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Libro 24 Horas de la Pasión

6946 palabras

Libro 24 Horas de la Pasión

Entré a esa librería chiquita en Coyoacán, con el olor a papel viejo y café recién molido flotando en el aire. Era uno de esos días de sol tapatío que te calienta la piel sin quemarte, y yo, Ana, andaba de vaga por el mercado, buscando algo que me sacara del tedio de la oficina. Mis ojos se clavaron en un libro en el estante de novedades: Libro 24 Horas de la Pasión. La portada era roja intensa, con letras doradas que prometían fuego puro. Lo tomé, sintiendo el lomo suave bajo mis dedos, y una electricidad me recorrió el brazo. ¿Qué carajos sería esto? Lo abrí al azar y leí unas líneas: "Sus cuerpos se fundieron en un reloj de arena de deseo, cada hora un nuevo éxtasis..." Órale, pensé, esto pinta para no dormir.

Ahí estaba él, Diego, revisando unos cómics al lado. Alto, moreno, con esa barba de tres días que te hace querer rascarte la cara en ella. Nuestras miradas se cruzaron cuando vio el libro en mis manos.

"¿Ese? Dicen que es el nuevo hit erótico. ¿Ya lo leíste?"
me dijo con una sonrisa pícara, voz grave como ronca de mezcal. Negué con la cabeza, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Charlamos media hora, riéndonos de lo cursi que sonaba el título pero admitiendo que nos intrigaba. ¿Y si lo leemos juntos? soltó de repente, y yo, con el pulso acelerado, dije que sí. Compramos el pinche libro y salimos a la calle, el sol besándonos la piel.

Acto primero: la chispa. Caminamos por las callecitas empedradas, con el aroma de churros fritos y flores de cempasúchil en el aire. Diego me contaba de su chamba como diseñador gráfico, yo de mis locuras en marketing. El libro asomaba de su mochila como un secreto compartido. Llegamos a su depa en la colonia Roma, un lugar chido con ventanales que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Qué padre lugar, murmuré, oliendo a madera y algo masculino, como colonia mezclada con sudor fresco. Nos sentamos en el sofá de piel suave, abrimos el Libro 24 Horas de la Pasión y empezamos a leer en voz alta, turnándonos párrafos.

La historia era de una pareja que se daba veinticuatro horas para devorarse sin freno. Cada capítulo una hora: besos eternos, caricias que queman, penetraciones que te dejan temblando. Mi voz se ponía ronca al leer las partes calientes, y Diego me miraba con ojos que echaban chispas. Sentí su pierna rozar la mía, un calor que subía por mi muslo.

¿Y si lo hacemos real? Veinticuatro horas de pasión, como el libro
, susurró, su aliento cálido en mi oreja. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta. Sí, pendejo, hagámoslo, respondí, y nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero firmes, sabor a menta y algo dulce, como el chocolate de las calles. Sus manos en mi cintura, apretando justo lo necesario para que sintiera su deseo creciendo contra mí.

El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Nos quitamos la ropa despacio, como si el tiempo se estirara. Su piel morena olía a sol y jabón, músculos tensos bajo mis yemas. Yo, con mis curvas que siempre me han hecho sentir reina, lo empujé al sofá. Primera hora: exploración, dije riendo, imitando el libro. Mis dedos trazaron su pecho, bajando al borde de su bóxer, donde su verga ya palpitaba dura. Él gimió bajito, un sonido que me mojó al instante. Lamí su cuello, saboreando sal, mientras sus manos subían por mis pechos, pellizcando pezones que se endurecían como piedras.

El medio: la escalada ardiente. Las horas volaban en un torbellino de toques y susurros. Segunda hora, lo chupé despacio, su verga gruesa llenándome la boca, venas pulsando contra mi lengua. ¡Qué rica boca, nena! jadeó, enredando dedos en mi pelo. El sabor salado me volvía loca, su gemido ronco como música de mariachi prohibida. Yo me tocaba la concha húmeda, resbalosa de ganas, mientras él me devoraba con los ojos.

Tercera, cuarta... Nos movimos al piso, alfombra áspera contra mi espalda, su peso encima delicioso. Me penetró lento, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande! grité, uñas clavadas en su culo firme. El slap de piel contra piel, sudor goteando, olor a sexo crudo llenando el aire. Ritmo pausado al principio, sus embestidas profundas que rozaban mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados. Internalmente, pensaba:

Esto es mejor que cualquier pinche novela. Diego me hace sentir viva, dueña de mi placer
.

Tomamos breaks para agua y tacos de la esquina –carne asada jugosa, salsa picosa que quemaba como nuestro fuego–. Reíamos, sudados y felices, hojeando el Libro 24 Horas de la Pasión para inspirarnos. Hora diez: él de rodillas, lengua en mi clítoris, chupando como si fuera el último dulce del mundo. Mis muslos temblaban, jugos corriendo por su barbilla, grito ahogado cuando el orgasmo me partió en dos. ¡Sí, así, no pares! Su barba raspaba delicioso, vibraciones de su ronroneo enviando ondas por mi cuerpo.

La noche cayó, luces de la ciudad parpadeando afuera. Hora quince: yo arriba, cabalgándolo como amazona, pechos rebotando, su verga golpeando profundo. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Él mamaba mis tetas, mordisqueando, mientras yo giraba caderas en círculos viciosos. Me vengo, Ana, ¡joder! rugió, y su leche caliente me inundó, trigger de mi propio clímax, paredes apretándolo como puño.

Pero no paramos. Hora veinte: misionero lento, besos interminables, lenguas danzando. Sus ojos en los míos, vulnerables.

Eres increíble, nunca había sentido esto
, confesó. Yo, con el alma abierta, respondí: Tú me enciendes como nadie, chulo. El aire olía a nosotros, almizcle de pasión, sábanas revueltas testigos mudos.

El fin: éxtasis y eco. Las últimas horas fueron puro fuego lento. Hora veintitrés: él atrás, perrito estilo, nalgadas suaves que picaban rico, verga martillando mi culo alto. Gritos míos llenaban la habitación, eco de placer puro. ¡Más fuerte, Diego, rómpeme! Su mano en mi clítoris, frotando furioso, hasta que explotamos juntos, cuerpos convulsionando, aliento entrecortado.

Al amanecer, hora veinticuatro, nos derrumbamos en la cama, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El Libro 24 Horas de la Pasión yacía abierto en la mesita, páginas manoseadas como nosotros. Lo abracé, su cabeza en mi pecho, oyendo mi pulso calmarse. ¿Repetimos algún día? murmuró con voz dormida. Sonreí, besando su frente salada.

Este libro no fue solo palabras. Fue nuestro mapa a lo inolvidable
. Afuera, el sol naciente prometía más días, pero estos veinticuatro ya eran eternos en mi piel, en mi alma. Qué chingón haberlo vivido.

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