Briggitte Bozzo Abismo de Pasion
El sol de La Bonita caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado abrasador que se pegaba a los pies descalzos de Briggitte Bozzo. El aire salado del Pacífico mexicano le revolvía el cabello negro azabache, y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas era como un latido constante, sincronizado con el suyo propio. Estaba filmando Abismo de Pasion, esa telenovela que la había catapultado al estrellato, pero hoy, lejos del set, algo en su interior bullía más allá del guion.
Briggitte caminaba con un pareo translúcido cubriendo su bikini negro, las caderas balanceándose con naturalidad felina. Hacía calor, un calor que le hacía sudar levemente en la nuca, dejando un rastro brillante que bajaba por su espalda. Neta, este lugar me pone cachonda, pensó, mientras el viento traía el olor a coco de las palmeras cercanas. Ahí estaba él, Alejandro, su galán en la novela, saliendo del agua con el torso mojado reluciendo como bronce bajo el sol. Gotas de mar corrían por sus abdominales marcados, y su sonrisa pícara la golpeó directo en el estómago.
—Órale, Briggitte, ¿ya te cansaste de mandarme a volar en las escenas? —dijo él, acercándose con esa voz grave que hacía vibrar el aire. Se paró tan cerca que ella sintió el calor de su piel salada, mezclado con el aroma masculino de sudor limpio y océano.
Ella rio, un sonido juguetón que se perdió en la brisa. Este wey me trae loca desde el primer día de grabación, se dijo Briggitte, mientras sus ojos verdes recorrían el pecho ancho de Alejandro. En Abismo de Pasion, sus personajes eran enemigos apasionados, pero la química entre ellos era real, palpable, como una corriente eléctrica que los unía en cada toma.
—No seas pendejo, Alejandro. Tú sabes que en la vida real no hay guion que valga —le contestó ella, mordiéndose el labio inferior sin querer, un gesto que lo hizo tragar saliva.
La tensión había empezado semanas atrás, en medio de las luces del foro. Un abrazo ensayado que duró segundos de más, sus cuerpos presionados, el roce de su verga endureciéndose contra su muslo. Briggitte lo había sentido, duro y caliente, y en lugar de apartarse, su concha se había humedecido al instante.
¿Qué carajos me pasa con este carnal? Es como caer en un abismo de pasion del que no quiero salir, reflexionó esa noche en su trailer, tocándose despacio bajo las sábanas de algodón egipcio, imaginando sus manos grandes explorándola.
Ahora, en la playa desierta al atardecer, Alejandro le tendió una cerveza fría de las que habían traído del pueblo. Sus dedos se rozaron al pasársela, un toque que envió chispas por su espina dorsal. Se sentaron en la arena tibia, las rodillas casi tocándose, y hablaron de todo y nada: de la novela, de tacos al pastor en el changarro de la esquina, de cómo el tequila de la región les soltaba la lengua.
—Sabes, Briggitte, en Abismo de Pasion tu personaje me odia, pero yo... yo te veo y solo pienso en tenerte —confesó él, su voz bajando a un ronroneo. Sus ojos oscuros la devoraban, bajando a sus pechos que subían y bajaban con cada respiración agitada.
Ella sintió un pulso traicionero entre las piernas, su clítoris hinchándose contra la tela del bikini. Mierda, ya estoy mojadísima. El sol se hundía, pintando el cielo de púrpura, y el aire se enfriaba lo justo para erizar su piel. Sin pensarlo, Briggitte se inclinó y lo besó. Sus labios fueron suaves al principio, probando, saboreando la sal del mar y la cerveza en su lengua. Pero pronto se volvió feroz: lenguas enredándose, dientes mordiendo, manos enredándose en el pelo húmedo de él.
Alejandro la tumbó sobre la arena suave, su cuerpo pesado y delicioso cubriéndola. Ella jadeó cuando sintió su verga tiesa presionando contra su monte de Venus, dura como piedra a través de los shorts mojados. Qué chingón se siente, pensó, arqueando la espalda para restregarse contra él. Sus manos bajaron por su espalda, arañando levemente, mientras él besaba su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Olía a ella: a vainilla y deseo, un perfume que lo volvía loco.
—Te quiero, Briggitte. Neta, me tienes bien puesto —gruñó él contra su oreja, su aliento caliente haciendo que ella temblara.
Se levantaron a trompicones, riendo entre besos, y corrieron hacia la cabaña rentada en la playa. La puerta se cerró con un clic, y el mundo exterior desapareció. Dentro, la luz tenue de las velas que habían encendido antes parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Alejandro la levantó en brazos, sus músculos flexionándose bajo sus palmas, y la llevó a la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes.
Briggitte se quitó el pareo con un movimiento fluido, quedando solo en bikini. Él se arrodilló frente a ella, besando su ombligo, bajando despacio. Sus manos desataron el lazo del bikini inferior, exponiendo su panocha depilada, ya reluciente de jugos. Pinche vista, esta morra está cañona, pensó él, antes de enterrar la cara entre sus muslos. Su lengua la lamió con avidez, desde el perineo hasta el clítoris, chupando ese botón hinchado como si fuera un caramelo. Briggitte gritó, un sonido gutural que rebotó en las vigas de madera. Sus caderas se movían solas, follando su boca, el sabor ácido-dulce de su excitación llenándole la boca a él.
—¡Sí, wey, así! ¡No pares, cabrón! —gemía ella, tirando de su cabello, el olor almizclado de su sexo impregnando el aire.
El placer subía en oleadas, tensándose en su vientre como un resorte. Alejandro metió dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su lengua giraba sin piedad. Briggitte explotó en un orgasmo violento, sus paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de placer mojando su barbilla. El sonido de sus jadeos era música, entremezclado con el lejano romper de olas.
Pero no era suficiente. Ella lo empujó sobre la cama, arrancándole los shorts. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, la cabeza roja brillando con pre-semen. Briggitte la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, como terciopelo sobre acero. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado-musgoso, antes de engullirla entera. Alejandro rugió, sus caderas embistiendo, follando su garganta con cuidado pero con hambre.
—Briggitte, me vas a hacer venir... —advirtió él, pero ella se apartó, sonriendo maliciosa.
—Ni madres, te quiero adentro —dijo, montándolo como una amazona. Se empaló en su verga de un solo movimiento, sintiendo cómo la estiraba, llenándola hasta el fondo. El placer fue cegador: su clítoris rozando la base peluda de él, sus tetas rebotando con cada salto. Alejandro la agarró de las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano apretado para aumentar la sensación.
Se movían en sincronía perfecta, piel contra piel chapoteando, sudor uniéndolos. El olor a sexo crudo llenaba la habitación: almizcle, sal, esencia de ellos dos. Briggitte sentía cada vena de su verga pulsando dentro, rozando sus paredes sensibles.
Esto es mi abismo de pasion, Briggitte Bozzo no finge esto, lo vive. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró por detrás, profundo y rápido. Sus bolas golpeaban su clítoris, el sonido obsceno acelerando su clímax.
—¡Me vengo, amor! —gritó ella, el orgasmo partiéndola en dos, su concha ordeñando su verga.
Alejandro se corrió segundos después, llenándola de semen caliente que chorreaba por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo sudoroso. El aire olía a ellos, a satisfacción profunda.
Minutos después, en la quietud, Briggitte trazaba círculos en su pecho con la uña. Esto es mejor que cualquier telenovela. Fuera, la luna iluminaba la playa, testigo silencioso.
—¿Y ahora qué, mi Briggitte? —preguntó él, besándole la frente.
—Ahora repetimos, pendejo. Este abismo de pasion no tiene fin —respondió ella, riendo suave, mientras sus manos ya bajaban de nuevo.