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Pasion de Gavilanes Pepita Embarazada

6803 palabras

Pasion de Gavilanes Pepita Embarazada

Pepita caminaba por los amplios corredores de la hacienda Gavilanes, con la mano apoyada en su vientre redondeado. El sol del mediodía filtraba a través de las cortinas de encaje, tiñendo su piel morena de un brillo dorado. Estaba en su quinto mes de embarazo, y cada día sentía cómo su cuerpo se transformaba, hinchándose con una vida nueva que la hacía sentir más mujer que nunca. La pasion de gavilanes pepita embarazada bullía en su interior como un fuego lento, avivado por las hormonas que la volvían loca de deseo. Hacía semanas que no veía a Juan, su amante secreto, el capataz de ojos negros y manos callosas que la hacía temblar con solo una mirada.

La hacienda era un paraíso de lujo rústico: patios empedrados con fuentes cantarinas, jardines rebosantes de bugambilias rosadas y el aroma dulce de las jacarandas flotando en el aire. Pepita, con su vestido suelto de algodón blanco que se pegaba a sus curvas generosas, se detuvo frente al espejo del vestidor. Se miró, admirando cómo sus pechos se habían vuelto más plenos, los pezones oscuros asomando bajo la tela fina.

¡Ay, Diosito! ¿Por qué ahora, cuando estoy así de embarazada, lo deseo tanto? Esa pasión de gavilanes que me corre por las venas no me deja en paz.
pensó, mientras un calor húmedo se acumulaba entre sus muslos.

Juan llegó esa tarde, montado en su caballo azabache, el sudor perlando su camisa ajustada que marcaba los músculos de su pecho ancho. Bajó de un salto y la vio desde lejos, recostada en una hamaca del porche, con una pierna colgando y el vientre prominente elevándose con cada respiración. Sus ojos se oscurecieron de lujuria inmediata. —Mamacita, ¿cómo está mi Pepita embarazada? —dijo con voz ronca, acercándose con paso felino.

Ella levantó la vista, el corazón latiéndole como tambor ranchero. —Órale, güey, ven pa'cá. Te extrañé tantito —respondió con esa picardía mexicana que lo volvía loco. Se incorporó despacio, y él la abrazó con cuidado, pero sus manos grandes se deslizaron por su espalda hasta apretar sus nalgas redondas. El olor a cuero y tierra fresca de su piel la invadió, mezclándose con el jazmín de su perfume. Sus labios se rozaron en un beso suave al principio, pero pronto se volvió hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo puro.

Entraron a la habitación principal, un espacio amplio con cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio y velas aromáticas de vainilla encendidas. Pepita sintió el pulso acelerado en su cuello, el roce de la barba incipiente de Juan contra su piel sensible. Él la recostó con ternura, besando su cuello, bajando hasta los pechos que desbordaban el escote. —Estás más prieta que nunca, mi reina —murmuró, lamiendo un pezón endurecido. Ella jadeó, el sonido agudo rompiendo el silencio, mientras sus dedos se enredaban en el cabello negro de él.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Pepita luchaba internamente:

¿Y si le hace daño al bebé? No, el doctor dijo que está bien, que el amor es lo mejor. ¡Quiero sentirlo todo!
Juan lo notaba en sus ojos cafés, brillantes de duda y anhelo. Le quitó el vestido con delicadeza, revelando su cuerpo desnudo, la piel suave como seda, el vientre abultado con estrías plateadas que él besó con devoción. —Eres una diosa, Pepita. Esta pasión de gavilanes pepita embarazada me tiene loco —confesó, mientras sus manos exploraban el interior de sus muslos, encontrando la humedad cálida que lo esperaba.

Ella abrió las piernas, invitándolo. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación, mezclado con el sudor salado de sus cuerpos. Juan se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Pepita la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar la piel aterciopelada, sintiendo el calor irradiar. —Ven, papi, métemela despacito —suplicó, la voz temblorosa.

Él se posicionó entre sus piernas, frotando la punta contra su clítoris hinchado, haciendo que ella arqueara la espalda y gimiera fuerte. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba la habitación, como un dúo de violines en una noche de serenata. Lentamente, la penetró, centímetro a centímetro, cuidando no presionar su vientre. Pepita sintió el estiramiento delicioso, las paredes de su panocha envolviéndolo como guante húmedo. —¡Ay, qué chido! Más adentro —rogó, clavando las uñas en sus hombros.

El ritmo empezó suave, como oleadas del mar en la costa veracruzana. Juan embestía con control, sus caderas chocando contra las de ella con palmadas suaves y húmedas. Pepita lo montaba desde abajo, moviendo las caderas en círculos, sintiendo cómo su verga rozaba ese punto sensible dentro de ella. El placer subía en espiral: el roce de sus pelotas contra su trasero, el sabor salado de su sudor cuando lo besaba, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sus pechos rebotaban con cada thrust, y él los chupaba, mordisqueando los pezones hasta que ella gritaba de éxtasis.

La intensidad escalaba. Pepita sentía el orgasmo aproximándose como un tren de carga.

¡No pares, carnal! Esta barriga no me detiene, al contrario, me prende más
, pensó, mientras sus músculos internos se contraían alrededor de él. Juan aceleró, gruñendo como toro en celo, sus manos apretando sus caderas anchas. —¡Te voy a llenar, mi amor! —anunció, y ella asintió frenética.

El clímax la golpeó primero: un estallido de fuego blanco, su cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Juan la siguió segundos después, eyaculando profundo dentro de ella con rugidos guturales, el semen caliente bañando sus entrañas. Se quedaron unidos, jadeantes, el corazón de Pepita latiendo al unísono con el del bebé y el de su amante. El sudor los unía como pegamento, sus pieles resbaladizas rozándose en la quietud posterior.

Después, en el afterglow, Juan la acunó de lado, su mano sobre el vientre donde el bebé pateaba suavemente, como aprobando. Pepita sonrió, besando su pecho velludo, inhalando su aroma masculino mezclado con el de su unión. —Esta pasión de gavilanes pepita embarazada es lo más bonito que me ha pasado —susurró, lágrimas de felicidad en los ojos.

Él la miró con ojos tiernos. —Y apenas empieza, nena. Vamos a criar a este chamaco con todo el amor del mundo. —Se besaron lento, saboreando la paz, mientras el sol se ponía tiñendo la habitación de rojos y naranjas. La hacienda Gavilanes guardaba su secreto, un lazo eterno forjado en deseo puro y consensual, donde el embarazo solo avivaba las llamas de su pasión infinita.

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