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Señor Dios Que Nos Dejaste La Señal De Tu Pasión

6437 palabras

Señor Dios Que Nos Dejaste La Señal De Tu Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con ese calor pegajoso de mayo que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, acababa de salir de mi chamba en la agencia de publicidad, con el cuerpo tenso por el estrés del día. Me metí a un bar chido en Masaryk, de esos con luces tenues y música lounge que te hace sentir que el mundo es tuyo. Pedí un tequila reposado, puro, con limón y sal, y ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo la luz. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y un collar de plata que colgaba justo en el pecho.

Órale, qué buena onda que pides tequila como Dios manda, me dijo con una sonrisa pícara, sentándose a mi lado sin pedir permiso. Su voz era grave, como un ronroneo que me erizó la piel.

Charlamos de todo: de la pinche tráfico de Reforma, de lo chido que es Guadalajara donde él creció, de cómo la vida en la CDMX te come viva si no le pones sabor. Su olor, una mezcla de colonia cara y sudor fresco, me llegó directo al cerebro. Sentí un cosquilleo entre las piernas, de esos que te hacen apretar los muslos sin querer. Neta, desde el primer trago compartido, supe que esa noche no iba a dormir sola.

¿Por qué carajos me prende tanto este wey? Es como si su mirada me desnudara poquito a poquito.

Salimos del bar tomados de la mano, riendo como pendejos. Caminamos hasta su depa en una torre con vista al skyline. El elevador subía lento, y él me acorraló contra la pared, su boca rozando mi cuello. Sentí su aliento caliente, olía a tequila y a hombre. Me mordió suave la oreja, y un gemido se me escapó sin remedio.

Quiero comerte entera, Ana, murmuró, y sus manos ya estaban bajo mi blusa, acariciando mi cintura. Mi piel ardía bajo sus dedos ásperos, callosos de tanto gym y quién sabe qué más.

Entramos al depa, un lugar minimalista con muebles de diseño y velas aromáticas que olían a vainilla y jazmín. Me quitó la blusa con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel que liberaba. Yo le desabotoné la camisa, y ahí lo vi: en su pecho, un tatuaje en tinta negra, elegante, que decía Señor Dios que nos dejaste la señal de tu pasión. Era una frase religiosa, de esas que escuchas en misas rancheras, pero en él lucía como un grito pagano, un recordatorio de deseo divino.

¿Qué significa eso? pregunté, trazando las letras con la lengua, saboreando el salado de su piel sudada.

Es de mi abuelita, pero para mí es la marca de la pasión que nos deja la vida. Como esta que te voy a dejar a ti, respondió, y me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size.

Acto uno del deseo: exploración. Nos desnudamos mutuamente, lentos, saboreando. Su cuerpo era una escultura, músculos duros bajo piel morena, vello oscuro en el pecho que bajaba hasta su verga erecta, gruesa y palpitante. Yo me sentía reina, curvas generosas que él devoraba con los ojos. Me recostó en las sábanas de algodón egipcio, frescas contra mi espalda caliente. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando, dejando huellas rojas que dolían rico. Lamió mis pezones, duros como piedras, mordisqueando hasta que arqueé la espalda, jadeando.

El aire se llenó de nuestro olor: mío, almizcle femenino mezclado con perfume floral; el suyo, masculino, terroso. Sus manos masajearon mis muslos, abriéndolos con ternura. Metió un dedo en mi concha ya empapada, y gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

¡Puta madre, qué bien se siente! Como si cada roce fuera electricidad pura.

En el medio del fuego: escalada. Javier se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada, caliente y pesada. Me miró a los ojos, pidiendo permiso sin palabras. Asentí, clavándole las uñas en los hombros.

Entra despacio, mi amor. Quiero sentirte todo.

Empujó suave, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Estaba tan mojada que resbaló adentro fácil, llenándome hasta el fondo. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnaba la habitación. Él aceleró, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Yo le arañé la espalda, dejando surcos rojos, y mordí su hombro, saboreando el sudor salado.

¡Más fuerte, cabrón! Dame todo, le exigí, y él obedeció, follando con pasión animal pero controlada. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, su tatuaje brillando bajo el sudor. Le lamí las palabras grabadas en su piel, susurrando Señor Dios que nos dejaste la señal de tu pasión como un mantra erótico. Él gruñó, manos en mis caderas guiándome, pulsos acelerados latiendo juntos.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentí la presión en mi vientre, ese nudo apretándose. Él jadeaba en mi oído:

Me vengo, Ana... contigo.

Explotamos al unísono. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, chorros calientes llenándome mientras yo gritaba, olas de placer sacudiendo mi cuerpo. Él rugió, clavándose hondo, el semen brotando en espasmos. Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

Después, en la calma, el afterglow. Yacíamos pegados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Besé su tatuaje de nuevo, y él trazó un dedo por mi cuello, donde había dejado una marca morada, hinchada, sensible al toque.

Mira, la señal de mi pasión en ti. Señor Dios que nos dejaste la señal de tu pasión, dijo riendo bajito, besando el chupetón.

Yo sonreí, sintiéndome poderosa, deseada. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el desorden, manos explorando de nuevo pero suaves. Secos, envueltos en toallas, compartimos un cigarro en el balcón, viendo las luces de la ciudad parpadear como estrellas caídas.

Esta noche cambió algo en mí. No fue solo sexo, fue conexión, pasión divina tatuada en el alma.

Al amanecer, nos despedimos con promesas de más. Salí a la calle, el sol tibio en mi piel marcada, recordando cada roce, cada gemido. La señal de su pasión ardía en mí, un secreto ardiente bajo la ropa. Neta, la vida sabe a gloria cuando te deja su huella.

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