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Cual Es La Fruta De La Pasion Y Porque

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Cual Es La Fruta De La Pasion Y Porque

El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Oaxaca, pero el aire estaba cargado de aromas que te envolvían como un abrazo caliente: el dulzor pegajoso de las mangos maduras, el picor terroso de los chiles tostados y, sobre todo, ese perfume exótico y ácido que flotaba desde el puesto de frutas tropicales. Tú caminabas entre los puestos, con la camisa pegada a la espalda por el sudor, buscando algo fresco para refrescarte. Tus ojos se detuvieron en ella: una morena de curvas generosas, con el cabello negro recogido en una trenza suelta que le caía sobre el hombro bronceado. Vendía maracuyás, esas frutas de la pasión que brillaban como joyas violáceas bajo la lona del toldo.

¿Qué onda, guapo? ¿Buscas algo que te despierte los sentidos? —te dijo con una sonrisa pícara, sus labios carnosos curvándose mientras partía una maracuyá en dos. El jugo chorreó por sus dedos, brillante y pegajoso, y el olor te golpeó de lleno: dulce, tropical, con un toque ácido que hacía que se te hiciera agua la boca.

Tú te acercaste, hipnotizado por el movimiento de sus manos. ¿Qué carajos era esa fruta que te ponía así de ansioso?

Cual es la fruta de la pasion y porque se llama así, ¿verdad? Ven, te lo explico —murmuró ella, acercándote una mitad. Sus ojos cafés te clavaron en el sitio, profundos como pozos de miel oscura—. Es esta, la maracuyá. La llaman fruta de la pasión porque su cáscara rugosa es como la piel que se eriza de deseo, y adentro... adentro hay un néctar que explota en la boca, pegajoso y adictivo, como el calor que sube cuando dos cuerpos se buscan.

El pulso se te aceleró al probarla. El sabor te invadió: ácido al principio, como un beso mordido, luego dulce y cremoso, con semillitas crujientes que estallaban en la lengua. Te chorreó por la barbilla, y ella soltó una risa baja, gutural, mientras te limpiaba con el pulgar, rozándote la piel. Su toque fue eléctrico, un cosquilleo que te bajó directo al estómago.

¡No mames, esta mujer es puro fuego!, pensaste, mientras su dedo se demoraba en tu labio inferior.

—Soy Lupita —se presentó, lamiéndose el jugo de sus propios dedos con una lentitud que te dejó seco la garganta—. ¿Y tú, forastero? ¿Vienes a probar más que frutas?

Le dijiste tu nombre, pero ya no importaba. El mercado bullía a su alrededor: vendedores gritando ofertas, risas de niños, el siseo de las tortillas en los comales, pero todo se desvanecía. Solo existía ella, su escote reluciente de sudor, el vaivén de sus caderas al moverse entre las canastas.

La tensión creció como una tormenta de verano. Lupita te invitó a su puesto trasero, un rincón sombreado con una manta tendida sobre cajones de madera. Consensual, mutuo, puro antojo compartido. Te sentaste a su lado, las rodillas rozándose, y ella partió otra maracuyá, untando el jugo en su cuello.

—Prueba aquí —susurró, su voz ronca como el viento entre las palmeras.

Tú te inclinaste, inhalando su aroma mezclado con el de la fruta: salado de sudor, dulce de piel morena, con ese toque floral de su perfume barato pero embriagador. Tus labios tocaron su clavícula, lamiendo el néctar pegajoso. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en tu pecho, y sus manos se enredaron en tu cabello, tirando suave.

¡Órale, qué rico! Sigue, carnal —jadeó, arqueando la espalda.

El deseo escaló. Tus manos subieron por sus muslos firmes, bajo la falda floreada, sintiendo el calor que emanaba de su entrepierna. Ella no se hizo de rogar; te jaló hacia ella, besándote con hambre. Sus labios sabían a maracuyá y a mujer en celo, lengua danzando con la tuya, dientes mordisqueando. El beso fue un incendio: húmedo, salvaje, con el sabor ácido explotando entre vuestras bocas.

La desvestiste lento, saboreando cada centímetro. Sus tetas redondas saltaron libres, pezones oscuros endurecidos como semillas. Las lamiste, chupando con fuerza, mientras ella se retorcía, ¡Ay, wey, me tienes mojadísima! Sus uñas te arañaron la espalda, dejando surcos calientes que ardían delicioso.

Esto es la pasión pura, pensaste, su cuerpo es la fruta que quiero devorar entera.

La acostaste en la manta, el suelo de tierra apisonada crujiendo bajo el peso. El aire olía a frutas maduras y a su excitación, ese musk almizclado que te volvía loco. Le bajaste las bragas, empapadas, y hundiste la cara entre sus piernas. Su panocha era jugosa como la maracuyá, labios hinchados y relucientes. La lamiste despacio, lengua explorando pliegues salados, chupando el clítoris que palpitaba bajo tu boca. Ella gritó, caderas buckeando contra tu rostro, jugos chorreando por tu barbilla.

¡Chíngame ya, pendejo! No aguanto más —suplicó, voz quebrada de placer.

Te quitaste la ropa a tirones, tu verga dura como piedra, venosa y lista. Ella la tomó en mano, masturbándote con firmeza, el prepucio deslizándose sobre el glande sensible. Te montó ella primero, cabalgándote con maestría. Su culazo rebotaba, tetas meneándose hipnóticas. El slap-slap de piel contra piel resonaba en el cuartito, mezclado con sus gemidos roncos y tus gruñidos. Dentro de ella estabas envuelto en calor líquido, apretada y resbaladiza, cada embestida un estallido de placer.

Cambiaron posiciones: tú encima, piernas de ella en tus hombros, penetrándola profundo. El sudor os unía, resbaloso y salado, mientras el clímax se acercaba. Sus paredes se contraían, ordeñándote, y ella se vino primero: un alarido ahogado, cuerpo convulsionando, uñas clavadas en tus nalgas.

¡Sí, cabrón, dámelo todo! —gritó.

Tú explotaste segundos después, llenándola con chorros calientes, el orgasmo sacudiéndote como un rayo. Colapsasteis juntos, jadeantes, corazones martilleando al unísono.

En el afterglow, ella te acurrucó contra su pecho, dedos trazando círculos perezosos en tu espalda. El mercado seguía vivo afuera: risas, música de mariachi lejano, el zumbido de las moscas sobre las frutas. Pero aquí, en esa burbuja de intimidad, todo era paz y satisfacción.

Ahora ya sabes, ¿no? Cual es la fruta de la pasion y porque: porque despierta lo más salvaje en nosotros, como lo que acabamos de hacer —murmuró Lupita, besándote la frente.

Esa tarde cambió todo, pensaste. La pasión no es solo fruta; es ella, es esto, es volver por más.

Te vestisteis lento, robándoos besos finales, promesas de reencontraros. Saliste al sol, con el sabor de maracuyá y de ella aún en la piel, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles. Oaxaca nunca había olido tan bien.

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