, ya estoy mojada, pensé, cruzando las piernas para disimular el pulso acelerado ahí abajo.

La noche avanzó, bailamos más pegados, sus caderas presionando las mías en un roce deliberado. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como madera tallada por sus propias manos. Mi chichi rozaba su pecho con cada paso, pezones duros pidiendo atención. Cuando sonó un bolero lento, me abrazó por la espalda, su aliento en mi oreja:

—Ven a mi casa, morra. Te enseño cómo encontrar tu pasión de verdad.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Sí, carajo, dije en mi mente, y asentí con la cabeza, labios entreabiertos.

Salimos al fresco de la madrugada, el smog de la ciudad oliendo a tierra mojada por una llovizna reciente. Su troca vieja rugió por las calles empedradas de la Roma, mi mano en su muslo, sintiendo el calor irradiar. Llegamos a su taller-loft, madera por todos lados, olor a cedro y barniz fresco. Me sirvió un tequila reposado, el líquido ámbar quemando dulce la garganta.

Nos besamos ahí mismo, contra la puerta. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con hambre, saboreando a ron y deseo. Gemí bajito cuando sus manos subieron mi vestido, amasando mis nalgas firmes. Qué rico se siente esto, pensé, mientras le quitaba la camisa, lamiendo su pecho salado, pezones oscuros endureciéndose bajo mi lengua.

Me llevó a la cama king size que él mismo había armado, colchón mullido hundiéndose bajo nuestro peso. Desnuda ya, mi piel canela brillando bajo la luz tenue de una lámpara de lava, él se arrodilló entre mis piernas. Besó mi interior de muslos, lento, torturante, su aliento caliente rozando mi concha depilada y húmeda. Olía a mí, a excitación almizclada, y él inhaló profundo.

—Qué chingona estás, Ana —murmuró, antes de lamer mi clítoris hinchado.

¡Ay, Dios! Su lengua era fuego líquido, chupando, girando, metiendo dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto G. Mis caderas se arqueaban solas, uñas clavándose en su cabello negro revuelto. Sonidos obscenos llenaban el cuarto: mis jadeos roncos, el chapoteo de su boca en mi jugo, su gruñido de placer.

Esto es la pasión, neta. Ya la encontré, cabrón.
El orgasmo me dobló, olas y olas rompiendo, gritando su nombre mientras temblaba entera, sudor perlando mi frente.

No paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo la curva de mi espinazo hasta el culo. Su verga, gruesa y venosa, rozaba mi entrada, pidiendo permiso con cada roce. Asentí, ansiosa:

—Métemela, Diego. Quiero sentirte todo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, el ardor inicial convirtiéndose en plenitud. Sus embestidas empezaron suaves, piel contra piel cacheteando, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, sudor mezclado con nuestro aroma único. Agarró mis caderas, acelerando, mi chichi rebotando con cada choque.

—¡Más fuerte, pendejo! —le grité juguetona, y él obedeció, follándome como animal, pero con ternura en los ojos.

Cambié de posición, cabalgándolo ahora. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo su pija tocar fondo. Miraba su cara de éxtasis, músculos tensos, venas saltando en el cuello. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, él llenándome con chorros calientes, rugiendo mi nombre. Colapsamos, pegajosos y felices, su semen goteando entre mis piernas.

Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas de lino. Me besó la frente, suave.

—¿Encontraste tu pasión, reina?

Sonreí, trazando su pecho con el dedo. Cómo encontrar mi pasión: bailando, riendo, follando con el alma abierta. Ya no era una pregunta, era mi realidad.

Salimos a desayunar tamales y atole en un puesto callejero, manos entrelazadas. La ciudad bullía a nuestro alrededor, pero yo me sentía viva, empoderada, dueña de mi fuego interior. Diego sería parte de esto, o no, pero la pasión ya era mía. Chingona y eterna.

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