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Pasión de Gavilanes Capítulo 130 Fuego Prohibido

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Pasión de Gavilanes Capítulo 130 Fuego Prohibido

La noche en la hacienda de Guadalajara caía como un manto caliente y pegajoso, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire y el lejano relincho de los caballos rompiendo el silencio. Yo, Gabriela, estaba recostada en la enorme cama king size, con las sábanas de algodón egipcio rozando mi piel desnuda bajo el camisón de seda roja que Víctor tanto adoraba. Habíamos cenado tacos al pastor con piña chamuscada y una botella de tequila reposado que nos dejó la garganta ardiente y el cuerpo pidiendo más. Neta, este hombre me trae loca, pensé mientras lo veía entrar al cuarto, su camisa blanca desabotonada dejando ver ese pecho moreno y musculoso que olía a jabón de lavanda y sudor fresco.

Órale, Gabi, ¿ya estás lista pa’l desmadre? —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, quitándose la camisa de un jalón y lanzándola al piso de madera que crujió bajo sus botas vaqueras.

En mi mente, repasaba la escena de Pasión de Gavilanes capítulo 130 que acabábamos de ver en la tele del comedor. Esa pasión salvaje entre los amantes, el roce prohibido, el deseo que explota como volcán. Yo quiero eso, me dije, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos.

Me incorporé despacio, dejando que el camisón se deslizara un poco por mi hombro, revelando la curva de mi seno. Él se acercó, sus ojos cafés clavados en mí como si fuera la única mujer en el mundo. El aire se llenó con su olor varonil, mezcla de tierra húmeda y colonia barata que a mí me volvía loca. Sus manos grandes y callosas tomaron mi cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando contra mi vientre, firme y caliente a través de sus jeans ajustados.

—Víctor, mi amor, me tienes mojadita desde que pusimos Pasión de Gavilanes capítulo 130 —susurré en su oído, mordisqueando el lóbulo mientras mi lengua saboreaba la sal de su piel—. Esa escena... neta, quiero que me hagas lo mismo, pero mejor, cabrón.

Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí contra él, mis uñas arañando su espalda mientras el beso se profundizaba, chupando, lamiendo, devorándonos. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del ventilador de techo que movía el aire caliente. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome para que mis piernas envolvieran su cintura. Caminó conmigo hasta la cama, cada paso haciendo que su verga rozara mi centro húmedo, enviando chispas de placer por mi espina.

Acto primero del deseo: la anticipación. Lo empujé suavemente al colchón, montándome a horcajadas sobre él. Mi camisón se subió, dejando al aire mis muslos suaves y el triángulo oscuro de mi monte de Venus. Él gruñó, sus manos explorando, dedos gruesos trazando la línea de mis labios vaginales por encima de las bragas de encaje. ¡Ay, Dios, qué rico! El roce era eléctrico, mi clítoris hinchándose bajo su toque juguetón.

Eres una diosa, Gabi —murmuró, lamiendo mi cuello mientras yo desabrochaba su cinturón con dedos temblorosos. El cuero crujió al soltarse, y saqué su miembro palpitante, grueso y venoso, con una gota de precum brillando en la punta. Lo acaricié despacio, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado como un tambor ranchero. Él jadeó, arqueando la cadera.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Bajé mi cabeza, inhalando su aroma almizclado de hombre excitado, y lamí la punta, saboreando esa sal picante. Su gemido fue música para mis oídos, profundo y gutural. Lo tomé en mi boca, chupando con hambre, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. Él enredó los dedos en mi cabello negro largo, guiándome sin forzar, solo disfrutando.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me aparté, jadeante, con los labios hinchados y brillantes. —Aún no, papacito. Quiero sentirte adentro —le dije, quitándome las bragas de un tirón y posicionándome sobre él. Su verga rozó mi entrada resbaladiza, y descendí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón se siente! El placer era intenso, mis paredes internas contrayéndose alrededor de su grosor.

Comencé a moverme, cabalgándolo con ritmo lento al principio, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba el cuarto. Sudor perlaba nuestros cuerpos, goteando entre mis pechos que rebotaban con cada embestida. Él los atrapó, pellizcando los pezones oscuros hasta ponérmelos duros como piedras, enviando ondas de placer directo a mi útero.

En el medio del fuego, las emociones bullían. Recordé cómo nos conocimos en una fiesta de quinceañera —no, mejor, en un rodeo en Jalisco—, él montando toros con esa ferocidad que ahora usaba en la cama.

Este hombre es mío, y yo soy suya, pensé, mientras aceleraba el paso, mis muslos temblando por el esfuerzo. La duda fugaz: ¿y si el trabajo lo aleja de nuevo? Pero su mirada, llena de amor y lujuria, la disipó. Sus manos en mi cintura me guiaban, fuerte pero tierno, empoderándome en cada movimiento.

Más rápido, mi reina, ¡dame todo! —gruñó, sentándose para capturar un pezón en su boca caliente. Mordisqueó suave, succionando con fuerza que me hizo gritar. El placer subía como marejada, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo con cada bajada. Olía a sexo puro: mi excitación dulce y almizclada mezclada con su sudor salado. El ventilador agitaba mechones de mi pelo pegado a la frente, y el distant ladrido de un perro ranchero marcaba el ritmo de nuestra sinfonía.

Cambié de posición, ansiosa por más. Me puse de rodillas en la cama, arqueando la espalda, ofreciéndole mi culo redondo y firme. —Tómame así, Víctor, como en la telenovela —jadeé, refiriéndome otra vez a esa Pasión de Gavilanes capítulo 130 que nos había encendido. Él se arrodilló detrás, su verga deslizándose de nuevo en mi coño empapado de un solo empujón profundo. ¡Madre mía, qué profundo! Golpeaba mi cervix con cada estocada, sus bolas chocando contra mi clítoris hinchado.

Sus manos todo lo abarcaban: una en mi cadera, la otra bajando a frotar mi botón de placer en círculos rápidos. Gemí alto, el sonido reverberando en las paredes de adobe. La intensidad crecía, mis piernas flaqueando, el orgasmo acechando como coyote en la noche. Él aceleró, su respiración entrecortada en mi oído, mordiendo mi hombro mientras susurraba guarradas mexicanas: —Estás cañona, Gabi, tu panocha me aprieta como guante. ¡Ven pa’mí!

El clímax me golpeó como rayo. Mi cuerpo convulsionó, paredes vaginales ordeñando su verga en espasmos rítmicos. Grité su nombre, lágrimas de placer nublándome la vista mientras olas de éxtasis me recorrían desde el centro hasta las yemas de los dedos. Él siguió embistiendo, prolongando mi placer hasta que no pude más, colapsando sobre las sábanas revueltas.

Pero él no había terminado. Me volteó con gentileza, penetrándome misionero, sus ojos en los míos. —Te amo, mi vida —dijo, besándome profundo mientras sus caderas pistoneaban con furia controlada. Sentí su verga hincharse más, el pulso frenético, y entonces explotó. Chorros calientes inundaron mi interior, su gruñido animal vibrando contra mi pecho. Colapsó sobre mí, nuestros corazones latiendo al unísono, sudor enfriándose en la brisa nocturna.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mi seno, mi mano acariciando su cabello revuelto. El aroma de sexo y amor impregnaba el aire, las sábanas pegajosas bajo nosotros.

Esto es mejor que cualquier capítulo de telenovela, pensé, sonriendo en la oscuridad. Pasión de Gavilanes capítulo 130 palidecía ante nuestra realidad ardiente.
Besé su frente, saboreando la paz que sigue al huracán del deseo. Mañana sería otro día en la hacienda, pero esta noche, éramos invencibles, unidos en el fuego prohibido que nos consumía dulcemente.

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