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El Gym Es Mi Pasión Ardiente

6943 palabras

El Gym Es Mi Pasión Ardiente

Desde que tengo memoria, el gym es mi pasión. Cada mañana, antes de que el sol caliente las calles de la CDMX, me pongo mis leggins ajustados que marcan cada curva de mis caderas y entro al gimnasio como si fuera mi templo personal. El olor a metal oxidado mezclado con sudor fresco me recibe como un abrazo viejo amigo. Las pesas chocan con un clang rítmico que acelera mi pulso, y el aire acondicionado zumba suave, enfriando mi piel mientras empiezo a calentar. Soy Ana, 28 años, morena chaparrita con un culo que he esculpido con sentadillas interminables, y aquí, entre mancuernas y espejos, me siento invencible.

Esa mañana, mientras hacía mis series de deadlifts, noté a él. Se llamaba Marco, lo supe después, un wey alto, de hombros anchos como los luchadores de la Arena México, con tatuajes que asomaban por las mangas de su tank top negra. Sudaba a chorros, sus músculos brillando bajo las luces fluorescentes, y cada vez que levantaba la barra, sus bíceps se hinchaban como si quisieran reventar la tela. Lo vi por el espejo: ojos cafés intensos, barba recortada, y una sonrisa pícara que me hizo mojarse un poquito los calzones sin querer.

Órale, Ana, no seas pendeja, enfócate en la barra
, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba mi mente. El gym estaba casi vacío a esa hora, solo el eco de nuestros respiros pesados y el thud de las pesas al suelo.

Al terminar mi rutina, me acerqué a la máquina de agua. Él estaba ahí, bebiendo con la cabeza echada hacia atrás, el agua goteando por su cuello hasta perderse en su pecho velludo. Qué rico, pensé, imaginando mi lengua siguiendo ese camino. "Buen deadlift, carnala", me dijo con voz grave, como ronroneo de motor. "Gracias, wey, tú tampoco te quedas atrás", respondí coqueta, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Charlamos un rato: él era entrenador personal, originario de Guadalajara, pero radicado aquí por el pinche tráfico y las chelas frías de taquerías. "El gym es mi pasión, neta que sin esto me muero", le confesé, y él rio, sus ojos clavados en mis chichis que subían y bajaban con mi respiración agitada. Esa fue la chispa.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Llegaba temprano solo para coincidir con él. Hacíamos circuitos juntos: yo en las dominadas, él spotteándome, sus manos firmes en mi cintura, guiándome mientras mi culo rozaba accidentalmente su entrepierna dura como roca. Siento su verga presionando contra mí, pensaba, el corazón latiéndome en la garganta. El olor de su sudor macho, terroso y salado, me invadía las fosas nasales, mezclándose con mi propio aroma dulce de excitación. "Aguanta, reina, no te sueltes", me susurraba al oído, su aliento caliente rozando mi oreja, enviando escalofríos por mi espina. En los descansos, platicábamos de todo: de las tortas ahogadas que extrañaba, de cómo el gym nos salvaba del estrés del jale, de tatuajes y sueños locos. Pero debajo de las risas, la tensión crecía como un elástico a punto de romperse.

Una noche de viernes, el gym cerró tarde por un evento. Quedamos solos limpiando las máquinas. Yo barría el piso de goma, sintiendo mis pezones duros contra el bra deportivo, y él guardaba las pesas. "Ana, ven, ayúdame con esta", dijo, señalando una barra pesada en el rack. Me acerqué, y de repente, sus manos tomaron las mías sobre el metal frío. Nuestros cuerpos se pegaron: su pecho duro contra mis tetas suaves, su verga ya tiesa palpitando contra mi vientre.

Esto es lo que quieres, ¿verdad? No seas mensa, dilo
, me gritaba mi cabeza. "Marco, no mames, me traes loca desde el primer día", solté, mi voz ronca de deseo.

Él no esperó más. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un depredador, saboreando a sal y menta de su chicle. Gemí contra sus labios, mis manos explorando su espalda ancha, clavando uñas en su piel húmeda. Me levantó como si no pesara nada, sentándome en el banco de press, abriendo mis piernas con rudeza juguetona. "Qué chingón tu cuerpo, pinche diosa del gym", murmuró, bajando mi leggin hasta los tobillos. El aire fresco besó mi coño empapado, y él se arrodilló, inhalando profundo. Su nariz rozando mi clítoris, qué delicia. Lamida tras lamida, su lengua experta trazando círculos, chupando mis labios hinchados, el sonido húmedo slurp slurp resonando en el silencio del gym vacío. Sabía a miel salada, mi néctar goteando por su barbilla mientras yo tiraba de su pelo, arqueando la espalda. "¡Ay, wey, no pares, qué rico!", jadeaba, mis muslos temblando alrededor de su cabeza.

Pero yo quería más, quería devorarlo. Lo empujé al suelo acolchado, montándome a horcajadas. Le arranqué el tank top, lamiendo sus pezones oscuros, mordisqueándolos hasta que gruñó como animal. Su verga saltó libre cuando bajé su short: gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí como helado derretido. Sabe a hombre puro, salado y almizclado. La tragué hasta la garganta, sintiéndola pulsar contra mi paladar, sus caderas embistiéndome suave al principio, luego feroz. "¡Chíngame la boca, Marco!", le rogué, saliva chorreando por mi barbilla. Él obedeció, follándome la cara con pasión contenida, sus bolas peludas golpeando mi mentón.

La tensión explotó cuando me puso de perrito contra el espejo. Vi mi reflejo: ojos vidriosos, labios hinchados, tetas rebotando salvajes. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, su verga estirando mis paredes como nunca. ¡Qué pinche grosor, me parte en dos de placer! Cada estocada era un plaf húmedo, piel contra piel sudorosa, sus manos amasando mi culo, nalgueándome suave. "¡Más fuerte, cabrón, hazme tuya!", grité, el gym temblando con nuestros gemidos. Él aceleró, su aliento jadeante en mi nuca, mordiendo mi hombro mientras su verga hinchaba más. Sentí el orgasmo subir como ola: contracciones violentas, mi coño apretándolo como puño, chorros de squirt mojando sus muslos. "¡Me vengo, Ana, ándale!", rugió, llenándome de leche caliente, pulso tras pulso, hasta que goteó por mis piernas temblorosas.

Colapsamos en el piso, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la piel. Su corazón latía contra mi pecho, nuestros respiros sincronizándose lento. Me besó la frente, suave ahora, como amante tierno. "El gym es mi pasión, pero tú... tú eres mi adicción nueva", susurró, riendo bajito. Yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo, sintiendo el afterglow calmar mis nervios.

Esto no fue solo sexo, wey, fue conexión pura, como si el gym nos uniera de por vida
. Nos vestimos entre besos perezosos, prometiendo más sesiones privadas. Salimos al amanecer, el tráfico despertando la ciudad, pero yo flotaba, satisfecha, poderosa. El gym seguía siendo mi pasión, pero ahora, con él, ardía de verdad.

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