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La Pasión de Cristo Nueva

6738 palabras

La Pasión de Cristo Nueva

Las calles de Taxco bullen de vida durante la Semana Santa. Tú caminas entre la multitud, el aire cargado de incienso dulce que se mezcla con el aroma terroso de las flores de bugambilia cayendo de los balcones. El sol del mediodía calienta tu piel morena, y el sonido de las matracas y los tambores retumba en tu pecho como un latido acelerado. Llevas un vestido ligero de algodón blanco que roza tus muslos con cada paso, y sientes esa humedad sutil entre las piernas, un cosquilleo que no sabes de dónde viene.

En un puesto improvisado al lado de la iglesia, entre veladoras y rosarios, tus ojos se clavan en un libro viejo con tapa de cuero gastado. La Pasión de Cristo Nueva, dice el título en letras doradas desvaídas. El vendedor, un hombre de unos treinta, con barba recortada y ojos negros como la obsidiana, te mira con una sonrisa pícara. Órale, güeyita, ¿te late? pregunta con voz ronca. Tú asientes, sientes un escalofrío cuando sus dedos rozan los tuyos al darte el cambio. Pagas y te alejas, el libro ardiendo en tus manos como si tuviera fiebre propia.

Te sientas en una banca de la plaza, lejos del gentío. Abres las páginas y lees. No es la historia que esperabas. Aquí, la pasión no es solo sufrimiento: es carne, sudor, deseo. Cristo no carga solo la cruz; una mujer misteriosa lo unge con aceites perfumados, sus labios rozan su piel lacerada, convirtiendo el dolor en éxtasis.

«Su lengua trazó senderos de fuego sobre las heridas, y él gimió no de agonía, sino de una pasión nueva, prohibida»
, lees en voz baja. Tu respiración se acelera, sientes el calor subir por tu cuello, tus pezones endureciéndose bajo la tela. Neta, qué chido, piensas, mordiéndote el labio. Jamás imaginaste que la Semana Santa pudiera oler a sexo.

Al atardecer, cuando las procesiones encienden sus velas y el cielo se tiñe de morado, vuelves al puesto. Él está ahí, Mateo, acomodando más libros. ¿Ya lo leíste? pregunta, su voz como un ronroneo. Tú asientes, ruborizada. Es... intensa, murmuras. Él se ríe bajito. Es mi versión, carnala. La Pasión de Cristo Nueva. No la de los curas, la de la carne viva. Sus ojos recorren tu cuerpo sin disimulo, y tú sientes un tirón en el vientre, como si el libro hubiera despertado algo salvaje dentro de ti.

¿Quieres saber más? te invita, señalando una casa colonial al fondo de la calle. El corazón te late a mil, pero dices que sí. Caminan juntos, el roce accidental de su brazo contra el tuyo enviando chispas. En su sala, iluminada por velas, huele a copal y a algo más: su colonia amaderada, masculina. Saca una botella de mezcal ahumado. Para entrar en calor, dice, sirviéndote un trago. El líquido quema tu garganta, se expande en tu pecho, y de pronto estás riendo, relajada, tus inhibiciones derritiéndose como cera.

Se sientan en el sillón de piel, el libro entre ustedes. Él lee en voz alta un pasaje: la mujer besando los pies del Cristo, lamiendo el polvo y la sangre, sus manos subiendo por las piernas hasta encontrar su virilidad endurecida. Tú sientes tu panocha palpitar, húmeda, ansiando. ¿Te excita? pregunta él, su aliento cálido en tu oreja. Sí... neta, me moja toda, confiesas, sorprendida de tu propia voz ronca. Sus labios rozan tu cuello, un beso ligero como pluma, y tú gimes bajito, arqueándote.

La tensión crece como la procesión allá afuera, lenta, inexorable. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajan a tus caderas, apretando con firmeza. Tú lo besas primero, hambrienta, saboreando el mezcal en su lengua, el salado de su piel. Qué rico sabes, pendejito, susurras entre besos, y él ríe contra tu boca. Te quita el vestido con delicadeza, sus dedos trazando tus curvas como si fueras una escultura de plata taxqueña. Tus senos se liberan, pesados, y él los acaricia, pellizcando los pezones hasta que jadeas. El aire fresco roza tu piel desnuda, contrastando con el fuego de sus palmas.

Te recuestas en el sillón, él de rodillas frente a ti como en el libro. Permíteme ungirte, murmura, imitando la pasión. Su lengua lame tus muslos internos, subiendo despacio, el roce áspero de su barba erizando cada vello. Sientes su aliento caliente en tu sexo, y cuando su boca te cubre, explotas en un gemido largo. ¡Ay, cabrón, qué chingón! gritas, tus manos enredadas en su pelo. Él chupa y lame con maestría, saboreando tu miel salada, tus jugos empapando su barbilla. Tus caderas se mueven solas, follando su boca, el placer acumulándose como una tormenta.

Pero no quieres solo recibir. Lo empujas al suelo, alfombra persa bajo vuestros cuerpos. Le bajas el pantalón, y su verga salta libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta. La tocas, sientes su pulso bajo tu palma, caliente como hierro forjado. Te la voy a mamar hasta que ruegues, le dices juguetona, y él gime: ¡Hazlo, mi Magdalena! La envuelves con labios suaves, saboreando su esencia salada, la lengua girando en la cabeza sensible. Él jadea, sus caderas empujando, pero tú controlas el ritmo, chupando profundo hasta la garganta, tus saliva resbalando.

La intensidad sube. Te montas sobre él, guiando su polla a tu entrada húmeda. Lentamente, te hundes, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. ¡Qué prieta estás, güeyita! gruñe él, manos en tus nalgas. Empiezas a cabalgar, lento al principio, el roce de su pubis contra tu clítoris enviando ondas de placer. El sonido de carne contra carne llena la habitación, mezclado con vuestros gemidos y el lejano tañido de campanas. Sudor perla vuestros cuerpos, goteando, el olor a sexo crudo invadiendo todo.

Aceleras, rebotando con fuerza, tus senos saltando, él mamándolos voraz. Sientes el orgasmo acercarse, un nudo apretado en el bajo vientre. Córrete conmigo, amor, le pides, y él obedece, sus embestidas profundizándose. Explotas primero, un grito ahogado, tu coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola. Él ruge, llenándote con chorros calientes, su semen mezclándose con tus jugos, desbordando.

Colapsan juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El afterglow es dulce: sus dedos trazando círculos en tu espalda, tus labios rozando su pecho. Afuera, la procesión culmina con fuegos artificiales, estallidos que reflejan vuestro clímax. Esto fue mi Pasión de Cristo Nueva, susurras, riendo bajito. Él te besa la frente. Y la mía también, carnala. Duermes en sus brazos, renovada, el libro olvidado en la mesa como un testigo silencioso de tu despertar.

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