La Pasión Prohibida de Bruno
El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo pegajoso, con el rumor de la cumbia retumbando desde los altavoces y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Era la fiesta anual de la oficina, de esas que el jefe organizaba para fingir que todos éramos una gran familia. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que marcaba mis curvas justito, me serví un tequila reposado mientras mis ojos se clavaban en él. Bruno. El hijo del patrón. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Neta, ¿por qué justo él? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos.
Lo vi recargado en la barra, platicando con unos vatos del departamento de ventas. Su camisa blanca arremangada dejaba ver unos antebrazos fuertes, tatuados con un águila que parecía viva bajo la luz neón. Nuestras miradas se cruzaron y sentí que el mundo se ponía en pausa. Él levantó su vaso en un brindis silencioso, y yo, como pendeja, le sonreí de vuelta. Caminé hacia allá, el corazón latiéndome a mil, el suelo vibrando con el bajo de la música.
—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de bailar sola? —dijo con esa voz grave, ronca, que me erizó la piel.
—No bailo sola, Bruno, solo espero al galán correcto —respondí, juguetona, rozando su brazo al tomar mi trago. Su piel estaba caliente, como si ardiera por dentro. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, un aroma que me mareaba.
Platicamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de lo chafa que estaba la comida del bufet, pero entre líneas flotaba esa tensión, esa electricidad que hacía que mis pezones se endurecieran contra el encaje de mi brasier. Él era el hijo del jefe, yo una simple ejecutiva. Prohibido total. Si alguien nos cachaba coqueteando así, adiós carrera. Pero su mirada me devoraba, bajando por mi escote, y yo no podía parar de imaginar sus manos grandes explorándome.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es la pasión prohibida de Bruno, y yo me estoy dejando llevar como una tonta.
La fiesta avanzó, el tequila corrió, y de pronto nos encontramos solos en el balcón, con la ciudad brillando abajo como un mar de luces. El viento fresco me levantó el vestido un poquito, y él se acercó, su cuerpo tan cerca que sentía el calor de su pecho.
—Ana, desde que te vi entrar, no dejo de pensar en lo que daría por besarte —murmuró, su aliento con sabor a tequila rozando mis labios.
Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos. —Es una locura, Bruno. Tu papá...
—Al diablo mi papá. Esto es entre tú y yo —dijo, y me jaló por la cintura, sus labios capturando los míos en un beso que fue puro fuego.
Su boca era suave pero demandante, su lengua invadiendo la mía con un sabor dulce y salado. Gemí bajito contra él, mis manos enredándose en su cabello oscuro y revuelto. Sus dedos se clavaron en mis caderas, apretándome contra su dureza evidente bajo los pantalones. Qué verga tan grande, pensé, sintiendo cómo palpitaba contra mi vientre. El beso se profundizó, sus dientes mordisqueando mi labio inferior, enviando chispas directo a mi centro húmedo.
Nos separamos jadeantes, pero él no soltó mi mano. —Vámonos de aquí. Quiero más.
Asentí, la cabeza nublada por el deseo. Salimos a su camioneta negra, el motor rugiendo como mi propia excitación mientras manejaba por Insurgentes, mi mano en su muslo, subiendo peligrosamente cerca de su paquete. Llegamos a un hotel boutique en la Roma, de esos con luces tenues y jazz suave en el lobby. Apenas cerramos la puerta de la suite, se abalanzó sobre mí.
Acto dos: la escalada. Me quitó el vestido con urgencia, sus manos ásperas deslizándose por mi piel desnuda, dejando un rastro de fuego. —Eres una diosa, Ana —gruñó, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. Olía a su excitación, ese almizcle masculino que me volvía loca. Me recargó contra la pared, sus labios bajando por mi pecho, chupando un pezón hasta endurecerlo como piedra. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas arañando su espalda.
No puedo creer que esto esté pasando. Bruno, la pasión prohibida, tocándome como si fuera suya.
Caímos en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con su piel ardiente. Le desabroché la camisa, besando su pecho ancho, saboreando el salado de su sudor. Bajé más, desabrochando su cinturón con dientes, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. —Mira lo que me haces, mamacita —dijo con voz entrecortada, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado y ligeramente dulce.
Me miró con ojos oscuros de puro hambre, jalándome arriba para devorarme el coño. Su lengua experta encontró mi clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos, chupándolo con succiones que me hacían ver estrellas. —¡Ay, Bruno, qué rico! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Sentía mi humedad empapándolo, el sonido húmedo de su lengua follándome, el olor de mi propia excitación llenando la habitación. Mis piernas temblaban, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.
Pero no me dejó correrme aún. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mi nalga redonda. —Quiero entrar en ti ya —susurró, su verga rozando mi entrada resbaladiza. Asentí, empinándome, y él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. —¡Qué apretada estás, carajo! —gimió, llenándome por completo.
Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida enviando ondas de placer por mi espina. El slap-slap de su pelvis contra mi culo, sus bolas golpeando mi clítoris, el sudor goteando de su frente a mi espalda. Agarré las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar demasiado. Aceleró, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, su aliento jadeante en mi oreja: —Córrete para mí, Ana, déjame sentirte.
La tensión explotó. Mi coño se contrajo alrededor de él, oleadas de éxtasis sacudiéndome, gritando su nombre mientras él seguía bombeando, prolongando mi placer. Finalmente, gruñó profundo, su verga hinchándose, llenándome con chorros calientes de su leche.
Colapsamos, entrelazados, su peso reconfortante sobre mí. El aire olía a sexo, a nosotros, con el zumbido del aire acondicionado y nuestros jadeos calmándose. Me besó la sien, suave ahora, tierno.
—Esto fue increíble, pero ¿qué sigue? —pregunté, trazando círculos en su pecho.
—Sigue siendo nuestra pasión prohibida. Nos vemos cuando podamos, sin que nadie sepa. ¿Trato?
Sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo lujuria, sino algo más profundo. —Trato, Bruno.
Desayunamos en la cama al amanecer, café negro y churros del room service, riéndonos de lo cerca que estuvimos de que nos cacharan. Salí del hotel con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, sabiendo que volvería por más. La pasión prohibida de Bruno se había convertido en mi adicción secreta, un fuego que ardía lento pero intenso en las sombras de mi vida cotidiana.