La Pasión de Cristo Rotten Tomatoes
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el celular en la mano, navegando por Rotten Tomatoes mientras sorbía un mezcal ahumado. El aroma terroso del agave le llenaba la nariz, cálido y seductor como una promesa de noche loca. La Pasión de Cristo, leyó en voz alta, riendo sola. Cuarenta y nueve por ciento, qué pendejada. La película esa de Mel Gibson, con Jim Caviezel sufriendo como santo en cruz. Pero neta, ¿quién le pone tan bajo? Le dio like al review que decía que era puro morbo disfrazado de fe.
Salió a la calle, el bullicio de la Roma la envolvía: risas de borrachos elegantes, el siseo de los tacos al pastor en el puesto de la esquina, olor a cebolla caramelizada y piña chamuscada. Se metió a un bar chido, luces neón parpadeando sobre pieles sudadas. Ahí estaba él, sentado en la barra, con barba recortada, ojos cafés intensos y un aire de galán de cine antiguo. Parecía Cristo bajado de la cruz, pero en versión chulo y pecador.
—Órale, wey, ¿vienes de filmar La Pasión de Cristo? —le soltó Ana, sentándose a su lado con una sonrisa pícara.
Él volteó, riendo con dientes blancos perfectos. —Soy Cristo, pero no el de la película. Y neta, esa tiene un Rotten Tomatoes bien culero. Me llamo así por mi carnal, pero prefiero que me digas Cris. ¿Y tú, mamacita?
Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas con tequila. Se llamaba Ana, publicista de veintiocho, soltera y harta de weyes aburridos. Cris era arquitecto, treinta y pico, con manos grandes y callosas que olían a madera fresca y colonia cara. Charlaron de películas, de cómo La Pasión de Cristo era puro drama sangriento con un Rotten Tomatoes que no le hacía justicia al morbo. La tensión crecía con cada shot de tequila, sus rodillas rozándose bajo la barra, piel contra piel, calor subiendo como fiebre.
¿Qué chingados, Ana? Este vato parece sacado de un sueño húmedo. Sus ojos me tragan entera, y esa voz grave... ya me imagino gimiendo su nombre.
Salieron a caminar por las calles empedradas, el viento nocturno trayendo ecos de mariachi lejano y el perfume de jazmines en las rejas. Cris la tomó de la mano, pulgares acariciando sus nudillos, enviando chispas por su espina. Llegaron a su loft en la Juárez, minimalista con vistas al skyline, velas encendidas que parpadeaban sombras suaves sobre cojines de cuero.
—Ven, siéntate —dijo él, voz ronca, sirviéndole un vino tinto que sabía a cerezas maduras y pecado.
Ana se acercó, el corazón latiéndole como tamborazo. Sus labios se rozaron primero, suaves, explorando. El beso se profundizó, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo. Cris la levantó en brazos, fuerte pero gentil, depositándola en la cama king size. Sus manos subieron por sus muslos, arrugando la falda corta, revelando encaje negro que lo hizo gruñir bajito.
—Estás cañón, Ana. Me tienes bien puesto.
Ella jadeó cuando él besó su cuello, dientes rozando la piel sensible, enviando ondas de placer hasta el centro de su ser. El olor de su sudor mezclado con su loción, almizclado y masculino, la embriagaba. Desabrochó su camisa, revelando pecho velludo, pectorales firmes que besó con hambre, lengua trazando círculos alrededor de sus pezones oscuros. Cris gimió, "Ay, wey, qué rico", manos enredándose en su cabello negro largo.
La tensión escalaba. Ana lo empujó boca arriba, montándolo con piernas temblorosas. Bajó el zipper de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante con venas marcadas. La miró, reluciente de anticipación. —Chúpamela, reina, suplicó él, voz entrecortada.
Ella obedeció, labios envolviéndolo lento, saboreando la sal de su piel, el pulso acelerado en su lengua. Arriba y abajo, succionando con maestría, manos masajeando sus bolas pesadas. Cris arqueó la espalda, "¡Neta, vas a matarme, pendeja deliciosa!", caderas empujando suave, consensuado, puro fuego mutuo.
Su sabor me vuelve loca, tan varonil, tan él. Siento mi concha mojada, palpitando, rogando por más.
Cris la volteó, besando su vientre plano, bajando a sus caderas. Le quitó las panties con dientes, inhalando su aroma almizclado de excitación, dulce como miel de maguey. Lengua en su clítoris, lamiendo círculos precisos, dedos hundiéndose en su calor húmedo. Ana gritó, uñas clavándose en sus hombros, caderas ondulando contra su boca. —¡Sí, Cris, así, no pares, cabrón!
El cuarto se llenaba de sonidos: jadeos roncos, succiones húmedas, el crujir de sábanas de algodón egipcio. Sudor perlaba sus cuerpos, brillando bajo la luz tenue, olores mezclándose en éxtasis: sexo crudo, perfume caro, velas de vainilla.
Él se posicionó, verga en su entrada, ojos clavados en los suyos pidiendo permiso. —¿Quieres? —susurró.
—¡Métemela ya, amor!
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola por completo. Empezaron lento, ritmo building, piel chocando con palmadas suaves, sus pechos rebotando contra su pecho. Aceleraron, él embistiendo profundo, ella clavando talones en su espalda, gritando placer.
—Eres mi pasión, Ana, mi Cristo personal —jadeó él, riendo entre gemidos, recordando la charla de Rotten Tomatoes.
Ella rio también, orgasmos acercándose como ola gigante. Sus paredes lo apretaron, contrayéndose en espasmos, liberando chorros de placer que lo empaparon. Cris gruñó, explotando dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables.
Colapsaron, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose. El afterglow era perfecto: piel pegajosa, besos perezosos, dedos trazando patrones en espaldas húmedas. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro reinaba paz.
La Pasión de Cristo Rotten Tomatoes nada que ver con esto. Esta pasión es cien por ciento fresca, jugosa, inolvidable. ¿Vendrá el encore?
Cris la abrazó fuerte, susurrando —Mañana vemos otra película, pero nada de Rotten Tomatoes bajos. Solo nosotros.
Ana sonrió, sabiendo que esa noche había encontrado su propia cruz de placer, elevada a las estrellas.